La épica insuficiente de vencer al déficit

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Todos los proyectos necesitan de una épica. Hasta los del Frente Cambiemos, que en estos dos años y medio de gestión siempre ha opuesto la racionalidad militante del macrismo a la

emocionalidad del peronismo. Es por eso que el jueves, protegido por la arquitectura heredada del Centro Cultural Kirchner, Mauricio Macri se zambulló un par de minutos en la épica insuficiente de la batalla contra el déficit fiscal. El auditorio era un millar de funcionarios que lo acompañan cada seis meses en la reunión de gabinete ampliado. Lo habían precedido el discurso económico de Nicolás Dujovne, los conceptos políticos de Rogelio Frigerio y un video con imágenes en cámara lenta y testimonios elogiosos de la obra pública. Con música incidental, como esos que se les pasa a los equipos de fútbol antes de un partido definitorio. Segundos antes del final, el Presidente entró al escenario y se dejó envolver por una extendida ovación de sus colaboradores. Lo aplaudían de pie y Macri se dedicó a prolongar el momento. Lo necesitaba. Era el primer encuentro después de la corrida cambiaria, del pedido de un préstamo al FMI y de los cambios que mostraron como nunca antes que algo no andaba del todo bien en los planes de la Casa Rosada.

Dujovne y Frigerio plantearon el eje que va a dominar el discurso macrista en los próximos meses. “Somos la primera generación en 70 años que va a poder decir con orgullo que acabó con el déficit fiscal de la Argentina”, detalló el ministro de Hacienda, condecorado hace una semana con el grado de coordinador económico, tal como lo anticipó en Clarín un artículo del periodista Santiago Fioriti. Es preciso recordar que la guerra santa contra el déficit empezó en el inicio de la gestión de Cambiemos. El gobierno de Cristina Kirchner le dejó un déficit fiscal primario de más del 6% que se ha ido reduciendo hasta quebrar la barrera del 3%, según la última meta que se propuso el gabinete económico actual tras el romance con el FMI.

Pero lo que en otros tiempos tiempos pudo ser un mérito se vuelve ahora una tendencia demasiado lenta. El acuerdo con el Fondo, lo admiten todos los funcionarios del Gobierno, requerirá de un esfuerzo fiscal todavía más profundo. El porcentaje del PBI que indica cuánto más gasta la Argentina de lo que produce deberá ser menor al 2% y acercarse lo más posible al 1% al final de 2019. Los más optimistas de Cambiemos hablan del 1,7% y los más pesimistas van mucho más abajo. El panorama de Marcelo Bonelli situó el viernes ese porcentaje en el 1,5%. Décima más, décima menos, el ajuste andará por allí cerca.

Si hace tres meses todas las políticas macroeconómicas debían converger hacia la baja de la inflación, ahora el norte de las decisiones está marcado en el GPS por la reducción del déficit fiscal. Nadie, ni en el Gobierno ni en la oposición, discute la necesidad de alcanzar este objetivo que el país adolescente ha esquivado en siete décadas. Pero las dudas asaltan a Macri y a todos sus aliados ante la inminencia del próximo año electoral y la determinante elección presidencial. Suena difícil despertar el entusiasmo de una sociedad asustada con la utopía módica de una economía sin déficit.

Como lo hace Alejandro Borensztein cada domingo en este diario, un dirigente de Cambiemos con frondosa experiencia electoral recurre también a las metáforas del fútbol. “Es mucho más fácil que un club sólido en sus finanzas salga campeón que aquellos que están endeudados; pero nunca hubo ningún hincha de fútbol que diera una vuelta olímpica porque el club tiene el presupuesto en equilibrio”, explica, con lógica de tribuna irrebatible. La traducción a la política es sencilla. Si la Argentina elimina su déficit, estará mucho más cerca de vencer a la inflación, de crecer en forma sostenida y recuperar el salario real para derrotar en serio a la pobreza. El problema es encontrar votantes para la reelección de Macri en el mientras tanto y sólo con la bandera impopular de la pulverización del gasto. El gradualismo es un señor muy respetable del que nadie se enamora.

Por eso es que el Presidente y la mesa ahora ampliada de la política se han lanzado a buscar ingredientes en la oferta electoral del 2019 que puedan robustecer la épica cortita de la guerra contra el déficit. Habrá una reingeniería de los números de la obra pública para que no se resienta uno de los ejes de la fortaleza electoral del macrismo. Y se buscará recuperar parte de los ingresos perdidos con la devaluación pidiendo un aporte a los sectores más beneficiados con la suba inesperada del dólar. La intención de demorar un tiempo la baja de retenciones al campo va en esa línea, aunque el ministro de Agricultura. Luis Etchevehere, esté más preocupado en evitarle el disgusto al sector agropecuario al que pertenece que en sumar su aporte a la iniciativa oficial.

Quienes tienen misiones inmediatas para recuperar la iniciativa política del macrismo son sus dos principales dirigentes, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. La gobernadora lanzó un plan de retiros para la administración pública que engordaron sin remedio Felipe Solá y Daniel Scioli, y advirtió a los empresarios que se quejan de la inflación pero remarcan sus precios en cientos de productos donde el dólar no tiene ninguna incidencia en el costo. El jefe del gobierno porteño, en tanto, salió a mostrar por primera vez una reacción política al resguardar con efectivos de la Policía los perjuicios por el corte ilegal de las vías en el subte que llevaron a cabo kirchneristas y trotskistas sin personería gremial. Es que el malhumor de miles de trabajadores ante la imposibilidad de llegar a destino por los piquetes erosionan mucho más al macrismo que a sus autores por la ineficacia repetida para solucionarlo.

Con Macri de gira por Córdoba, Vidal y Rodríguez Larreta fueron los principales protagonistas de la cena que el lunes pasado hizo la ONG Conciencia. Los dos se preocuparon en transmitir a los empresarios y consultores presentes el mensaje de calma después de la tormenta. Allí también se notó la influencia de Nicolas Caputo, el hermano de la vida del Presidente, que aprovechó el encuentro para charlar a la vista de todos con la jefa política bonaerense y con el jefe político de la Ciudad. “Nicky” está de vuelta en la mesa chica del poder y es uno de los impulsores del regreso de Macri a su esencia y a la reapertura del diálogo frecuente con dirigentes que se estaban alejando como el resucitado Emilio Monzó, el radical Ernesto Sanz y hasta con la vicepresidenta Gabriela Michetti. Todos juntos, incluído el jefe de gabinete Marcos Peña, para fortalecer al Gobierno en medio del mar bravo.

Sin mostrar señales de euforia, Vidal y Rodríguez Larreta insistían esa noche –como lo viene haciendo el Presidente- en que lo peor del huracán financiero parece haber pasado. No todos piensan lo mismo. En la mesa más cercana a la del macrismo estaban Juan Manuel Urtubey y Sergio Massa deslizando advertencias en el sentido contrario. “Lo peor está por venir”, decía uno de ellos, enigmático y dando a entender que la discusión electoral se ha acelerado. Y que el peronismo no esperará siquiera a que termine el armisticio acordado del Mundial de Rusia para mostrar los dientes.

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