El colapso del califato del ISIS y los Ronin agazapados por el mundo

Medio Oriente
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Será el final completo de la más exitosa y sanguinaria organización terrorista de estos tiempos pero la amenaza persiste. Se estima que hay, al menos, 500 integristas altamente entrados en Europa.Por Marcelo Cantelmi 

 

El parte de guerra escrito en estas horas en Irak incluye un capítulo de genuina celebración: el Califato del ISIS ha muerto, proclama. En términos técnicos esa noticia es absolutamente cierta. Es un giro crucial en el conflicto regional que deja a los fieles de la banda terrorista en todo el mundo como una especie devaluada de los Ronin, samuráis sin amo que acababan suprimiendo su vida. Esta novedad en un conflicto que ha generado crisis de refugiados, horrores inimaginables y una necesidad de seguridad global jamás vista, debería ser más trascendente de lo que ha sido, perdida en la prensa como un dato más de este presente. Esa indiferencia puede explicarse en que el parte de guerra quizá no relate todo el panorama y el escenario no cambie con la profundidad que se esperaría.

El colapso del califato del ISIS y los Ronin agazapados por el mundo

Victoria en Mosul, la principal capital de la banda terrorista ISIS. El defintiivo comeinzo del fin. AP

.Veamos. La banda terrorista configuró su espacio de poder bajo ese título presuntuoso hace tres años cuando su ímpetu parecía indestructible. Lo hizo tomando territorios de Irak y Siria, donde incorporó dos capitales imperiales con siete millones de personas bajo su bota y un ejército de decenas de miles de yihadistas, muchos de ellos mercenarios con buena paga. La mayor de sus metrópolis fue la segunda ciudad iraquí, Mosul, que concentraba dos millones de habitantes antes de la guerra. La segunda, la siria Raqqa, poblada por 200.000 personas y con el peso simbólico de su cercanía con el campo de la batalla de Siffin que, después de la muerte del profeta, dividió para siempre al islam entre sunnitas y shiítas.

Pese a su tamaño e importancia, la banda tomó Mosul en junio de 2014 prácticamente sin combatir. Cuatro divisiones del ejército iraquí se desmoronaron como gigantes de arena. Los oficiales se quitaron sus uniformes y dejaron las armas y a sus soldados inermes antes de huir. Ese episodio, junto con la ruptura de la frontera binacional marcada hace un siglo en los acuerdos de Sykes-Picot que labraron el camino imperial de la post Primera Guerra Mundial, constataban un Estado en disolución. La crisis iraquí, profundizada hasta esos extremos después de la aventura guerrera norteamericana con la invasión de 2003, fue el caldo de cultivo para la aparición de estas organizaciones. Venían ligadas a otras, como la vidriosa Al Qaeda, o nacían entre la multitud de sellos yihadistas que se amontonaban en Bagdad en medio de la anarquía que causó la invasión.

En el trasfondo existía una crisis social mayúscula y una grieta profundizada por la venganza de un ala islámica sobre la otra. El dictador Saddam Hussein gobernó casi un cuarto de siglo, aliado de Washington la mayor parte de ese tiempo, y utilizaba el armamento incluso químico que le llegaba desde EE.UU. para masacrar a la mayoría shiíta que abarcaba dos tercios de la población nacional. Cuando el tirano sunnita cayó, los gobiernos siguientes, amparados por los invasores, fueron de cuño shiíta y convirtieron la venganza en una cuestión de Estado. El ejército era mayoritariamente sunnita. El desastre de la caída humillante de Mosul explica el efecto de ese tajo social. Y también el apoyo inicial de muchos de sus ciudadanos a la sanguinaria banda terrorista.

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Matanzas. Mosul en guerra. AP

La liberación de la ciudad se produjo después de remendarse esos abismos, con un gobierno más integracionista en Bagdad, que licuó en cierta medida el odio faccioso. Al revés de su caída, tres años atrás, la recuperación de Mosul fue al cabo de una batalla de nueve meses en la que no se cuidaron límites humanitarios. “La ciudad fue sometida a un terrible aluvión de fuego con armamentos que nunca habían sido utilizados en áreas con tal densidad de población civil”, señaló un aterrador informe de Amnesty International. El líder del ISIS, Abu Bakr Al Baghdadi el Samarrai, que había postulado desde la histórica mezquita de esa urbe el nacimiento de su califato y exigido obediencia a los musulmanes de todo el orbe, está hoy desaparecido, posiblemente muerto, según el observatorio de DD.HH. de Siria. A su vez, Raqqa, el último gran reducto de las milicias del ISIS, permanece sitiada por una coalición, en absoluto armónica, de fuerzas norteamericanas, kurdas, turcas y sirias y seguramente será vencida antes de fin de año.

 

Será el final completo de la más exitosa organización terrorista que ha conocido la humanidad hasta ahora. Pero difícilmente esta novedad signifique el cierre de la amenaza. Esto se debe a una combinación de factores. No hay planes claros sobre una cobertura estatal integral que alivie el trastorno de la población y agregue a la victoria la esperanza de desarrollo.. El académico Ranj Alaaldin, del Brooking Institute en Doha, advierte como central ese desafío y su consecuencia, “si no hay recursos eficientes para reconstruir Irak y Siria, que brinden estabilidad, buena gobernanza y garanticen empleo y servicios básicos”. De esas calamidades y de multitud de jóvenes con el futuro cancelado abrevan las organizaciones terroristas.

Lo cierto es que ese marco social no será resuelto con la urgencia que merece. A ese futuro opaco se agrega que la lucha contra la banda ha generado una multiplicación de grupos con intereses divergentes dispuestos a no ceder sus espacios. Es importante observar que el ISIS creció de modo geométrico en 2011 en Siria en un muy breve lapso, por el enorme apoyo financiero que obtuvo de sectores ligados a las autocracias y monarquías árabes.

La razón era impedir que les alcanzara el fervor republicano del proceso de la Primavera Árabe que demolió dictaduras que parecían eternas. Las milicias del ISIS han sido los comandos de esos intereses. El objetivo económico y la ganancias territoriales en la batalla han regido mucho más de lo que se cree en ese escenario que esgrimió una versión bastarda de la religión como coartada y justificación. Un dato es elocuente. En 2011, Baghdadi envió uno de sus lugartenientes a Siria, Mohammed al-Joulani, para fundar una filial que se alzara contra la dictadura de Damasco y su patrocinador iraní. De ahí nació la fundamentalista Al Nusra, hoy rebautizada Jabhat Fatha al-Sham (Frente de la Victoria de Siria). Esa organización, luego de comenzar a andar, rompió con el ISIS, creció protegida por millonarios qataríes y apareció entremezclada con las milicias financiadas y armadas por EE.UU. en la guerra contra Damasco. Ahí esta aún hoy.

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Saddam Hussein. El dictador iraquí. AP

El riesgo de un crecimiento de los ataques terroristas contra civiles alrededor del mundo va de la mano con esa confusión de intereses. Son centenares los europeos que militaron en el ISIS y están regresando. La inteligencia alemana y francesa estiman que hay al menos 500 integristas altamente entrenados en Europa. Con ese antecedente, la caída de Mosul puede alimentar una justificada paranoia. El especialista militar australiano David Cullen advierte un patrón entre las derrotas de la banda y los ataques en Occidente y aún más allá. “Después de que perdieron Tikrit en Irak en abril de 2015, se produjeron ataques en Tunes, Kuwait y Francia. Luego de perder Ramadi ese año, golpearon otra vez en Francia y Bélgica”, señala.

Por cierto, eso sucedía cuando tenían poder y no estaban en el páramo actual. La mayoría de aquellos ataques (Niza, Charlie Hebdo, Berlin, Westminster, Orlando o San Bernardino) los causaron lobos solitarios, también jihadistas aunque inorgánicos. Unos y otros, sin embargo, son ahora como aquellos Ronin, y esa ausencia de referente puede fulminar su iniciativa. No se suele seguir a la derrota. El mayor desafío anida en las minorías fanáticas. Cullen recuerda que la banda guerrillera alemana Baader-Meinhof nunca tuvo más de 40 individuos en actividad, pero fueron suficientes para encabezar 30 años de campaña terrorista desde 1970 hasta que se desbandó en 1998. La historia no necesariamente se repite pero conviene no perderla de vista.

fuente clarin

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