El empresario coreano que es la nueva cara de la industria textil argentina

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No hay manera de imaginar, viendo la entrada a Amesud, lo que hay adentro. La cuadra de acceso está pegada a las vías del ferrocarril Urquiza, con veredas estrechas y mucha

basura amontonada. Tras atravesar el portón, el patio de entrada muestra la fachada de una vieja fábrica, con una enorme chimenea fuera de uso y muros de ladrillo que remiten a otras épocas. Recién adentro se entiende por qué Amesud es probablemente la planta textil más moderna de la Argentina, que abastece con sus telas a 400 confeccionistas.

En los pabellones se extienden 90 máquinas tejedoras alemanas, marca Mayer –precio de mercado, entre 60.000 y 80.000 euros cada una– que fabrican tejido circular, de frisa, jersey e interlock.

Más allá están los trenes de tintorería. Son máquinas de teñir de tamaño mediano, desde las cuales la tela pasa luego a la tundosa (un corte a cuchilla del pelo del tejido, que lo nivela y le hace ganar tacto). Son trenes chicos, que cargan 200 kilos de tela. Hay tres, cada uno a un precio de entre 120.000 y 140.000 euros.

Otro tren de tintorería alemán, Rama Stenter, es más grande, largo como una pileta olímpica, y hacen falta 500.000 euros y una buena cantidad de metros cuadrados para instalarlo. Es a la vez secador de tela y estabilizador, que es el proceso que logra que la tela no se encoja con los lavados.

Hay además estampadoras de telas, de cinco y ocho colores, pero el “chiche” más nuevo es una estampadora digital, lo último en tecnología textil.

“En los últimos dos años, invertimos entre tres y cuatro millones de dólares por año, seguramente somos los que más invertimos dentro del sector”, dice en perfecto castellano Hong Yeal Kim, nacido hace 59 años en Seúl, capital de Corea del Sur.

Yo estoy en la Argentina desde 1976 y desde entonces al peso le sacaron 13 ceros. Pero a nosotros las crisis nos duraron como mucho un año. Cuando llega la crisis, siempre estamos con tres meses de mercadería comprada y aguantamos. Cada vez que llovió, paró”, agrega con una sonrisa. Kim, a quien todos llaman Yeal, es de sonrisa fácil. Y no se despega un instante de su celular.

El despliegue de maquinaria se traduce en una producción de 550 toneladas mensuales de tela. “Los clientes son muchos, en total son más de 400, entre clientes tradicionales y nuevas tendencias, como el mercado textil de indumentaria deportiva, con Nike y Puma. Abastecemos a la mitad de los confeccionistas de la Argentina”.

En la planta de San Martín trabajan 380 operarios. Amesud tiene otra planta en Benito Juárez, a 400 kilómetros sobre la Ruta 3, donde trabajan otras 60 personas, que adquirió el año pasado a la filial local de la estadounidense VF Corporation, la dueña de las marcas Wrangler y Lee.

“A veces tomo créditos para comprar la maquinaria, porque en Alemania nos ofrecen financiamiento, o incluso tomo acá a tasa preferencial. Pero el capital de trabajo lo pago al contado. Si tenés que pagar 30 o 50% anual de intereses para financiar tu trabajo, es una locura”. Además de su autonomía financiera, a Kim se le advierte otro rasgo típico de argentinidad, que es una integración vertical a rajatabla: por el portón de Amesud entran las cajas con hilos y salen transformadas en telas terminadas. No hay tercerización de ningún proceso intermedio.

En el depósito sobresalen los pallets con cajas de TN&Platex, la fábrica de hilados que es el principal abastecedor de Amesud, junto a otros proveedores, como Tipoití. “El 90% de la materia prima es nacional, importamos sólo lo que no se consigue acá”.

“Para pagar las deudas vendimos nuestras casas, los cuatro socios, y devolvimos toda la materia prima que teníamos. Aun así, no nos alcanzó para pagar las deudas".

Historia

Lucas Karagozian y su padre Teddy, del grupo TN&Platex. Foto David Fernandez

Lucas Karagozian y su padre Teddy, del grupo TN&Platex. Foto David Fernandez

TN&Platex, la empresa de la familia Karagozian, tiene su propia gravitación en la historia de Amesud. Hace dos décadas, en 1997, Kim y sus socios –dos de sus hermanos y uno de sus cuñados– pidieron el concurso preventivo, tras una combinación de mala gestión, con la importación de maquinaria y la recesión que sobrevino con el efecto Tequila.

“Para pagar las deudas vendimos nuestras casas, los cuatro socios, y devolvimos toda la materia prima que teníamos. Aun así, no nos alcanzó para pagar las deudas, eran seis millones de dólares, y pedimos el concurso. Entonces vino mi abogado y me hizo entender que yo era un boludo, que no se pide el concurso preventivo sin haber guardado algo de reserva. Y vienen los hermanos Karagozian y me acusan de ser un vaciador, de tener la plata afuera. A uno de ellos terminé agarrándolo del cuello, yo no lo podía creer: estaba viviendo en un departamento alquilado, donde terminé quedándome hasta 2002, y me acusaban de que tenía plata en Suiza. Pero cuando se convencieron de que no había trampa, de que habíamos vendido hasta lo último que teníamos, entonces cambiaron de actitud y me prestaron 22.000 kilos de hilado. Así pude recomenzar la producción y pagar las deudas. Dos años después, habíamos salido a flote”.

De aquella historia con los Karagozian –incidente incluido– el vínculo perduró más allá de lo comercial. Hace un mes, Kim fue designado por sus pares empresarios como nuevo presidente de la Fundación ProTejer. Se trata de la entidad que, a comienzos de siglo, impulsaron los Karagozian por fuera de la Federación Textil (FITA) para reclamar mayor protección al sector, frente al entonces incipiente gobierno de Néstor Kirchner. Hoy, con Teddy Karagozian enfrentado públicamente al actual gobierno, la elección de Kim da muestra de la intención de los empresarios de ProTejer de poner al frente a un empresario sólido y, a la vez, más conciliador.

Kim dice que tiene un buen pasar económico, pero que no es millonario. “En todos estos años escuché que no hay que poner toda la plata en la fábrica, sólo un tercio. El resto, me decían, hay que ponerlo en ladrillos e inversiones financieras. Yo no sé nada de campos ni de mansiones. Yo puse todo en la fábrica”.

Mano de obra

Kim mezcla con gracia su duro acento oriental con los vocablos porteños. La palabra boludo, que surge cada tanto en su relato, la usa acentuando tanto la primera “o” como la “u”. “El castellano lo aprendí ni bien llegué, en un par de meses, había muchas palabras que tenían la misma base que el inglés, que había aprendido en la secundaria”, cuenta.

Aterrizó en la Argentina justo cuando comenzaban el gobierno militar y el plan económico que concretó la primera apertura indiscriminada de importaciones, que terminó arrasando con buena parte del aparato industrial. Pero para Kim todo aquel contexto era algo todavía ajeno: con 18 años y un secundario inconcluso en Seúl, estaba demasiado ocupado tejiendo la mayor parte del día. Vivía en el Barrio Rivadavia, actual villa 1-11-14.

“Mi padre tenía una pequeña fábrica textil en Corea. Somos siete hermanos y a mi padre le costaba muchísimo mantenernos. Corea era un país muy pobre, con la amenaza permanente de una guerra, motivo suficiente para que mi familia decidiera emigrar. Cuando llegamos al barrio todavía no se llamaba Villa 1-11-14, eran casitas humildes que hicieron en la época de Perón. Ahí vivía mucha gente de la comunidad coreana. Nosotros éramos 11 en tres ambientes, bien adentro del barrio. Pero si bien había algún que otro asalto, en aquella época se manejaban otros códigos, al vecino no se lo tocaba”, cuenta.

La rutina de Kim, ni bien llegado, fue la de tantas familias inmigrantes, sobre todo desde Oriente: dormir en una colchoneta, levantarse, poner la colchoneta contra la pared y trabajar duro hasta la noche. “Cuando uno llega a un país sin conocer a la gente, el idioma ni las costumbres, sólo se puede trabajar como mano de obra. Comenzamos tejiendo pulóveres a fasón, para terceros. A los dos años nos fuimos a vivir a Merlo, cerca de Mariano Acosta, donde armamos una pequeña fábrica haciendo lo mismo. Yo me separé por primera vez de mi familia a los pocos años: en 1980 me casé y en 1984 puse un negocio propio en el Once. Pero antes de eso, hubo una historia muy interesante, que fue nuestro verdadero punto de partida.”

Socios

Kim cuenta que en aquellos años la única manera que tenía el fabricante de controlar a sus confeccionistas era usando la balanza. “Por ejemplo, me daba 1.000 kilos de hilados y yo le entregaba los pulóveres. De antemano se sabe que en la confección hay un margen de desperdicio, de modo que terminás entregando unos 850 kilos tejidos por cada 1.000 que te entregaron. Pero como todo el mundo es pícaro, muchas fábricas de fasón mojaban el producto para engañar al cliente. Mi padre, que era un evangelista muy creyente, nos dio una educación muy estricta, muy rigurosa. Jamás se nos ocurrió –ni a mí ni a mis padres– hacer esa picardía. La cuestión es que un día, a fin de año, uno de los fabricantes estaba haciendo el balance y me dice que lo mío ya está. Yo le digo que no, que tengo un sobrante de 3.000 kilos de hilados. No, boludo, eso es tuyo, me dice. Entonces yo lo voy a ver al dueño, Samuel Marín, y le digo que tengo 3.000 kilos de hilados suyos, ya que era mi único cliente. No estamos hablando de poca plata, con esos 3.000 kilos en aquella época te comprabas flor de casa. Marín hace traer la ficha, confeccionada a mano como todo en esa época, y me dice que no, que yo ya había entregado todo”.

–Una discusión extraña.

–El tipo se quedó mirándome un rato y me dice: “Bueno, un día de éstos paso a ver tu fábrica”. Vino y no lo podía creer, ahí estaban todas las cajas con los hilos. Y me dice bueno, está bien, entregame lo que falta, lo cual para mí fue lo más normal. Pero al poco tiempo me vuelve a llamar para tomar un café: me dice que quiere armar una fábrica de telas y que sabe que en Corea hay buenas máquinas.

–Y buscaba un socio...

–Yo le explico que no conozco de máquinas pero que mi hermano sí, que era un ingeniero frustrado. Entonces viaja a Corea, compra 20 máquinas y arma una sociedad con un amigo, y a mis hermanos y a mí nos da el 33% de las acciones. Entonces yo le pregunté por qué nos dio las acciones, si nosotros no habíamos puesto un peso (en ese punto la voz se le quiebra) y me respondió que lo que pusimos nosotros fue honestidad (carraspea). Me emociono cuando cuento esto, porque mi padre no nos dio mucha riqueza, pero nos dio una educación muy correcta.

"Hay coreanos que viven acá como presos, no hablan, no saben cómo desenvolverse".

Hong Yeal Kim

De todas maneras, aquella sociedad duró poco tiempo. Kim cuenta que a los dos años, un día Marín lo llamó y le dijo que se había peleado con su socio, que le iba a hacer juicio. “Samuel le dijo a mi hermano que se llevara dos de las máquinas y que se arreglara con eso, y ése fue el inicio de nuestra actividad. Por eso siempre digo que la empresa se la debo a mi padre. Samuel me decía que él trabajó como con 100 talleres y ninguno era como nosotros. Para nosotros fue un punto de partida, y una motivación.”

362 días al año

Con buen manejo del castellano, ya casado y con una hija, Kim se abrió del negocio familiar y puso un local propio, en el Once. “Para entonces ya era mayorista y fabricante, pero en 1986, en la época de Alfonsín, con todos los conflictos gremiales y todo eso decidí emigrar hacia Estados Unidos. Duré menos de un año.”

–¿Por qué?

–Vivía en Los Ángeles, con un ritmo muy duro, estaba en un negocio con mis cuñados. Nosotros competíamos contra Forever 21: por entonces Do Wong Chang, el fundador de Forever, tenía sólo ocho locales y nosotros teníamos seis, pero a mí no me gustaba el ritmo de allá. En Los Ángeles el comercio tiene sólo tres días de descanso: Navidad, Año Nuevo y el Día de Acción de Gracias. Todos los días abríamos y cerrábamos, era venta al público, con un ritmo muy duro. Además hubo un conflicto societario entre mis cuñados y yo preferí mantener la relación familiar, de modo que decidí volver a la Argentina. Para entonces mi hermano mayor había avanzado con la fábrica, que tenía 500 metros cuadrados, con 30 personas, que se llamaba Tintorería 76, para recordar el año de nuestra llegada a la Argentina. Me pidió que lo ayudara y comenzamos a trabajar juntos de nuevo. En dos años, nos mudamos a una fábrica de 2.000 metros cuadrados, que se llamaba Textil San Martín. Y en 1990 compramos esta fábrica, donde funcionaba una tejeduría de telas para camisas, Coopesmith.

–¿La racha se cortó cuando llegaron al concurso preventivo?

–Así fue. Pero más que por una crisis económica, nuestro concurso fue por problemas internos. Éramos cuatro socios, con mis hermanos y cuñados. Conocíamos bien de maquinaria de Corea, pero no de maquinaria europea. Uno de mis hermanos viajó a Corea para contratar a una persona que decía ser idónea para comprar maquinaria nueva, pero con los nuevos equipos comenzamos a tener problemas de calidad y eficiencia. Ahí fue donde tuvimos que vender nuestras casas, devolver la materia prima y terminé pidiendo el concurso preventivo.

–¿Y cómo quedó la sociedad?

–Se armó un conflicto societario, el típico conflicto familiar: que por tu culpa nos fundimos, que esto y aquello. Los tres hermanos me dejaron a cargo de toda la deuda, un pasivo de seis millones de dólares. Por aquella época, tuve alguna oferta indecente, de entregar la fábrica a cambio de dinero a cobrar en el aeropuerto de Ezeiza. Pero no hicimos nada de eso: TN&Platex nos dio esos 22.000 kilos de hilados. En la fábrica, en ese momento, quedaban 60 personas. En medio de la crisis, un día me llama mi gerente y me dice que no fuera, que el gremio estaba quemando neumáticos en la puerta de la fábrica porque no pagábamos los sueldos. Bueno, pero si no me dejan entrar cómo quiere que lo resuelva, les dije. De modo que me dejaron pasar. Les dije que quizás me iba a atrasar, pero no los iba joder. El que quiera, que me acompañe, y el que no confía en mí, que se vaya. Unos cuantos se fueron, pero con los que quedamos comenzamos a salir adelante. Una de las cosas que hicimos fue comprar maquinaria de buena marca, una y luego otra. Así, en cuatro años, salimos del pozo con buenas máquinas, especialmente europeas, más alguna brasileña y alguna coreana. Pudimos salir a flote con mi hermano mayor, quien finalmente hace ocho años se quiso salir de la sociedad por problemas de salud. Desde entonces quedé yo solo, hoy acompañado por mi hijo, David.

Adaptación

Kim nunca perdió contacto con Corea, adonde viaja dos veces por año. Hay de por medio un tema de business, como él mismo dice en inglés, que son los negocios con algunos proveedores de máquinas y materias primas, como colorantes. Pero además Kim se fue de Corea a los 18 años, casi un adulto, y dejó allí familia y amigos a los que vuelve a ver. “Mi mamá volvió a vivir a Corea, está allá, y después uno de mis hermanos también se fue; primero se radicó en México y finalmente se fue a Corea, porque para muchos es difícil. Yo estoy hace 42 años en la Argentina, tengo amigos argentinos, pero hay coreanos que viven acá como presos, no hablan, no saben cómo desenvolverse. Entonces, ellos siempre sueñan con volver a Corea cuando sean mayores. Yo les recomiendo que si no se sienten cómodos acá, se vayan: sé de muchos que regresaron a Corea, no se adaptaron y volvieron acá.” –Hace 40 años eran un país pobre; hoy, Corea del Sur es una potencia.

Uno de los motivos de su progreso fue que no había otra alternativa, o te tecnificabas o te morías de hambre. Ésa fue una de las iniciativas que les dio el dictador Park (Chung-Hee, que gobernó entre 1961 y su asesinato, en 1979). Cuando asumió, hizo un gran esfuerzo y tuvo una fuerte iniciativa para que crezca Corea, para industrializar el país. Pero a la vez, como pasó con Pinochet, fue una dictadura cruel. Mataron a mucha gente.

Esta nota fue publicada originalmente en la Revista Pymes

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