De Milani al Correo: crímenes y pecados

Jorge Raventos
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La detención del  teniente general  (RE) César Milani, ordenada inesperadamente por un juez federal de la provincia de La Rioja, tuvo dos  efectos inmediatos:Por Jorge Raventos

 

 

 profundizó la  crisis del ya perforado relato kirchnerista sobre los derechos humanos y, paralelamente, contribuyó a  desviar la atención pública de la seguidilla de desbarres políticos protagonizados por el  gobierno. 

 

Milani es indagado en La Rioja por los secuestros de Pedro Adán Olivera y de su hijo Ramón, en 1977, se lo investiga en Tucumán por la desaparición del soldado Alberto Ledo  y soporta dos causas por enriquecimiento ilícito.

 

LAS PALABRAS Y LOS HECHOS

 

No hace una semana siquiera desde que la exministra de Defensa K, Nilda Garré, propuso que se criminalice la discusión sobre el capítulo de la violencia de los años setenta  del siglo XX, proclamando una defensa  a ultranza de la  versión más parcial de la política de derechos humanos. Resulta  revelador que haya sido la misma Garré quien, desde el manejo de la cartera de Defensa, pavimentó el ascenso  de Milani a la jefatura del Ejército, con la señora Cristina deK irchner como Presidente,  y cubrió con partidas presupuestarias y  retórica  el desarrollo de su   actividad de inteligencia.  Doble discurso a la intemperie.

 

La señora Hebe de Bonafini  declaró en su momento que ella  no creía las denuncias contra Milani (registradas en el documento Nunca Más y formuladas por la organización de Madres de Plaza de Mayo de La Rioja) porque "Garré me dijo una y mil veces que era una mentira".  La propia Bonafini, con la participación de su organización, gerenciada por Sergio Shocklender, en los desvíos de fondos públicos del Plan sueños Compartidos, ha sido otra  gran contribuyente a la degradación facciosa de la bandera de los derechos humanos. El tema no está cerrado, como pretende Garré, sino que  parece reabrirse  en busca de miradas ecuánimes y objetivas.

 

¿EL KIRCHN ERISMO COMO METRO PATRÓN?

 

Durante la década K, el tema derechos humanos  fue utilizado como tapadera para  encubrir  maniobras non sanctas  pero también como  instrumento para  simplificar y distorsionar el debate político.

 

Irónicamente, en la actualidad  un papel  análogo lo juegan  el kirchnerismo y los casos  emblemáticos de corrupción de la última década. Desde el oficialismo a menudo se esgrime la comparación con la etapa K para embellecer exageradamente actitudes propias  (o disimular errores ) y desvirtuar críticas. “Corrupción era la de aquella época”, “Este Presidente responde en conferencia de prensa”,  “Nosotros reconocemos nuestros errores”.  Son argumentos  pobres y cada vez más ineficaces.  Poner un patrón comparativo deliberadamente bajo  es un sinónimo de facilismo. Confundir las críticas con intenciones de “volver a ese pasado”,  es engaño o autoengaño.

 

Más allá del alivio mediático  que supone la detención de Milani y el  mero  paso del tiempo, el gobierno haría bien en analizar seriamente lo que ocurrió alrededor de  tres asuntos últimos: la discusión por el acuerdo con Correo Argentino S.A., el intento de  reformar por resolución  administrativa la liquidación de las jubilaciones y  el rechazo al acuerdo salarial alcanzado por el gremio bancario y las instituciones financieras.

 

EL PECADODE LA UNILATERALIDAD

 

Los tres casos tienen un denominador común: la unilateralidad, la voluntad de decidir  “de arriba abajo”, con pocas o ninguna consulta, con poco o ningún control.

 

El caso del aumento bancario estaba resuelto por acuerdo de las partes (incluyendo en las partes a bancos oficiales, como el Nación).  Se impulsó al ministerio de Trabajo a rechazar el aumento (porque superaba el techo que el gobierno quiere  fijar), sobrevino una amenaza de paro; intervino un mediador de parte (del sector patronal) y finalmente, con  un poco de maquillaje, se levantó el paro convocado y el gremio consiguió el aumento que pretendía. Es obvio que el gobierno podía haberse ahorrado el desgaste de un gesto unilateral de negativa.

 

En el tema jubilatorio, la discusión no pasa por “el cálculo aritmético” del que habló el Presidente en su conferencia de prensa,  sino, una vez más, por la unilateralidad. El gobierno decidió modificar por las suyas, sin avisar siquiera a sus aliados de coalición (mucho menos a otras fuerzas políticas), ni a las organizaciones sindicales ni a las organizaciones de jubilados,  el procedimiento que viene aplicándose, por ley, para liquidar los aumentos a jubilados y otros beneficios previsionales y sociales.  Más allá de que la incidencia sobre cada beneficiario fuera de 20 pesos (“no nos van a correr por 20 pesos”, trató de minimizar uno de los vicejefes de gabinete), el tema es que  se decidió inconsultamente. De paso,  la transferencia global  no es tan mínima: los jubilados transfieren con ese cambio aritmético entre 3.000 y 5.000 millones de pesos al barril del gobierno.

 

Un detalle más:  la responsabilidad por el “cambio aritmético” no la asumieron  quienes lo elucubraron (jefatura de gabinete) sino que fue derivada a la secretaría de Seguridad Social del ministerio de Trabajo  (“ocupada por un peronista”, se  abundó informativamente).

 

En el caso del Correo era inevitable que se  suscitara  un fuerte debate político, pues el tema involucra no sólo la preservación del  patrimonio público sino un trasfondo ético-político  que incluso va más allá de la sospecha sobre beneficios  indebidos .

 

TARDE PIASTE

 

Como señalábamos en este espacio un domingo atrás, “la coalición Cambiemos  ha buscado perfilarse en la política argentina con el signo de la transparencia  administrativa. Ese es un requerimiento de la gran mayoría del electorado, y muy principalmente del  público propio del oficialismo, razón por la cual  las situaciones que lo ponen en duda  afectan políticamente al gobierno y a sus socios”.

 

Elisa Carrió, que basa su capital político en  la distribución  de  condenas y absoluciones morales, ha tenido que hacer esfuerzos y alejarse del escenario  para  no pronunciarse personalmente sobre el asunto, pero dio luz verde a alguna de sus espadas para que expresaran su desagrado con  los procedimientos aplicados por el gobierno que ella apoya.  Los radicales se muerden la lengua para no criticar en voz alta.

 

En cualquier caso, no se callan en privado. Tanto el jefe del bloque radical, Mario Negri, como Carrió le hicieron conocer telefónicamente  sus  discrepancias  al Presidente. Ella levantó bastante el tono, algo que no cayó bien en el ámbito de la presidencia.  

 

La Casa Rosada, en rigor,  sólo reaccionó después de que el escándalo alcanzó su apogeo. Y lo hizo con una combinación de suficiencia y vacilación. Una conferencia de prensa como la que ofreció el jueves  el Presidente para explicar el punto de vista oficial debió haber ocurrido antes: hubiera sido mejor que el silencio de las primeras horas,  la improvisación de las siguientes y las operaciones tendientes a devaluar  a la fiscal que denunció el arreglo o a atribuir los cuestionamientos a “operaciones políticas de un año electoral”.  

 

Es insidioso cuestionar las divergencias como “electoralismo”.  En el “año electoral” y en  la misma semana en que se voceaban estas cuestiones, la oposición ayudaba al oficialismo a enmendar, con una aprobación legislativa, otro error unilateral del gobierno: la imposición por decreto de necesidad y urgencia  de una norma sobre seguros de riesgo laboral que contaba con consenso y con la media sanción del Senado.

 

Por otra parte, el propio gobierno se disponía a cruzar por el puente que el sector mayoritario de la oposición (peronistas no K, renovadores, GEN, Libres del Sur, etc.) le ofrecía: dar marcha atrás con el acuerdo del Correo.

 

“MIS OJOS Y MI INTELIGENCIA”

 

Aquellos funcionarios propios que Macri  calificó como “mis ojos y mi inteligencia” no vieron venir ni entendieron las implicancias políticas de impulsar el controvertido acuerdo con Correo Argentino SA sin someterlo previamente al escrutinio de los organismos pertinentes de control , de la oposición y la opinión pública. Expusieron así al Presidente a la obvia objeción de estar beneficiando  a una empresa familiar que  integró, de la que forman parte sus hijos y de la que él mismo es heredero potencial. Finalmente él mismo tuvo que salir al toro, aunque descargó responsabilidades (disculpándolo) sobre el ministro Aguad, al que  exhortó a que dé marcha atrás con los acuerdos (que no están en vigencia-dijo-, aunque en gran medida por mérito de la fiscal que lo denunció)

 

Habían sido muy débiles los argumentos del segundo nivel de la Casa Rosada. Primero: con la excusa de evitar el involucramiento, se insistió en que el Presidente no había sido informado del acuerdo con la empresa de Correo. Argumento poco creíble y en suma  estéril: implicaba dejar al Macri al margen de un tema de alta sensibilidad política y no evitaba su involucramiento, como lo demostró el final, ya que el Presidente in formó que había dado instrucciones al ministro Aguad sobre el tema.

 

“EMBELECOS FRAGUADOS EN LA BOCA”

 

Las explicaciones equívocas o engañosas habían empezado temprano. La semana última, en espacio se dijo: “es inverosímil  la conducta del ministro del ramo, Oscar Aguad, que afirma que nunca habló del tema  ni con el Presidente ni con el jefe de gabinete Marcos Peña.  A un político cordobés astuto como Aguad  no podría escapársele  el alto voltaje potencial de un acuerdo entre el gobierno de Mauricio Macri y una empresa de su padre. Si realmente  menospreció esa circunstancia y  realmente es verdad que omitió informar a tiempo a Peña y a Macri, tal vez en la Casa Rosada concluyan  que  ha perdido la maña política que justificó  su designación”. Unos días después, cuando el tema  se calentó en los medios, el propio Aguad se encargó de rectificar sus primeras declaraciones: “Yo le avisé a Marcos Peña y él me dijo: Dale para adelante”.

 

La Jefatura de Gabinete abusó de  la interesada comparación con el gobierno  K, el clásico y autoreferencial “nosotros no somos como ellos; nosotros somos decentes”,  .  Fuera de cuestión:  la censura al acuerdo no provenía  sólo - ni principalmente-  del  devaluado kirchnerismo, ni, como  intentó ayudar una pluma filooficial,   de “algún fiscal, un juez, un camarista y muchos políticos dispuestos a comerse crudo al gobierno  para sacarlo de la cancha”, sino de analistas independientes y  de políticos de diferentes fuerzas, incluyendo el  Pro y la UCR.

 

Lo que estaba  en discusión  no era la “decencia” oficial, ni las virtudes morales de los intervinientes, sino los procedimientos unilaterales e imperfectos que objetivamente sortearon  el control  institucional preventivo. Como decía Perón: “El hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor”. En este caso el  control  recién  llegó después de que se consumó el acuerdo, a través de la fiscal de Cámara. Y el primer reflejo del  sistema oficial fue  atribuirle a ésta “intencionalidad política”.

 

Recién después de estas actitudes  se  reaccionó llamando a opinar a todo el mundo. Tarde piaste.  El presidente de la Auditoria General de la Nación, Oscar Lamberto, fue tajante: "Tenían una brasa caliente y se la tiraron a la AGN. El Gobierno quiere corregir un error político con otro error político. Es una cosa totalmente descabellada. La SIGEN debería haber intervenido en este proceso, son los auditores internos".

 

Hay sectores internos que inducen al gobierno a resbalones graves: actúan con unilateralidad aunque  proclaman la necesidad de diálogo y acuerdos.  Argumentan  con palabras dulces pero actúan amargo.

 

CAMBIAR DE LA K A LA M

 

El kirchnerismo era  unilateral. Contó largamente con mayorías parlamentarias y ejerció -a menudo brutalmente- los instrumentos que le daba el poder. El oficialismo actual proclama su diferencia con ese pasado (allí se asienta el mandato que lo llevó al gobierno) pero suele olvidar los acuerdos y los consensos hasta que se le vuelven indispensables. Debería recordar que ni gobierna con mayoría propia (la que tiene, la obtuvo con la ayuda del electorado de otros, en el ballotage), ni cuenta con números suficientes en el Congreso, ni tiene el monopolio del “cambio”.

 

El  propio gurú oficialista , Jaime Durán Barba, enseña que la comunicación “más que palabras, son gestos, sensaciones”. El radical Negri recuerda que la repetición desgasta.  El unilateralismo empuja una y otra vez al gobierno a  repliegues forzados, costosos aunque se los maquille de sensata autocrítica.

 

No está mal corregir cuando se vuelve inevitable. Sería mejor consultar a tiempo.

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