Esperanzas compartidas

Opinion
Lectura

 

 

Hablar mal de la Argentina se ha convertido en un lugar común en nuestro paìs. No pasa día sin que haya algún comentario, fundado, a veces, sobre la gravedad de la crisis por la que  atravesamos, sobre el descalabro fiscal y financiero al que hemos sido arrastrados, sobre la obstinada recesión que nos mantiene inmovilizados. Es denunciada la corrupción, reprobada la falta de transparencia o de idoneidad del sector político,  se oyen  voces alzadas  contra el Poder Judicial. Todo eso, en muchos casos, con sobrada razón y fundamento. Pero no siempre advertimos que al lado de esa Argentina en crisis, ineficiente, en ocasiones tambaleante, hay otras voces que día tras día, se alzan para que las dificultades sean menos duras, para que el desaliento no nos tuerza el brazo, para que la ineficiencia no termine de destruirnos como país. Esta Argentina, menos visible que la anterior,  la podemos  encontrar en los lazos de solidaridad y afecto que sostienen a tantas familias castigadas por el desempleo y la pobreza, pero capaces de enfrentar los peores temporales sin perder de vista los valores que dignifican la existencia. La hallamos en tantos padres y madres de familia que se reemplazan el uno al otro cuando alguno de los dos sufre desocupación. Está también en tantos otros familiares que cierran filas solidariamente para que el pan  atempere el mal trago del que se queda entre las paredes de la casa digiriendo su frustración. Debe rescatarse también, a las otras partes de esa Argentina moralmente sana que evita con su esfuerzo cotidiano que el país se sumerja en la anomia. Instituciones que prestan asistencia a los sectores más vulnerables y, en general, la red de organizaciones no gubernamentales (ONG) que, con su acción desinteresada, contribuyen a mantener integrado el tejido social en las situaciones más adversas. Hay una Argentina de profesionales, productores, empleados públicos y privados, maestros, estudiantes y trabajadores de diversas actividades que no se ha dejado envolver en las telarañas de la corrupción, la decadencia o el fracaso a pesar del desmoronamiento de ciertas estructuras de la vida pública. Esos argentinos honestos y silenciosos son los que sostienen la esperanza. De ellos depende que la República salga del atolladero en que se encuentra y pueda contemplar, en un tiempo no demasiado lejano, las luces de un nuevo amanecer.

 

Por eso es preciso volver a las fuentes de la participación y el compromiso. Y la demora en implementar la reforma política es una de las deficiencias marcadas de la agenda legislativa, por intereses contrarios al desarrollo de ciudadanía y promoción de los derechos civiles. Al conjunto de iniciativas que desde el Gobierno se plantean como parte de esta reforma política tantas veces postergada, se  suma una regeneración  de los partidos políticos, que  implica un sostenido esfuerzo a través de nuevas afiliaciones. Estas se fueron abultando desde los tiempos de la recuperación democrática, hace treinta y cuatro años, cuando existía en el país una alta voluntad participativa y los partidos políticos históricos canalizaban las expectativas mayoritarias. El tiempo ha pasado y lo cierto es que los padrones no reflejan la realidad actual, teñida de desencanto, reflujo y desconfianza respecto del accionar partidario, que ha causado la pérdida de personeria a varias agrupaciones a nivel nacional y provincial. Causas de esta retracción fueron tanto la distancia generada entre los aparatos partidarios y la sociedad civil como la propia evidencia de que los partidos dejaban de funcionar como eficaces correas de transmisión entre representantes y representados, gobernantes y gobernados. Este déficit de nuestros partidos, analizado con serenidad, se debe tanto a las fallas y distorsiones propias como al surgimiento de nuevas formas de participación. Los condicionamientos crecientes sobre las tareas de gobierno produjeron, asimismo, una mayor desconexión entre lo que se promete en tiempos de elecciones y aquello que se cumple. Entre los defectos pueden enumerarse el predominio de los intereses electorales por sobre los programáticos, el exceso de internismo, la escasa renovación de los liderazgos, y el uso clientelar y poco transparente del financiamiento de la actividad política. En la medida en que los partidos no se actualizan, acompañan y articulan los intereses y demandas ciudadanas, dejan también de ejercer su influencia en la opinión pública y en las decisiones gubernamentales y legislativas. De manera que un impulso participativo, junto a una mayor apertura a la sociedad, podría sincerar el real apoyo con el que cuentan actualmente las organizaciones políticas. Sería también una herramienta para el reconocimiento de nuevas expresiones participativas y, en todo caso para una renovación de las fuerzas tradicionales. La sociedad necesita una regeneración de su vida política y de sus expresiones centrales irremplazables, los partidos que más allá  de alianzas, frentes o coaliciones, siguen siendo el eje de identidad para la defensa de valores intrínsecos al ser nacional.

  fuente caraycecaonline.com.ar

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