Macri, los sindicatos y los ataques al Papa

Jorge Raventos
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En esos retratos Macri aparece junto a Vladimir Putin, Angela Merkel, Bill Gates, Emmanuel Macron y algunas otras celebridades de la elite mundial.  La cosecha de noticias económicas –el objetivo proclamado de la gira- fue menos caudalosa. En todo caso, sigue haciéndose esperar.  Los inversores  se toman su tiempo  (“les hablé con el corazón y me contestan con el bolsillo”, resumió hace años el tandilense Juan Carlos Pugliese).

 

Tampoco era razonable suponer que hubiera resultados inmediatos, aunque en un punto –la luz verde al acuerdo Mercosur- Unión Europea- haya sido el propio gobierno el que fomentó las expectativas, insinuando que Macri conseguiría disuadir al presidente Macrón de los fuertes reparos  franceses a ese convenio. No lo consiguió. Sólo obtuvo como premio consuelo que la negativa  se maquillara  como prolongación de las conversaciones.  Siga participando.

 

Sindicatos y oficialismo

 

Durante la ausencia del Presidente  crecieron localmente los rozamientos entre el gobierno y el mundo sindical (en algunos casos, con la mediación de la Justicia).  El ruido de fondo es la pulseada por las próximas paritarias, en las que los gremios resisten el tope de 15 por ciento que el Poder Ejecutivo quiere imponer (aunque últimamente, en un reflejo tipo la zorra y las uvas, empiece a admitir,  de palabra, “paritarias libres”).

 

Con el dólar disparado y una inflación que nadie cree que obedezca  el objetivo de 15 por ciento establecido por el gobierno el último Día de los Inocentes, al Ejecutivo no le sobran argumentos para reclamar moderación salarial, razón por la cual  está apelando a algunas presiones que incluyen la reducción de fondos a las obras sociales (en particular a las de los gremios más vocingleros) y al método que Marcos Peña define como “no interferir con la Justicia”, es decir, no impedir que los jueces complazcan los deseos del gobierno y avancen sobre influyentes líderes sindicales.

 

Víctima de esa batalla está siendo Jorge Triaca, el ministro de Trabajo, autor de uno, dos o tres pasos en falso que, más que los opositores, le facturan sectores de la coalición oficialista, columnistas e intelectuales amigos. Un ejemplo significativo es el del Club Político Argentino, un colectivo que reúne a varios cientos  de personalidades del sector cultural  que, si bien simpatizantes de los aires que representa el gobierno, no  tienen pelos en la lengua para cuestionar aquello que les parece mal.

 

 

 

Triaca y el fuego amigo

 

Algo de lo que critican al gobierno en un documento publicada esta semana son “las debilidades de su programa de mejora de calidad institucional” que son, según ellos, “injustificadas y resultan asimismo cada vez más costosas. Demasiado frecuentemente las iniciativas en este terreno quedan subordinadas a las necesidades de la coyuntura, a intercambios y ventajas que se privilegian en otros terrenos y a la lógica de la polarización electoral, según la cual exhibir el perfil negativo de los adversarios más desacreditados bastaría para mantener el apoyo de la ciudadanía (…) se limita a sacar provecho de los escándalos que son responsabilidad de sus predecesores y adversarios más virulentos.”

 

Como ejemplo principal de lo que critican (aunque no el único que citan) los intelectuales del Club Político Argentino aluden a la designación en la intervención del sindicato de marítimos de una empleada doméstica que Triaca había despedido. Y piden, en buen romance, un castigo condigno para el ministro. “Los delitos y abusos de la gestión anterior en dicho sindicato fueron muy graves –señalan-, pero considerar que ello autoriza el nepotismo que practiquen funcionarios del Ejecutivo, manteniendo la práctica de aprovechar el privilegio de cumplir una función pública para nombrar parientes y amigos en las estructuras del Estado o donde él tenga gravitación, supone degradar el proceso de cambio institucional prometido. Por ese camino todo tiende a igualarse hacia abajo, y esa será la conclusión que le quepa extraer a la opinión pública”.  El CPA propone, “castigar las violaciones a la ética pública sobre todo cuando son cometidas por propios y aliados.

 

El penetrante pensador Eduardo Fidanza se refiere ayer en La Nación al mismo tema, en una columna de título elocuente: “El ministro insostenible”.

 

Por su parte, el Presidente parece haber decidido sostener a Triaca en su puesto. Es paradójico: el ministro está ahora debilitado ante aquellos con los que debe negociar y también ante su propio frente interno, que de una u otra manera le está reclamando que endurezca sus posturas (abandone lo que el CPA llama “guante de seda”) y, por lo tanto, que malogre aquellas virtudes por las que Macri lo eligió y decide mantenerlo. El dilema  atañe quizás a la naturaleza de la coalición gobernante: ¿es posible, en la búsqueda de la paz social y la gobernabilidad, sostener una postura gradualista y negociadora con el movimiento sindical cuando la propia base política (al menos una buena parte de ella) impulsa lo contrario?

 

Es un dilema al que Macri deberá encontrarle rápida respuesta. No es el único.

 

 Entre Davos y El Vaticano

 

 Al concluir la visita del Papa a Chile, el episcopado argentino recomendó a la sociedad que, más que " las crónicas de los periódicos, que aparentemente pretenden oscurecer lo que ha acontecido realmente", leyeran los mensajes del Pontífice durante su gira.

 

Evidentemente, monseñor Oscar Ojea, el presidente de la conferencia de obispos no criticaba a todos los medios, sino a algunos que pretendieron quitarle relieve al viaje de Bergoglio.  "Yo recuerdo haber estado en un lugar alto y haber visto esa multitud, donde no cabía un alfiler. Es imposible juntar esas multitudes sin la fe y sin lo que suscita el carisma del Papa",  señaló Ojea.

 

Para un reconocido columnista de un medio importante del país, en cambio, “la foto  raleada de gente de la misa en Lobito es la imagen de la visita. El Papa aspiraba a que fuera una multitud. No lo consiguió”.

 

La visión directa versus la foto: resulta indudable que hay una tensión entre ciertos medios y sectores y el Papa.

 

¿El Papa tiene miedo?

 

Ese mismo  autor consideró  “un destrato” del Pontífice no visitar Argentina estando tan cerca,  a ese habría sumado otro: “el de enviarnos un saludo de computadora y en inglés sin siquiera un párrafo dedicado a nosotros”.  Tras esa catilinaria, el columnista  afirma que el Papa, que “anduvo cerca y decidió no venir”,  no viaja a su país porque tiene miedo de que “aquí le pase lo mismo” que, según él, le ocurrió en Chile.

 

Esa alusión al presunto temor de Bergoglio evoca una frase del general Alejandro Lanusse, presidente del gobierno militar que reinaba a principios de los años setenta,  cuando, desafiante, aseguró que Juan Perón no volvía a la Argentina “porque no le da el cuero”. Perón no tardó en desmentirlo prácticamente  (y allí las ilusiones electorales de Lanusse se evaporaron).

 

Las inquinas

 

Por cierto, no todos los analistas  comparten la inquina antibergogliana. Joaquín Morales Solá, en La Nación, observó el fenómeno: “Algunos amigos de Mauricio Macri (y otros críticos del Papa) –escribió-  dicen en estos días que Francisco no viene a la Argentina porque no lo quiere al presidente argentino. No le hacen un favor a Macri (…) ¿Para qué le agregan una suposición negativa a datos adversos que son comprobables? (…) Dejemos al Presidente con sus problemas locales. El problema nuevo que tiene Macri -tiene también otros que ya son conocidos- es que las últimas mediciones le han sido adversas...”.

 

En cualquier caso, Morales Solá, que simpatiza con el gobierno pero conversa periódicamente con Bergoglio, observa:  “El diputado de Cambiemos Fernando Iglesias, escribió una nota haciendo suyos todos los prejuicios que existen contra el papa Francisco. (…)¿Cómo le explicarán a la Iglesia (y al Vaticano) que entre los macristas no hay enemigos del Papa?”.

 

La huella de Verbitsky

 

Justamente sobre ese punto había argumentado el obispo Víctor Fernández, rector de la Universidad Católica e intelectualmente muy cercano a Bergoglio, en una nota que publicó  días atrás en La Nación. Fernández  alude a “afirmaciones periodísticas sobre el Papa plagadas de imaginación” y a una “llamativa andanada de notas, todas dedicadas a atribuirle a Francisco ciertas intenciones políticas”. Comenta el obispo: “ Si uno leyera este hecho con la misma imaginación, podría deducir que hay un plan organizado de desprestigio. Pero es más adecuado pensar con la mente en frío y otorgar el beneficio de la duda”.  Es decir, más adecuado que pensar que “hay” un plan organizado, es suponer que “quizás hay” un plan organizado.

 

No sería la primera vez que Bergoglio  es blanco de operaciones adversas. Antes de los concilios de 2005 (en el que fue consagrado Benedicto XVI mientras el argentino apareció como un candidato  muy respaldado) y del de 2013, en el que se convirtió en Papa, circularon en la Iglesia  artículos periodísticos escritos por Horacio Verbitsky que le imputaban al obispo argentino actitudes de colaboración con la dictadura militar y procuraban erosionar su creciente  prestigio en el seno de la Iglesia mundial.

 

La prensa local terminaba siendo un instrumento en los juegos de resistencia que se daban, en el seno de la Curia romana, a la consagración de un obispo “de la periferia”.

 

En estos días puede estar ocurriendo  lo mismo. Así como algunos se oponen aquí a Bergoglio  como una manifestación de resistencia al peronismo, a los movimientos sociales y a las estructuras del movimiento obrero, en el epicentro de la Iglesia, en Roma, se cocinan complots  destinados a obstruir  y paralizar las reformas  que impulsa el Papa.

 

Séptimo cielo

 

Esta misma semana, en Settimo Cielo, el espacio que edita un afamado vaticanólogo (antibergogliano), Sandro Magister, en la revista romana L’Espresso, se publicó  una nota, cuyo autor –según  Magister- está "necesitado de recurrir al anonimato”.  ¿Un autor clandestino?  Ni más ni menos: otro  recurso para sostener  que la larga mano de Bergoglio  es implacable. El texto lo explicita: “Quienes lo conocieron de cerca en Argentina saben que era más temido que amado. El ninguneo es en él un arte, un modo de vida y una herramienta de dominio”.

 

El anónimo autor (“un argentino, creyente católico romano”)  describe  “la conducta de Francisco” como “un proceso de dilapidación, de deconstrucción de la vida de la Iglesia que frustró las mejores expectativas”.

 

La pluma clandestina  cuestiona “la asociación de la figura del Papa a personajes vinculados a la degradación cultural y social, a la práctica delictiva sistemática y a ideologías y conductas contrarias a la identidad nacional y a la integridad del bien común (incluso de su soberanía)” , lo acusa al “de jugar con ambigüedades” y le imputa “levantar banderas de reivindicación social cuestionables (…)en su expresión y en sus consecuencias, y fomentar la confusión en enseñanzas y prácticas esenciales del Cristianismo, deformando y pretendiendo reconfigurar la esencia de la Iglesia”.

 

El texto tiende así un puente entre las objeciones  del conservatismo eclesial, que rechazan las reformas bergoglianas, y el “antipopulismo”  de cuño local,  con la expectativa de mostrar que el Papa  ya no representa  “las periferias”, (en principio, su propia patria). Retoma ese texto el tema de que Bergoglio  “deja una vez más fuera de su itinerario a la tierra que lo vio nacer, habiendo transcurrido ya casi cinco años desde su elección, debe ser una ocasión para una sincera pregunta y reflexión: ¿por qué no viene? No queremos pretextos. Las evasivas no duran para siempre.”

 

Bergoglio, De Gaulle

 

Los críticos de Bergoglio no deberían considerar “evasivas” las razones que una y otra vez han sido invocadas desde El Vaticano y desde la misma Iglesia argentina. El obispo Víctor Fernández  ya señaló hace varios meses, ante otra embestida parecida a la actual, que “la Argentina está pasando por un momento de excesiva polarización y crispación. Y el Papa teme que su presencia pueda ser utilizada para exacerbar aún más esta división”.

 

La ausencia de acuerdos básicos entre las principales fuerzas políticas, la evidencia de una creciente tensión entre el gobierno y el movimiento sindical ratifican hoy esa grieta, que requiere para ser  cerrada de convocatorias, que naturalmente deben originarse en el poder político.  Por ahora sólo hay gestos puntuales y acotados, a veces acompañados, otras rechazados por la oposición. No se observa (quizás se desvaloriza  o se ha descartado) una convocatoria a la unión abarcadora  y comprensiva.

 

En ese marco, la presencia  del Papa podría ser asumida como una figura hostil (como de hecho ya ocurre)  por un sector extenso del  oficialismo y sus alrededores y naturalmente como propia por el peronismo  y los sindicatos. Todo ello más allá de la voluntad del Pontífice.

 

La historia  registra  algún ejemplo  de un fenómeno de esa naturaleza. En 1964, invitado por el gobierno radical  de Arturo Illia, llegó a la Argentina el presidente francés, el general Charles De Gaulle. El peronismo, proscripto entonces, llenó las calles de Buenos Aires y de Córdoba, vivando al general francés en nombre de Perón: “De Gaulle,  Perón, tercera posición” gritaban las masas movilizadas por el peronismo y los gremios, que se apoderaron de la figura  del héroe de la liberación francesa. El gobierno de Illia debió apelar una y otra vez a la represión.

 

¿Se imaginan  los locales que atacan a Bergoglio por demorar su viaje  lo que ocurriría si  la visita se produjera  en el marco de la división? ¿Se imaginan las consecuencias de que el Papa aceptara en estas condiciones los banales desafíos a que “le dé el cuero”?

 

Como puede colegirse hay alguna razón política para que el Papa postergue aún su viaje. Y ni es un subterfugio, ni depende de él. 

 

Claro está: no podrá postergarlo eternamente.

 

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