Globalización, avance tecnológico y empleo

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No podemos estudiar el impacto de la tecnología sobre el empleo o sobre otras variables de la vida social fuera del contexto de nuestro tiempo, y el nuestro es el tiempo de la globalización. Esta no goza de buena prensa. Por Juan Carlos Sánchez Arnau

 

 

 

No podemos estudiar el impacto de la tecnología sobre el empleo o sobre otras variables de la vida social fuera del contexto de nuestro tiempo, y el nuestro es el tiempo de la globalización. Esta no goza de buena prensa. En los países “desarrollados” o industrializados se la teme por el efecto de traslado de producción y de empleo hacia países de bajos salarios. En la mayoría de los “países en desarrollo”, por el temor de que la liberalización del comercio liquide sectores enteros de la producción, manufacturera esencialmente, que no pueden competir con las importaciones baratas de China o con productos más sofisticados de países desarrollados. Y en unos y en otros, por los efectos de redistribución regresiva de la renta dentro de la sociedad y entre países. Economistas reputados como Joseph Stiglitz[1] o Dani Rodick han sido muy críticos respecto de la globalización y sus efectos, y han reclamado un “rostro más humano” para ella. Otros, han llegado a la conclusión de que ninguno de los modelos de análisis económico vigentes, en su mayoría derivados de los modelos de Ohlin/Samuelson, sirven ya para analizar un proceso mucho más complejo que el del mundo en que surgieron aquellos modelos. Y pensadores de la talla de Zygmunt Bauman[2] han estudiado, con conclusiones sumamente críticas, las consecuencias humanas de la globalización.

 

Muchos de estos críticos del proceso de globalización lo presentan como algo que viene dado: “somos globalizados”, la globalización nos envuelve y sumerge y nada podemos hacer frente a ella. Para otros, en cambio, surge de una especie de conspiración donde confluyen intereses que, ante el menor análisis, se evidencian como contradictorios y hasta contrapuestos: las empresas multinacionales, el PC chino, el FMI, las élites políticas y económicas que gobiernan países desarrollados y en desarrollo.

 

A todos, les resulta difícil analizarlo con la perspectiva de que se trata de un proceso o de un conjunto de procesos convergentes: científico y tecnológico, económico, político y cultural. Por ello, de nada vale considerar a la globalización como un proceso globalmente positivo o globalmente negativo. Primero, porque sus efectos han sido muy dispares, según los países y dentro de estos, según los sectores. Segundo, porque no es una situación que se instaló de un día a otro, y que tampoco ha terminado. Tercero, porque su surgimiento ha sido el fruto de un contexto internacional determinado y que está en plena evolución.

 

Primero fue la tecnología

 

Es decir, la globalización no ha surgido de la nada, sino que es el resultado, como dijimos antes, de varios procesos convergentes. Y el primer paso para poder comprenderla, es mirar las grandes etapas de la evolución de los procesos productivos.

 

Veámoslo desde:

  1. La generación de energía: que comenzó con la humana, siguió con la energía animal y luego fue incorporando el molino de aire o de agua, el motor a vapor, la electricidad, el motor de combustión interna, el motor Diésel, la turbina, la energía nuclear, los sistemas híbridos, la batería de litio, y mañana el hidrógeno.
  2. La materia fuente de generación: primero fueron las proteínas que consumían, el hombre y luego los animales que lo ayudaban; luego el viento y el agua de los molinos; hasta que se comenzó a utilizar el vapor, generado con leña primero y luego con carbón; más tarde con el petróleo, el gas, o el uranio enriquecido; para volver al viento (con la energía eólica) y al sol ( energía solar o fotovoltaica), y llegar hoy al litio y al grafito.
  3. Los materiales predominantemente utilizados para la producción de bienes: al comienzo fueron aquellos que estaban al alcance de la mano: la piedra, la madera, la tierra (el barro); luego las que se podía procesar: las fibras naturales (vegetales o el cuero); y cuando el hombre dominó el calor y comprendió las virtudes de ciertos materiales, pasó a la cerámica, al hierro, al cobre, al acero, el caucho, los sintéticos de primera generación (desde la melanina a los plásticos de alta resistencia), el aluminio, el carbono, los sintéticos de segunda generación, y de allí a materiales conductores o amplificadores de energía: los transistores primero y luego los chips y hoy, los circuitos integrados.
  4. Los sistemas de comunicación utilizados interna e internacionalmente: el postillón, la estafeta, el correo, el telégrafo, el teléfono, el télex, el fax, Internet y toda la parafernalia de medios de comunicación electrónicos, satelitales y digitales de hoy en día.

 

Ahora bien, la combinación de las tecnologías predominantes, de los materiales utilizados en la producción de bienes y de las fuentes de energía que requieren, se combinan en procedimientos de producción que exigen o permiten una determinada organización. Así, hemos ido pasando de estructuras de producción unipersonales o familiares al taller, que incluía al propietario de los medios de producción y a dependientes (que pasaron por diversos grados de dependencia, desde la esclavitud hasta el asalariado), o a los gremios o corporaciones medievales, que integraban maestros –que guardaban los secretos del arte o profesión- compañeros y aprendices. De este modo, surgieron los diferentes tipos de empresas de producción de bienes hasta llegar a la “fábrica”, como un ámbito cerrado en el que se producía un bien determinado, primero integrando partes fabricadas en el mismo ámbito, y luego provenientes de otras fábricas, en un proceso de creciente especialización, que pega un salto con la aparición de la cadena de montaje y la producción continuada, y ya en nuestros días, con la deslocalización de la producción de partes e insumos y llega hoy – en camino hacia otra etapa aún no vislumbrada- a la planta robotizada y automatizada, donde el hombre parece ausente. En realidad, quien está ausente es el operario tradicional, porque el hombre sigue estando detrás del diseño de cada máquina, de cada robot y de cada proceso, del control de la producción y del destino posterior de cada producto una vez que salió de la planta de producción.

 

Así podemos decir que, acompañando a la evolución tecnológica y a las transformaciones que ella ha permitido o forzado, la producción ha evolucionado de procesos mano de obra intensivos a procesos tecnológicamente intensivos, de aquellos que requerían baja inversión en capital a otros de elevada inversión en capital. A mayor tecnología, más R&D es necesario (aplicada al producto y al proceso de fabricación), más inversión en la maquinaria y en los procesos posteriores a la fabricación (envase, transporte, comercialización, distribución, mantenimiento) y mayor especialización en cada una de esas etapas.

 

Las condiciones necesarias

 

Esto, a su vez, exige grandes escalas de venta para poder bajar los costos por unidad y permitir la amortización del capital invertido. Para ello hacen falta mercados globales y por lo tanto la eliminación de las barreras al comercio. Proceso que tuvo lugar a través de las grandes negociaciones comerciales, en el GATT primero y luego en la OMC y, al mismo tiempo, a través de los procesos de integración regional, como la UE, el NAFTA, o en menor medida, el Mercosur.

 

Además, hicieron falta grandes inversiones de capital de riesgo. Esto fue posible desde fines de los años setenta, primero con la aparición de los “petrodólares” y luego con la consolidación de los fondos de pensión y los fondos de inversión en los países industrializados. Segundo, con la construcción de sistemas e instrumentos financieros que hicieron posible la conversión de ahorro en inversión a gran escala. Tercero, con la eliminación de las barreras a la circulación de capitales y a la inversión, y la construcción de sistemas de garantías de respeto de las condiciones de entrada y salida de los capitales invertidos, y de protección a las patentes de productos y de procesos, de modo de permitir la amortización de los montos destinados a investigación y desarrollo. El cuarto requisito fue el surgimiento de una clase empresarial con conocimientos de los métodos de producción y de los mercados a escala global y con la capacidad de creación de sistemas de producción, distribución y comercialización a esa escala. Todo esto ha llevado, a su vez, a una creciente especialización de las actividades productivas y a un elevado nivel de competencia que ha obligado a las empresas a una búsqueda constante de mayor eficiencia y productividad y a la aparición de métodos cada vez más sofisticados para asegurar la distinción y valorización de un producto o de una marca a escala global.

 

Además, la tecnología de producción disponible, ha permitido el fraccionamiento de los procesos, de tal modo que, a través de la deslocalización del todo o parte de dichos procesos productivos, ha sido posible transferir actividades de producción de insumos, partes, bienes o servicios, a distintos países o a distintos sitios de un mismo país, procurando a través de dicha deslocalización ubicar esas etapas de producción allí donde tenían menor costo al momento de la integración o ensamble final del producto.

 

A su vez, la distribución a escala global o el transporte de los productos finales o de aquellos insumos o partes, ha sido posible, gracias a otros dos logros de la ciencia y la tecnología: los sistemas de comunicación de gran velocidad y seguridad a nivel global y el surgimiento de sistemas de transporte rápidos, seguros y de bajo costo (el contenedor, o los buques y los aviones de gran porte).

 

Digamos, finalmente, que este proceso ha implicado la aparición de crecientes desafíos para los Estados, confrontados a problemas históricamente inéditos y al poder de corporaciones cuyos activos llegan a superar largamente al PBI de muchos países. Condiciones bajo las cuales no es fácil regular la actividad productiva, evitando situaciones de monopolización, monopsonios y abusos de posición competitiva, o establecer reglas adecuadas para los monopolios naturales (servicios públicos), o para mantener el equilibrio en las relaciones laborales. Del mismo modo que no es fácil, especialmente en los países más pequeños, evitar que las fuentes de las ventajas comparativas del país pasen a manos de empresas de países con los que compiten en esos sectores o que tienen posiciones dominantes en los mismos. O contar con un Estado que tenga la capacidad de crear las condiciones adecuadas para que todos los sectores de la sociedad puedan participar de los beneficios de estos procesos globales.

 

El juicio a la globalización

 

En síntesis, podríamos definir a la “globalización” como la etapa del desarrollo científico y tecnológico que generó la aparición de productos y servicios y de métodos de producción capital-intensivos, que permiten grandes escalas de producción y la división y dislocación de los procesos de producción, y de un contexto internacional en el que es posible la movilidad de los factores de producción y de bienes y servicios en casi todo el mundo y con limitadas barreras que afecten dicha movilidad.

 

¿Tienen sentido los juicios de valor respecto de este proceso, que de alguna manera podemos juzgar como inevitable? ¿qué sentido tendría objetar la aparición de productos o servicios que mejoran la calidad de la vida o que reducen substancialmente su costo? Es cierto, como diría Bauman, que “las comunicaciones baratas inundan y ahogan la memoria, en lugar de alimentarla y estabilizarla”, pero ¿habría sido mejor no contar con ellas? Es cierto, también, que “con la implosión del tiempo de las comunicaciones y la reducción del instante a magnitud cero, los indicadores de espacio y tiempo pierden importancia, al menos para aquellos cuyas acciones se desplazan con la velocidad del espacio electrónico” ¿pero habría sido mejor que nos hubiéramos quedado en la era de las comunicaciones pre-digitales?

 

Sin embargo, más allá de este tipo de críticas a la globalización de fundamento filosófico o metafísico, hay tres grandes grupos de objeciones que, a menudo, cuentan con sustentos comprobables:

  1. La globalización ha generado un proceso de desindustrialización que destruye empleos y condena a grandes sectores de la sociedad a la pobreza;
  2. La globalización ha creado una brecha fenomenal entre los beneficiarios de ese proceso y quienes no lo son, transfiriendo recursos entre países y dentro de ellos entre sectores; y
  3. La globalización ha dejado fuera de la “modernidad” a amplios sectores de la población a la que no han llegado sus supuestos beneficios.

Veamos cada uno de ellos.

 

Por lo pronto, la información disponible nos indica que, efectivamente, hace varios decenios que vivimos un proceso de desindustrialización: el valor agregado del sector manufacturero en el mundo cayó del 25% del PB global a comienzos de los años ochenta a poco más del 15% en la actualidad[3]. Pero esto es el reflejo de varios factores:

  1. No se consumen menos productos manufacturados, sino muchísimos más, pero han aparecido nuevos productos y ha variado la naturaleza de otros, su tamaño y su peso, su costo y su precio, son casi siempre a la baja, y de esta forma inciden menos por unidad producida en la suma del PBI.
  2. Muchas actividades que antes se computaban estadísticamente dentro de la actividad manufacturera, han pasado a ser servicios. En ello han incidido, por una parte, la subcontratación y la deslocalización (con menores costos) y por otra, el creciente valor de las actividades de investigación y desarrollo, comercialización y distribución, que hoy se computan como actividades independientes de la producción manufacturera; y
  3. La mayor participación en los costos de un producto, de servicios como las comunicaciones y el trasporte, que antes, en un proceso de producción localmente integrado, no existían.

 

En definitiva, cada día se producen (y se consumen) más bienes. Y aquello que estamos viviendo, más que un proceso de desindustrialización son cambio en los procesos de producción: de mano de obra intensivos a capital y tecnología intensivos. De bienes de gran tamaño, peso y costo, a bienes que, vía miniaturización y la disponibilidad de nuevos materiales, son cada vez más pequeños, más livianos, más eficientes y menos costosos. Tómese el caso de una computadora. Una “laptop” contemporánea, de un precio standard de menos de mil dólares y poco más de un kilo de peso, produce los mismos servicios, a una velocidad mil veces superior y tiene una capacidad de almacenamiento de datos, igual o superior a la que tenía hace cincuenta años atrás un “mainframe” de cuatro toneladas y media, que funcionaba a válvulas y requería un sistema de refrigeración incorporado, y de un valor de varios cientos de miles de dólares. Esta se producía en una única planta de producción, donde se elaboraba cada pieza y se ensamblaba el conjunto. La “laptop” de hoy, es el producto de la fabricación de conjuntos autónomos, desarrollados y producidos en distintos países y ensamblados en varias partes del mundo, con la misma marca, y desde cada uno de ellos distribuidos en función de la accesibilidad a los mercados. El proceso de desarrollo de ese producto, es en buena medida, función de la evolución de la tecnología y los costos de las partes y de la capacidad de integración centralizada, tanto en lo que hace a los sistemas de producción como a los de distribución y comercialización.

 

En el sector agropecuario se está viviendo un proceso semejante, pero en un contexto diferente. Ha habido grandes avances en las técnicas de producción agrícola, lechera y ganadera, pero también en la piscicultura. La automatización de muchas actividades antes realizadas manualmente, la generación de plantas transgénicas resistentes a diferentes tipos de plagas o herbicidas, los fertilizantes sintéticos, el desarrollo de la inseminación artificial y de la clonación o los sistemas de riego mecanizado y automatizado, o la utilización de señales satelitales para guiar el trabajo de sembradoras o cosechadoras de gran porte, han sido algunos de los adelantos más notorios en este campo[4]. Los países que más rápido están avanzando en la materia, en términos de bajar costos, elevar la productividad por hectárea o por unidad de inversión y ganar en seguridad frente a los accidentes meteorológicos, lo están logrando a través de la introducción de paquetes tecnológicos y financieros, que facilitan el acceso a escalas de producción suficientemente elevadas como para permitir la incorporación de maquinaria e implementos de producción de elevado costo y que requieren de una utilización intensiva para alcanzar su amortización en tiempos razonables. El resultado final, ha sido una creciente producción mundial que ha podido atender una demanda de alimentos que ha crecido por encima de cualquier estimación previa.

 

Otro tanto ha sucedido en la minería, donde el tamaño de la maquinaria, su automatización y manejo a distancia y a grandes profundidades, la ampliación de la capacidad de transporte de camiones y buques mineraleros y la construcción de puertos mineraleros y la transformación de la industrialización de los minerales y otros productos extraídos de las entrañas de la tierra o del lecho de los mares, han cambiado por completo la estructura del empleo y los conocimientos requeridos para participar de la actividad y a la vez han creado las condiciones para atender el crecimiento de la demanda mundial. Un proceso equivalente está en curso en la producción de gas y petróleo, con los avances registrados en la explotación “off-shore” o en el desarrollo de las técnicas de “craking”.

 

Globalización y empleo

 

Obviamente, estos procesos reducen la cantidad de mano de obra necesaria para cada actividad, ya sea manufacturera, agrícola o minera que, como vimos antes, han conocido el surgimiento de la nueva economía de servicios vinculada a la producción. Independientemente de esto, han surgido con la globalización cientos de actividades definidas como “servicios”, que han absorbido buena parte de la mano de obra liberada por la industria manufacturera o que se ha incorporado al mercado laboral directamente a través de los mismos. La expansión sin precedentes del turismo, del transporte, de las comunicaciones, de los servicios bancarios o financieros, de los vinculados a la educación o a la formación, a la salud y a la atención social de niños y de mayores, o la producción de “bienes culturales” de diverso tipo, han modificado totalmente el mercado del empleo.

 

Los estudios de la OCDE y de la OIT (en particular los antes citados) nos dicen que seguiremos viendo, en el futuro más empleo en el sector de los servicios, menos en la agricultura (siguiendo con un proceso ya secular) y menos empleo en el sector manufacturero en los países desarrollados y en los países de ingresos medios altos (en general aquellos que llegaron después que los países desarrollados a la industrialización) y un leve incremento del empleo industrial en los países de ingresos medios bajos (la mayoría de reciente industrialización). En este contexto, la declinación de la industria manufacturera en los países desarrollados no sería tan grande, más bien ha cambiado la cantidad, la naturaleza y la ubicación de los empleos. Sigue habiendo mucho empleo (la desocupación –como veremos más adelante- está en niveles históricamente muy bajos en todo el mundo, inclusive en la mayoría de los países industrializados) pero muchos de los “buenos empleos” no calificados del pasado desaparecieron y no volverán. Además, el envejecimiento de la población genera un incremento de la edad promedio de la fuerza laboral, creando problemas y tensiones no solo en los sistemas de seguridad social, sino también nuevos requerimientos de formación y adaptación a la actividad productiva de sectores crecientes de la población activa.

 

En este contexto, debe destacarse que el nivel de desempleo mundial es, de acuerdo a los últimos datos disponibles, de solo el 5,7% de la fuerza laboral. Esto implica, sin embargo, que hay en el mundo unos doscientos millones de personas desocupadas que buscan empleo. Esto son casi 30 millones de personas más que en el 2007, antes de la crisis. Sin embargo, con los datos que nos da la OIT, hemos calculado que, desde ese año se han incorporado al mercado laboral mundial unos 548,6 millones de personas, la mayor parte de las cuales han encontrado empleo[5]. Ello se debe a que las grandes economías siguen creando empleos: Asia, creo 20 millones de puestos de trabajo solo en 2016; los mercados que más crecieron fueron India, Indonesia y Filipinas. China, en cambio, parece haber encontrado un freno no solo a su expansión económica sino también a su capacidad de crear empleo, especialmente en el sector de manufacturas intensivas en trabajo y en la agricultura. El resultado global para Asia son tasas de desempleo muy bajas y con leves variaciones previstas para el futuro próximo en las principales economías: India: 3,5% en 2016 y 3,4% en 2018; China: 4,6 y 4,7%. Singapur presenta el índice más bajo de la región: 1,8%; seguido de Malasia (3,3%); República de Corea (3,7%); Bangladesh (4,1%); Indonesia (5,6%); y Filipinas 5,9%). De los mencionados estudios se desprende también que las regiones en desarrollo con mayores niveles de desempleo están en el centro de Asia (Pakistán), los países árabes, África, y en especial el norte y el oeste de dicho continente, y en América Latina, en cuyo promedio pesa en forma destacada el nivel de desocupación de Brasil: 11,5% para 2017 y con una proyección del 12,4% para el 2018.

 

En los “países industrializados” la tasa de desocupación en el 2016 llegó al 6,3% con perspectivas de descender al 6,2% en 2018. Este descenso es posible que sea más marcado en Europa Occidental, la región donde aún hay varios países que presentan índices de desocupación elevados: como España (19,4%); Italia (11,5%) y Francia (10%). En cambio, las cuatro principales economías del mundo desarrollado, presentan hoy tasas de desempleo muy bajas: Estados Unidos (4,9% y en descenso); Reino Unido (4,8% y en ascenso como consecuencia del “Brexit”); Alemania (4,3%); y Japón (3,1%). Según el último estudio de la OCDE sobre las perspectivas del empleo en 2016, “se proyecta que el porcentaje de la población activa con empleo regresará a su nivel previo a la crisis en 2017, casi 10 años después del inicio de la crisis financiera global”. Al mismo tiempo, señala, como una característica de este proceso, que “muchos de los trabajadores desplazados de su empleo en las áreas de fabricación y construcción durante la Gran Recesión descubrieron que sus competencias y su experiencia no los calificaban para ocupar los empleos mejor remunerados que se están generando en el sector servicios”[6].

 

Estos estudios también destacan algunos problemas que se presentan en distintas regiones. En la Unión Europea (UE-28) el desempleo de largo plazo (es decir aquellas personas que hace más de 12 meses que están sin trabajo) se ha agravado, alcanzando al 47,8% de los desempleados, contra un 44,5% que se registraban en el 2012. Y más de los dos tercios de este grupo está desempleado desde hace más de dos años. El segundo problema destacado es el “empleo vulnerable” (definido como aquel donde el trabajador carece de acceso o tiene un limitado acceso a esquemas de seguridad social), que estaría afectando a un 42% de aquellos que cuentan con un empleo en todo el mundo. Entre los años 2000 y 2010 el “empleo vulnerable” descendió a una tasa anual del 0,5%, pero en los dos próximos años la OIT estima que lo hará a una tasa de solo el 0,2%. En las regiones en desarrollo este problema afectaría a casi el 80% de los trabajadores, especialmente en aquellas afectadas con los más altos índices de desempleo: Asia del Sur y África Subsahariana.

 

Por otra parte, la mayoría de las estadísticas disponibles evidencian tasas de desocupación más elevadas y mayor precariedad en el empleo entre las mujeres y los jóvenes. En lo que se refiere a los países miembros de la OCDE (la mayoría de los cuales entran en la categoría de “países desarrollados”), confrontan -como el resto del mundo, pero en un contexto diferente- el problema de los llamados Ni-Ni (“jóvenes poco calificados desconectados del empleo y del aprendizaje”). En esos países, el 15% de los jóvenes de 15 a 29 años de edad entran en esa categoría y cerca de un tercio de ellos viven en el seno de una familia donde no hay adultos empleados, lo que sugiere niveles de ingresos muy bajos y menores posibilidades de encontrar empleo.

 

Globalización, salarios y pobreza

 

Yendo ahora a los niveles de los salarios reales, puede decirse que el comportamiento de estos ha seguido, en la mayor parte de los países, el de los niveles de empleo[7]. En las grandes economías de Asia se han registrado muy fuertes aumentos desde el 2006 y 2015: en China, los salarios reales se duplicaron; en India aumentaron un 60%; en la República de Corea el 12%; y en Australia el 10%, solo en Japón disminuyeron un 2%. La mayor parte de los grandes países asiáticos también presentan subas importantes en el período más reciente. Entre 2013 y 2015, los salarios reales crecieron a un promedio anual del 5,6% en Tailandia; en Vietnam al 4%; en Bangladesh al 3,7%; en Malasia al 3,3%; en Singapur al 2,4%; y en Filipinas al 2,3%. Taiwán (China) y Macau (China) también registran tasas en promedio positivas, pero más bajas. En cambio, Hong Kong (China) registró bajas en 2013 y 2014 y una leve recuperación en 2015.

 

El progreso que registra el salario real en la mayor parte de los países de Asia y el Pacífico, ha dado lugar a importantísimos cambios en el nivel de pobreza de los mismos. A comienzos del siglo XXI, el 80% de los “trabajadores pobres” del mundo (es decir aquellos que tenían un ingreso diario equivalente al poder adquisitivo actual de USD 1,30), habitaban en dicha región; allí hoy son el 63,5% de aquel total. En China, el porcentaje de los trabajadores “pobres”, bajó en ese mismo período, del 60 al 10,7% del total del país.

 

Del lado de los “países desarrollados” también se registran alzas importantes en los salarios reales desde 2006: en Canadá (9%); Alemania (7%); Francia (6%); y Estados Unidos (5%) con un aumento del 2,2% en 2015, que es el registro anual más alto desde 1998 en ese país. También se registran alzas en Suiza y en todos los países nórdicos. En cambio, Grecia presenta una baja pronunciada del salario real desde 2007/08 (-25%); desde el 2006, y también registran bajas el Reino Unido (-7%) e Italia (-6%). Turquía, en cambio, registró un alza promedio anual del 6% entre 2013 y 2015, mientras que en España el crecimiento del salario real para ese mismo período fue nulo y en Irlanda registró un leve aumento. En Europa Central y del Este, se registra un deterioro salarial en Rusia en 2015 (-9,5%) y especialmente en Ucrania (-20,2%). En cambio, los tres países bálticos (Estonia, Lituania y Letonia) registran tasas de crecimiento superiores al 5% anual. También registran mejoras sensibles Bulgaria, Hungría y Polonia y algo menos la República Checa. En todos estos casos, muy posiblemente como producto de la reciente vinculación de sus economías a la Unión Europea.

 

Respecto de la segunda de las citadas objeciones (es decir la brecha de ingresos que genera la globalización), digamos que ésta, al igual que cualquier otra etapa del desarrollo tecnológico y económico, tiene beneficiarios y perdedores, tanto entre las naciones como dentro de ellas. Sin embargo, a nivel global, es posible que sea la más positiva de las etapas hasta hoy conocidas. Pensemos en lo que fueron las grandes etapas del crecimiento moderno. El surgimiento del capitalismo estuvo basado en el colonialismo y la esclavitud, hasta que los propios países líderes de ese proceso, impusieron el fin de la esclavitud para poder disponer de mano de obra más eficiente frente a procesos de producción más complejos para sus industrias y de un mayor número de consumidores para sus productos. De este modo, la primera revolución industrial, fue un período de máxima explotación de la mano de obra, tanta, como que generó como reacción las utopías del comunismo y de la anarquía. Sin embargo, estuvo marcado por una mejora considerable en las condiciones de vida y de trabajo y en la distribución de la riqueza, aunque manteniéndose enormes diferencias entre las naciones aún sometidas al colonialismo y aquellas que no lo estaban, y en unas y en otras, entre los diferentes sectores de la sociedad separados por la propiedad de los bienes de producción.

 

Alcanzada la etapa de la segunda revolución industrial, el colonialismo fue reemplazado paulatinamente por una nueva forma de dominación económica: el imperialismo. Y en los albores de la globalización, con la dispersión de la riqueza a nivel mundial, fruto de varios procesos paralelos pero convergentes (cada vez hay más riqueza en un número más elevado de países) se generó una disminución de la pobreza a nivel mundial sin precedentes en la historia. Las cifras que hemos presentado más arriba son clara demostración de ello.

 

Lo acontecido en materia de pobreza (y de riqueza) en los últimos años, merece ser analizado con algún detenimiento. Veámoslo en términos de salarios. Una reciente publicación de la OIT nos permitió conocer los salarios mensuales promedio, para el año 2015, en un conjunto importante de países, calculados sobre la base de una definición común con información provista por los gobiernos y corregida por la OIT. A los efectos de uniformar esos datos, hemos convertido los salarios expresados en moneda local a US dólares, utilizando a ese fin la cotización de diciembre 2015 provista por el Fondo Monetario Internacional[8]. Al tratarse en ambos casos de una fuente común, es posible comparar los datos con cierta seguridad. De todos modos, es necesario hacer dos salvedades: a) Dado que la información sobre salarios nominales es provista por los gobiernos, muchas veces requiere ser ajustada o corregida para adaptarla a las definiciones propias de la OIT, lo que genera a veces divergencias entre las cifras de una y otra fuente; y b) al ser promedios nacionales, los datos de los sueldos que se presentan, están muchas veces influidos por la estructura del empleo, que en los “países en desarrollo” se caracteriza por contar con un sector rural importante, con salarios más bajos que los del sector industrial o manufacturero o incluso que en el sector servicios.

 

Sobre la base de los datos antes señalados, podemos sacar algunas conclusiones:[9]

 

  1. El desarrollo industrial y el nivel de ocupación no depende del nivel de los salarios ni de la dotación de recursos naturales. Los países con niveles de salarios “muy elevados” (entre usd 2.766 y 3.745 por mes a diciembre de 2015), son, en general, países con una estructura productiva muy diversificada, a veces con una fuerte participación de la agricultura y/o de la minería (Australia, Nueva Zelandia, Canadá) o incluso de los servicios (Singapur, Reino Unido). Algunos, con una larga historia de industrialización (Estados Unidos, Reino Unido, Alemania o Japón) y otros de industrialización más reciente (Finlandia, Irlanda). Lo más interesante de este grupo es que los muy elevados salarios no han sido óbice para mantener estructuras productivas con fuerte participación industrial, incluso en el caso de Japón, país que carece por completo de materia prima para abastecer a sus industrias. Las tasas elevadas de inversión y la consecuente innovación tecnológica y la capacidad para adaptarse a la demanda mundial, la estabilidad monetaria y la apertura de la economía, parecieran ser factores mucho más importantes que los elevados salarios para poder alcanzar los elevados niveles de productividad, que son los que permiten que los trabajadores cuenten con salarios -y bienestar- tan altos.
  2. Por debajo de los países de salarios más elevados, hay un grupo que está en la franja de entre los usd 1900 y 2360 mensuales. Entre ellos, España e Italia, que enfrentan la dicotomía entre las actividades industriales en las que descollaban en el pasado y su transformación para adaptarse a la globalización. Todos los países ubicados dentro de esta franja tienen un punto en común: la importancia del turismo y otros servicios en la conformación de su PBI, incluso en el caso de Puerto Rico, cuyo nivel de salarios no llega al de los Estados Unidos (del que forma parte) pero está muy por encima de los de sus vecinos del Caribe y América Central. Con Hong Kong se presenta la situación inversa: es parte de China, pero su nivel de salarios, muy influidos por la importancia de los servicios marítimos y financieros en su estructura productiva, son muy superiores a los del resto de China.
  3. Los países “grandes” en términos de población y mercado, y dotados con abundantes recursos naturales, que siguen políticas proteccionistas y muy orientadas hacia el mercado interno, como Rusia, Brasil, Sudáfrica o México, no consiguen asegurar salarios elevados para sus trabajadores (entre usd 560 y 380) y tienen tasas de desocupación muy elevadas.
  4. India y China (ésta con un salario medio de casi usd 800 a fines del 2015), que también cuentan con grandes mercados internos (aunque la India no tiene la abundante dotación de recursos naturales de los restantes), y que también han seguido políticas proteccionistas, pero no necesariamente del mismo signo o intensidad que los anteriores, han logrado resultados mucho más positivos: baja desocupación y salarios que aumentan a tasas muy elevadas desde hace años, aunque aún permanecen muy bajos en la India.
  5. Estas estimaciones se ven confirmadas por un reciente artículo publicado por el Financial Times[10]que sostiene que “A través de China, los salarios por hora exceden a aquellos de todos los países latinoamericanos, excepto Chile, y están a un 70 por ciento del nivel de los países más débiles de la Eurozona, según datos de un grupo de investigaciones, el Euromonitor International….El promedio horario en el sector manufacturero en China se han triplicado entre 2005 y 2016 para alcanzar a usd 3,60, ¡Salarios chinos eran los de antes! En cambio, en Brasil los salarios cayeron de 2,90 a 2,70 la hora y de 2,20 a 2,10 en México…. Y en India se mantienen desde 2007 en solo usd 0,70 la hora,…… mientras que en Portugal han caído de 6,30 a 4,50 en el último año (Valga este último dato como referencia de la distancia entre los salarios asiáticos y los europeos más bajos).
  6. Los bajos salarios y el mercado interno no son suficientes para que un país pueda escapar a los límites de la pobreza. El ahorro interno y la inversión -propia y externa-, la apertura de la economía y la adaptación del aparato productivo a la demanda internacional, son indispensables para generar los aumentos de productividad asociados a los aumentos de salarios reales. El caso de México es muy ilustrativo de los costos que tiene una economía cerrada para los trabajadores. Con un salario que es menos de la mitad del de los trabajadores chinos y con las ventajas del acceso a los mercados de Estados Unidos y Canadá que le brindan el Nafta y la cercanía física de ambos mercados, México sigue exhibiendo salarios semejantes a los de los restantes países de América Central y el Caribe. Países estos últimos, que ni tienen las ventajas tarifarias de México, ni mercados internos grandes, ni gas o petróleo con el que sostener el gasto público.

 

Ganadores y perdedores

 

¿Por qué hay entonces ganadores y perdedores? A nivel internacional, han ganado aquellos que han podido prever el rumbo de la demanda mundial en términos de productos y servicios y que han sabido o han podido adaptarse a las nuevas condiciones y reglas del sistema. Fue lo que sucedió con Japón y el MITI al término de la Segunda Guerra Mundial (y en algún sentido también con Alemania, el otro gran derrotado de la guerra y triunfador de la post-guerra). Y fue lo que sucedió (y está sucediendo) en el caso de China y de varios países asiáticos donde se han registrado aumentos muy fuertes de los salarios reales y de los niveles de empleo (y por ende en los ingresos) desde 2006: India, Corea, Tailandia, Vietnam, Malasia, Singapur, Filipinas, pero también Taiwán (China) y Macau (China) aunque con tasas más bajas que en los restantes). Todos ellos están vinculados a un proceso regional -liderado por China- de gran adaptación a las exigencias de la demanda mundial durante la actual etapa del proceso de globalización. Esto ha sido evidente en los aumentos registrados en sus exportaciones de manufacturas, a tasas mucho más altas que las de los países industrializados como los Estados Unidos, los de la Unión Europea o Japón, y particularmente centradas en los sectores más dinámicos de la economía mundial: equipos de oficina y telecomunicaciones, circuitos integrados y vehículos y sus partes.

 

En una segunda línea en este proceso, vienen un conjunto de países que aún tienen salarios muy bajos y que sirven como reservorio de mano de obra para las actividades más trabajo-intensivas de la globalización: Vietnam, Indonesia, Bangladesh, y en alguna medida, Turquía.

 

Otro grupo de ganadores son aquellos países que han sabido insertarse en determinados sectores con tecnologías de punta: Dinamarca en transporte por contenedores (el mayor transportador del mundo es una empresa danesa) y en sistemas hidráulicos para maquinaria de diverso tipo; Suiza y Alemania en la industria química y en las de precisión; España en la industria textil (cuenta con tres de las cinco principales empresas de confección del mundo) y en la impresión en papel; o que han desarrollado estructuras de producción competitivas en diversos sectores de punta, como los restantes países nórdicos, Australia y Nueva Zelandia o Israel.

 

¿Y quienes han perdido? Si lo medimos en términos de aumento de salarios reales, han perdido aquellos que no han sabido sumarse al proceso de cambio y los que se han aferrado a políticas proteccionistas sin contar con un mercado interno del tamaño necesario para hacer frente a las escalas de producción de las tecnologías contemporáneas, o incluso, en casos como los de Brasil o México, que contando con tales mercados y hasta con acceso preferencial en otros, siguen con salarios particularmente bajos y niveles elevados de desocupación. También han perdido los que han rechazado la globalización y la introducción de nuevas tecnologías, o aquellos que, por razones diversas han quedado al margen de este proceso.

 

Obviamente estos cambios a escala global implican grandes cambios a nivel interno. Ante todo, en materia de empleo, esencialmente por la desaparición de actividades o de capacidades que ya no son necesarias, o que han sufrido grandes transformaciones; muchas veces a nivel local, cuando industrias o sectores dependientes de un determinado factor, desaparecen o entran en decadencia; pero también por la aparición de nuevas actividades o métodos de producción.

 

Detrás de este proceso, hay un gran desafío para los sistemas educativos. El primero, es poder responder a las necesidades de formación de hombres y mujeres que deberán integrarse en el futuro al mercado laboral, especialmente a los empleos del futuro. El segundo, es atender los requerimientos de formación en nuevas actividades de quienes han perdido su trabajo como consecuencia de los procesos antes descritos. El tercero, es el desarrollo de sistemas eficientes de formación permanente para quienes se mantienen en un mercado laboral en constante transformación. Y cuarto, integrar las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías de comunicación a los procesos de educación y formación.

 

[1]  Joseph E. Stiglitz: “Globalization and its discontents”; Dani Rodick: “The globalization paradox”

[2] Ver en particular: Zygmunt Bauman: “La globalización, consecuencias humanas” y Zygmunt Bauman y      Carlo Bordoni: “Estado de Crisis”

[3] OCDE, Employment Outlook 2017”, París 2018, y OIT, “Perspectivas sociales y del empleo en el mundo. Tendencias para 2018”, Ginebra 2017.

[4] Para una interesante descripción de algunos de estos avances, ver Ramírez Morales, Ruilova Reyes y Garzón Montealegre: “Innovación en el sector agropecuario”, Universidad Técnica de Machala, Ecuador, 2015

[5] Sánchez Arnau, Juan C. “2017: La situación laboral en el mundo”. Para el diario La Nación, Catamarca, 2017.

[6] OCDE, op.cit

[7] Sánchez Arnau, Juan C. “Los salarios en el mundo….y en Argentina”. Para el diario “La Nación”. Catamarca, 2017

[8] Para los salarios nominales: OIT, “Wage Outlook 2016”, Tabla A1: “Country specific nominal wage and real wage growth 2013/2015”. Para el tipo de cambio: IMF, International Financial Statistics “Exchange rate average”, o “Exchange rate at end decembre 2015”. Metadata by country.

 

[9] Sánchez Arnau, Juan C. “Los salarios en el mundo….y en Argentina”.  Para el diario “La Nación”. Catamarca, 2017

[10] Steve Johnson, “Chinese wages play catch-up with the West after salaries triple in a decade”. Financial Times. Londres, del 27 de febrero de 2017.

 fuente www.grupoayacucho.com.ar

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