Estertores de otoño

Opinion
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Al cabo del primer trimestre del año, i el rumbo de confrontación entre el gobierno y la oposición abreva del oportunismo electoral con pocas ideas. Todo parece reducirse a polarizar o sacar rédito de una etapa cargada de incertidumbre, apelando a medidas extremas y evitando el diálogo fecundo.

 

El calendario de protestas  que había sido iniciado con el extenso paro docente, culminó con una módica movilización a cargo de la kirchnerista Central de Trabajadores Argentinos (CTA),  organismo que nunca fue reconocido por todos los gobiernos que transcurrieron desde su creación. En la ocasión, sus popes Hugo Yasky y Pablo Micheli, montaron un escenario que durante los doce años de su alianza política, había permanecido callado pese a los notables ajustes que castigaron a los asalariados durante la última década. La presencia del preceptor Roberto Baradel en el palco, reveló que la alianza entre estatales y docentes no supera la coyuntura. Lo que sumado al rechazo de los triunviros  cegetistas Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña a compartir ese escenario,  se consolida como un obstáculo para la amenaza de un plan de lucha conjunto contra el gobierno hasta su caída, más allá  del eufemismo sobre la política económica. Convengamos que ninguno de los nombrados son Lenin ni Trotsky, ni estamos en la Rusia zarista, pese a que las agrupaciones de izquierda buscan ampararse en dichas banderas, y el peronismo bastante tiene con tratar de ordenarse para afrontar el próximo desafío electoral como para volver a la épica de la resistencia o el programa de Huerta Grande que antecedieron al “onganiato”. Sin embargo, el presidente Mauricio Macri no hesitó en convocar a sus principales espadas ni bien regresó del periplo holandés para ratificar políticas sectoriales, pero también exigir algunas respuestas más eficaces y puntuales. La contrariedad con el jefe de gobierno porteño Horacio Rodr¡guez Larreta por el agobio piquetero se extiende a la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley cuyo diálogo con los movimientos sociales parece estéril y se resume en promesas, y también alcanza al ministro de Producción, Francisco Cabrera, ante la continuidad de los índices en baja de la industria, la construcción y otros sectores claves para la recuperación económica. Los correveidiles de palacio, agregan otros nombres y descontentos, pero todas las expectativas quedan supeditadas al desempeño electoral de octubre. El malestar social tendrá un punto de inflexión con el paro del próximo jueves, que al sumar a los sindicatos de medios de transporte puede resultar significativo. Empero, también la convocatoria a la marcha de apoyo en Plaza de Mayo, ha mostrado niveles de división respecto las evaluaciones sobre la gestión macrista. Los fantasmas destituyentes, aún sobrevolaban el  ágora histórico tras el triste escenario de la evocación de la última dictadura, cuando Hebe de Bonafini desnudo su brutal kirchnerismo explícito, es decir, dinero y sangre sepultando los derechos humanos y la democracia, y hasta el renovador Alberto Asseff la denunció por incitación a la rebelión y apolog¡a del delito. Con menos pirotecnia pero más eficacia, la Justicia ha decidido avanzar sobre las cuentas pendientes de Cristina Kirchner y asociados. Será  conveniente entonces observar con atención los malabarismos cegetistas para que la protesta amparada al calor de especulaciones facciosas, no implique un “deja vú” de miserables conocidos y traidores recién llegados.

 

La política no escapa a la tentación del poder hegemónico y egoísta, desatendiendo tanto las libertades personales como el bien común. ¿Cuál sería la diferencia entre algunos políticos, que abundan, y los estadistas, que faltan? Muchos dirigentes tienden a actuar por mera conveniencia, se rigen por el miedo y la mentira. El verdadero estadista, en cambio, lo hace por principios, enseña con su ejemplo e invoca la madurez de los ciudadanos; no los ahoga en la ignorancia sino que busca el bien posible para todos por encima de los intereses propios o partidarios.

La realidad es compleja y la política debe atender a las posibilidades en cada momento y circunstancia. La virtud de los ciudadanos es condición necesaria pero no suficiente. En otras palabras, la política es tanto reflejo de la sociedad como constitutiva de ella. Por lo tanto, tiene capacidad correctiva para regenerar la vida pública o reformar hábitos y prácticas arraigadas que sean hostiles a determinadas instituciones.

En este sentido, las sociedades muy polarizadas evidenciarían una grave inmadurez psicológica (los ejemplos en el quehacer cotidiano abundan), porque la polarización se basa en una supuesta superioridad, que es profundamente discriminatoria: sentirse superior a quien piensa diferente es el germen de todo fascismo, de derecha o izquierda que sea.

Superar el infantil victimismo en el que muchas veces nos refugiamos significa crecer y hacernos responsables de las propias acciones, palabras y decisiones. La igualdad y solidaridad entre los miembros de una sociedad son señales contundentes de madurez y plenitud evolutiva. Muchas veces los que alcanzan la cima de la pirámide no son los más sabios y maduros, sino simplemente los más astutos, cuando no los más inescrupulosos.

¿Pueden los ciudadanos influir positivamente en la política? En principio, la respuesta comenzaría por subrayar la necesidad de despertar del letargo, la indiferencia o el sometimiento. Así como una persona madura es alguien despierto y consciente, que nutre su propia vida y la de los demás, también una sociedad madura debería generar espacios de creación y lazos de cooperación. Nada de esto surge ante quienes solo anteponen medidas extremas más propias de regímenes dictatoriales o autocráticos, que en una democracia republicana que funciona plenamente. Los cambios nos convocan a todos, sin distinción de banderías. Es tiempo ya de subir la apuesta, abandonar el negacionismo supuestamente “progre” y dejar esas transacciones que dejan un sabor metálico al que acostumbran los extorsionadores.

 

Para culminar, ¿ saben el del tipo que pasaba por un cementerio ?. De un túmulo reciente sale una mano descarnada y un grito: “¡Ayúdame! ¡Estoy vivo!”. El tipo pisotea la mano hasta volver a hundirla en el agujero, diciendo: “¡ No chilles más ! . Lo que estás es mal enterrado…”.  El kirchnerismo no está vivo, aunque crean otra cosa los interesados en seguir agitando el espantajo para que les tomen en serio políticamente. Pero por desgracia tampoco está bien enterrado. De vez en cuando se le sale un brazo o una pata de la tumba, y grita, pidiendo respeto y obediencia. Como ya ha perdido mucha audiencia, intenta hacerse oír a través de sus representantes en el mundo de los vivos, o sea, los reclusos de la banda que aún mantienen la disciplina y sus herederos políticos que esperan algún reconocimiento publicitario forzando utópicas amnistías o al menos cambios en la política penitenciaria. No han podido triunfar como verdugos y ahora pretenden ganar haciéndose las víctimas. Son simplemente, estertores del otoño.

 

fuente caraycecaonline.com.ar

 

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