Una Puerta de Hierro vaticana

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Es difícil encontrar alguna explicación al hecho de que el Papa argentino no haya visitado Argentina después de haber estado en veintiséis países, de los cuales ocho, latinoamericanos, entre los cuales cuatro de los cinco países limítrofes con Argentina; lo que lo obligó dos veces a cruzar el suelo de su propio país sin aterrizar en ninguna de ellas.Por Fernando Iglesias

 

 

Es difícil encontrar alguna explicación al hecho de que el Papa argentino no haya visitado Argentina después de haber estado en veintiséis países, de los cuales ocho, latinoamericanos, entre los cuales cuatro de los cinco países limítrofes con Argentina; lo que lo obligó dos veces a cruzar el suelo de su propio país sin aterrizar en ninguna de ellas. Es difícil encontrar alguna explicación al hecho de que el Papa no haya visitado su tierra natal a menos que uno lea el telegrama impersonal y en inglés que les envió a sus connacionales y al Presidente que han elegido y rememore el cálido mensaje que le envió en su momento a Cristina Kirchner, o recuerde que el "Cuiden a Cristina" no se repitió en un "Cuiden a Mauricio" ni aun después del reciente intento de repetir el diciembre de 2001, o revise las expresiones del Papa en las fotografías tomadas durante las respectivas visitas de Cristina y Mauricio al Vaticano, o se acuerde de que el Papa no saludó a Macri el día de su asunción, o repase las fotos de la larga procesión peronista-kirchnerista que obtiene inmediatamente audiencias y fotografía con un Papa sonriente sin que nada importe el largo de su prontuario.

Altos voceros del Vaticano en Argentina dicen que el Papa no saluda a los presidentes cuando asumen… pero Francisco sí lo hizo con otros mandatarios; afirman que los mensajes que se envían al sobrevolar un país son en inglés por protocolo… pero el de Cristina era en perfecta lengua de Cervantes; sostienen que la seguridad del Papa podría ponerse en peligro en Argentina… pero es difícil de explicar tanta cautela en quien sí visitó territorios explosivos como Amán, Belén y Jerusalén, y es el representante terrenal de quien murió en la Cruz para purgar los pecados del mundo…

Altos voceros sugieren que no quiere que su visita sea leída como un apoyo al Gobierno… pero no explican en qué sentido visitar la Cuba de Castro, entrevistarse con Fidel y no recibir a las Damas de Blanco no constituyó un acto explícito de apoyo a una dictadura; o agregan que el Papa no quiere venir a la Argentina para no ahondar la grieta… pero la explicación de los altos voceros sugiere a un Papa incapaz de cerrar una grieta en su propio país; acaso, porque está muy claro que no se encuentra en ningún lugar neutral sino, precisamente, en uno de los lados de la grieta.

El papa Francisco junto a Raúl Castro, en Cuba
El papa Francisco junto a Raúl Castro, en Cuba
 

En este raro juego, la Iglesia argentina escuda a su Papa bajo el argumento de su misión pastoral. Pero es precisamente ese carácter ecuménico y pluralista de la misión pastoral del Papa el que el ex cardenal Bergoglio abandona cada vez que se comporta como un operador de la política latinoamericana y argentina; prefiriendo un jefe totalitario a los opositores y disidentes de su régimen, pretextando neutralidad entre la dictadura chavista y sus víctimas. O aquí, en su propio país, recibiendo, bendiciendo y protegiendo de mil modos a quienes purgan condenas por corrupción y abusos de poder sin pedirles jamás que cumplan las condiciones que exige la doctrina católica para otorgar el perdón: la confesión y el arrepentimiento.

No es la misión pastoral del Papa la que cada vez más argentinos criticamos, no solo en Twitter y los medios sino en la calle y los bares, sino su desenfadada intromisión partidaria en asuntos de la política argentina; actitud impropia en quien debería ser el pastor de toda su grey nacional y no solo de la parte de ella que comulga con su credo político. Y violación de todo código, además, en quien es la máxima autoridad del Vaticano; es decir, de un Estado extranjero. Es esta repetición en tono de farsa de la saga del General en Puerta de Hierro, con sus idas y vueltas Buenos Aires-Roma que hacen hoy la fortuna de Alitalia como ayer hacían la de Iberia, con sus lenguaraces oficiosos nunca confirmados pero jamás desmentidos, con sus fotografías en poses estudiadas, sus lo-digo-pero-no-lo-digo y sus infinitas ambigüedades que lo dejan todo claro sin cerrar jamás el camino de la retirada, lo que fastidia y abruma a millones de argentinos que vieron en la consagración del cardenal Bergoglio una esperanza que se desvanece día a día.

Yo mismo, que soy agnóstico, expresé al inicio de su papado mis expectativas de un primado dirigido a los grandes problemas del mundo y guiado por los principios del Pobrecito de Asís: la cercanía con los pobres y enfermos, el cuidado de la naturaleza y sus seres, la opción por la paz como el más caro de los bienes, y así lo escribí en una nota (La balada del Padre Francisco) aparecida hace cinco años en La Nación. Respeto por el medio ambiente, exigencia de una mayor igualdad social y una acción decidida por la paz mundial y el desarme en una figura que heredaba de sus antecesores la propuesta de una autoridad pública mundial encargada de velar por los bienes comunes de la humanidad. Casi todo está en la encíclica Laudato si´. Casi nada queda de ello en la imagen que en nuestro país queda de quien eligió el nombre de Francisco pero parece hoy más fácil de ubicar en Puerta de Hierro que en la Porziuncola.

En su extraordinario "La nación católica", uno de los mejores analistas del rol político de la Iglesia católica argentina -Loris Zanatta- identifica en el sueño de un país unificado por la religión y pacificado en esa unanimidad la principal causa de la decadencia argentina. He discutido el argumento con Zanatta y expresado mi punto de vista: a mi parecer, no es la Cruz sino la Espada -es decir: la desgraciada intervención de las Fuerzas Armadas en la política nacional- la culpable principal de nuestro apocalipsis; ya sea en su versión elitista, que parió dictaduras, guerras y genocidios, como -con menor gravedad y mayor persistencia- en su variante populista, que gobernó cuatro veces el país y nos dejó siempre en la bancarrota y la grieta.

Discutimos largamente con Loris nuestros argumentos, pero nuestra polémica sobre la Cruz o la Espada me parece hoy una discusión sobre el sexo de los ángeles. Basta ver la congruencia del proyecto de la nación católica con el de la nación populista y observar el trabajo complementario que desarrollan hoy sus autoridades para que la alternativa se desvanezca en una notoria coincidencia de valores y de prácticas. Unanimidad, organicidad, corporativismo, delirio identitario, pasión antimodernista, desprecio por la pluralidad y los mecanismos republicanos, afición por los liderazgos carismáticos, opción por el colectivismo, defensa de una sociedad ombliguista y cerrada al mundo, conservadurismo nostálgico, exaltación de la pobreza disfrazada de amor por los pobres, deliberada apuesta por el atraso, utilización de los movimientos sociales y uso de sus sectores marginales, justificación setentista de la "violencia de abajo", invitación a la transgresión encubierta en consignas como "Hagan lío"… el kirchnerismo y el Papa comparten tanto sus pasiones como el rechazo que le producen sus enemigos, el sistema económico basado en la libre empresa y el sistema político basado en la democracia liberal-republicana. Sobra decirlo, son los dos grandes sistemas cuya articulación ha permitido desarrollarse a países más felices, más capaces de dividir lo que es del César de lo que es del Papa y menos afectos a políticas basadas en el realismo mágico.

Lamentablemente, ni al Papa ni a sus compañeros locales parece importarles demasiado el enorme esfuerzo que los argentinos estamos haciendo para dejar atrás una larga decadencia, para erguirnos como individuos libres e independientes de toda tutela, para reconstruir la ruina de país que nos dejaron los partidarios del gobierno de la Cruz y los partidarios del gobierno de la Espada. Más bien, lo contrario. Como si una economía que finalmente crece después de cuatro años y una pobreza que finalmente baja después de cinco los pusieran aún más despectivos y nerviosos. Como si el avance de la Justicia, aunque lento y lleno de contramarchas, no fuese para ellos una promesa sino una amenaza. Como si el mundo y la Iglesia carecieran de problemas en los cuales el Papa pueda ocupar su tiempo libre. Como si su misión en la Tierra fuera la de recrear en el Vaticano aquella Puerta de Hierro que le trajo al país solo desgracias.

fuente infobae

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