Todo lo que esconde el "atentado" contra Nicolás Maduro

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Una condición grotesca modela el andar histórico de la “revolución” bolivariana y esa característica contamina de modo inevitable al confuso atentado que acaba de sufrir el régimen de Nicolás Maduro. Tanto

se trate de una teatralización o algo más complejo, como veremos aquí, es un punto de inflexión adicional a los que ya definen la autonomía de la crisis terminal del país caribeño.

En cualquier caso, para Maduro y su sección dentro de la nomenclatura venezolana, es un pretexto para exterminar los últimos bolsones de disidencia que enfrenta el poder. Una esperanza difícil, porque el escenario es tan agudo que todo el interior del país arde en protestas con más de 5.000 en lo que va del año, según datos del muy confiable Observatorio Venezolano de Conflictividad Social. Estas manifestaciones con huelgas y bloqueos se encaminan a superar las 9.787 del año pasado. La demanda es sencilla y la señala la desesperación por un Estado ausente: abastecimiento básico, renta, salud y sobrevivencia.

Maduro, protegido por la guardia, durante el supuesto atentado. (AP)

Maduro, protegido por la guardia, durante el supuesto atentado. (AP)

Las sospechas de que se trató de un autoatentado, improbable desde cierta perspectiva, se alimentan de diferentes miradas. El acto de homenaje a la fuerza bolivariana se realizó en la avenida Bolívar de Caracas, insegura para ese tipo de demostraciones que se han hecho siempre en cuarteles. Según Maduro, los atacantes fueron entrenados en Colombia, con ayuda norteamericana, para pilotear los dos drones chinos usados en el atentado. Resulta extraño que semejante sofisticación no previera que en ceremonias de este tipo, en Venezuela y en todo el mundo, operan redes de interferencia para bloquear móviles o sistemas remotos, como los drones que acabaron en el piso o chocando con edificios.

Existe una noción que airea la idea del autoatentado. Exhibir la hazaña de un régimen que no es reconocido en el mundo tras el fraude en la votación de mayo pasado que consagró la reelección de Maduro. La idea consiste en que se atenta contra algo importante y decisorio cuya eliminación es clave para los poderes mundiales. Esa jerarquía, al estilo de la andanada que efectivamente sufrió el líder cubano Fidel Castro, ilustra la imagen de un régimen acorralado. Maduro y su cancillería reprocharon justamente que no hubo una oleada de repudios globales por el intento de magnicidio, una falla en la pretensión de este juego.

Lo grotesco del ataque no descarta que podría haber sido obra de sectores rebeldes que emergen de las FF.AA. pero poco preparados para estas audacias. La organización que se autoadjudicó la Operación Phoenix -u Operación Yunque Martillo según la denominación más novelada de Maduro-, el “Movimiento Nacional Soldados de Franela”, alude en su nombre a la ropa que usan los soldados de rango bajo o intermedio. Suman ya unos 200 los militares arrestados en lo que va del año, según diversas fuentes opuestas al régimen, porque padecen las consecuencias sociales o porque consideran que Maduro traiciona el legado de Hugo Chávez. La tensión interna explica que el Gobierno aumentó en 2.400% los salarios de las fuerzas armadas contra poco más del 100% a los civiles. Es sabido, además, que muchos de los críticos del régimen que huyeron del país, como la fiscal chavista Luisa Ortega Díaz, o disidentes destacados,como el alcalde de Caracas Antonio Ledezma, lo hicieron con apoyo de sectores de las FF.AA.

El Gobierno liga este atentado con otro hecho no menos rumboso y grotesco de agosto de 2017, cuando el coronel Juan Caguaripano Scott encabezó un asalto mal preparado y del todo inexplicable contra el fuerte militar de Paramacay para robar armamento. Hubo un tiroteo con el saldo de dos muertos, un herido y siete detenidos.

Corridas durante el acto militar donde Maduro sufrió un presunto atentado. (EFE)

Corridas durante el acto militar donde Maduro sufrió un presunto atentado. (EFE)

Los líderes del grupo fueron luego arrestados. Otros involucrados en el episodio murieron en la sangrienta redada que en enero pasado en Caracas acabó con la célula que encabezaba el excéntrico ex policía Oscar Pérez. El vínculo de Caguaripano con los conspiradores seria José Monasterio Venegas, un sargento retirado que oficiaría como el vocero de los de Franela y que habría recibido una promesa de 50 millones de dólares para llevar adelante el atentado. El premio venía con el adicional de la residencia en EE.UU., siempre según la febril descripción oficialista.

Una tercera hipótesis, más interesante, descarta el autoatentado o los entresijos de la rebelión interna. Sostiene que lo ocurrido fue una advertencia hacia el vértice el régimen. Para los amantes de las conspiraciones es un dato la ausencia en el palco del ex capitán Diosdado Cabello, a quien Maduro, cuando murió Chávez le birló la presidencia que le correspondía por liderar el Parlamento. Cabello es uno de los pocos anticubanos de la nomenclatura, pero un magnate que se enriqueció a lo largo de este experimento, patrón del mercado negro y señalado por manejos de narcotráfico nunca probados. La idea conspirativa sería exagerada. Este dirigente tiene mucho que perder si se desbalancea la estantería y, por cierto, no le va mal, últimamente presidiendo la Asamblea Constituyente que reúne, al menos en teoría, los máximos del poder en el experimento post chavista.

Lo cierto es que el atentado coincidió con la decisión del responsable de la Economía, Tarek El Aissami, ex vicepresidente y aliado entrañable de Maduro, de avanzar sobre el mercado de cambios ordenando una confusa liberalización. La razón de ese paso es la decadencia de las finanzas. Venezuela ha perdido su carácter de país petrolero debido al desastre de sus refinerías. El crudo era la fuente única de ingresos. Sostenía el Estado pero, también, facilitaba un pedaleo en el mercado de divisas que constituía un maná para quienes obtuvieran los dólares de esas exportaciones.

Ante el cierre de este grifo, El Aissami buscó con la liberación presionar para que los venezolanos vendieran sus divisas y bloquear a otros jugadores. La idea, por ahora, caminó poco porque es limitada pero, especialmente porque interviene un negocio negro hasta ahora intocable. Justo, además, cuando otras operaciones espurias se paralizan, como el contrabando de combustible a Colombia y Brasil (razón del precio ridículo de la nafta en Venezuela) debido a la propia crisis de la industria petrolera local.

La iniciativa aperturista era una vieja idea de Rafael Ramírez, ex ceo de PDVSA durante la gestión de Hugo Chávez, quien había prometido en Londres esa posibilidad como salida de la crisis. Lo echaron y hoy es uno de los chavistas más importante en el exilio, como parte de la purga emprendida por Maduro para abulonarse al poder. Esa movida, como la de los dólares, tiene una explicación: hay mucho menos que repartir de la torta original. En esta hipótesis, los drones del sábado serían el indicador del disgusto de los perdedores.

Este trasfondo sin embargo es menor si se observa lo que señalamos más arriba. La conflictividad social es creciente porque la motiva la desesperación. Maduro está decidido a gobernar como un déspota y se ha comparado varias veces con Stalin para modelar la figura de terror, a sabiendas de que existe aquella amenaza. Si tiene suerte sobrevivirá pero gobernará sobre escombros. Ahí sí, nada nuevo.

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