Fiestas, cuerpos y globalización: Una crítica al dogmatismo

Sociedad
Lectura

 

La nota “Misa ricotera” del Arzobispo platense, Dr. Héctor Aguer, fechada el 23 de marzo de 2017 en el diario El Día, propone una lúcida y particular perspectiva del recital del Indio Solari en la ciudad de Olavarría, el 11 de marzo de 2017. (1)

Las ciencias sociales han abordado el análisis de las manifestaciones masivas desde hace casi un siglo. S. Freud en 1921 le dedicó sus páginas a: Psicología de las Masas y en 1930, J. Ortega y Gasset expuso con donaire hispánico su: Rebelión de las Masas.

Planteo aquí tres posibles –y muy criticables-  frentes de observación, para acercarnos en simultáneo al caso Olavarría y al texto del Dr. Héctor Aguer.

 

CUERPOS OBEDIENTES:

 

Somos miembros de una especie planetaria que –culturalmente- va fijando en el tiempo los movimientos de su cuerpo. Nuestras expresiones corporales, nuestra gestualidad y nuestras sensaciones, se modelan socialmente desde la primera infancia. No hay una imposición genética e idéntica para todos los actores. Cada una de esas manifestaciones observables, son significantes para cada uno de los miembros de una comunidad que comparte estrato social, intereses y valores.

Todo aquello que podemos percibir e interpretar de las circunstancias que nos rodean, depende de nuestros órganos sensoriales, comandados por nuestro cerebro.

En 1899, Emile Durkheim (1858-1917)  explica que el cuerpo humano es un “factor de individuación”.  Nuestro cuerpo es, por lo tanto, una edificación simbólica, es el efecto de una construcción social y cultural que se va elaborando en el tiempo y en los espacios propios de cada comunidad.

Durante todo el siglo XX el hombre occidental buscó potenciar  su conexión con los otros, redoblando la atención sobre su cuerpo con el que interactuaba en el campo simbólico. Cada comportamiento nos delata el ambiente de origen.  En 1974, Luc Boltanski comprueba que los miembros de los estratos bajos de cada comunidad, establecen una relación instrumental con sus cuerpos a los que usan, sobre todo, como herramienta que funcione y dure.

Existen formas de pensar, de sentir y de actuar los cuerpos, que nos sitúan frente a nuestros grupos de pertenencia. Cada comunidad constituye su propio universo de sentido a partir del aprendizaje sensorial. Howard Becker nos dice, en 1967, en su obra Outsiders: “Las sensaciones producidas por la marihuana no son automáticamente y, ni siquiera, necesariamente, agradables. Como en el caso de las ostras o del Martini seco, el gusto por estas sensaciones se adquiere socialmente”…”Hay importantes factores que intervienen en la génesis de la conducta desviada y que deben buscarse en los procesos por los cuales el individuo se emancipa de los controles del conjunto de la sociedad y comienza a responder a los de un grupo más reducido”.

Si bien es impracticable vivir en el aislamiento, la imposición de reglas no consensuadas para hacer posible la vida en comunidad, es sentida y sufrida -en muchas ocasiones y épocas- como un peso intolerable. Aparecen así las “válvulas de escape”, algunas de las cuales han sido institucionalizadas durante siglos.

Ante la pavorosa ausencia de límites simbólicos que le marca su entorno, el hombre del siglo XXI busca afanosamente con su cuerpo los límites de hecho: velocidad, riesgo, inmediatez, extenuación, consumo de energizantes, de vigorizantes, de euforizantes, de desinhibidores, prácticas sexuales maratónicas, aceleración e intensificación de sensaciones corporales a través del contacto con su mundo circundante…

Son excesos puntuales que se manifestaron durante toda la historia de la humanidad, pero que desde hace decenios se masifican, globalizan y “naturalizan”. Cualquier adolescente de hoy, es provocado sensualmente con una intensidad muchísimo mayor que sus padres o sus abuelos a esa edad. El silencio y la soledad buscados son bienes en franca extinción, incluso en aquellos espacios que les eran propios hace tan solo algunas décadas.

En las manifestaciones masivas, -como la Misa ricotera-, los cuerpos de los asistentes invaden las distancias y los espacios íntimos de sus prójimos, generando especiales sentimientos de fraternidad, lujuria, osadía y seguridad. Y así se exteriorizan los vínculos entre sus cuerpos y el resto de la naturaleza. Son ocasiones para tomar contacto corporal con seres con quienes se comparten experiencias, gustos y cosmovisiones.

Cada hombre masificado en esas aglomeraciones festivas no es capaz de sentir, de pensar ni de actuar de “cualquier manera”, sino solamente de aquellas formas que se consideren“correctas” dentro de un  abanico litúrgico más o menos acotado.

Esa regulación de los cuerpos es ejercida sin que haya –necesariamente- conciencia de ella y, menos aún, aceptación formal por parte de los controlados. Es la llamada “enajenación”, el olvido de sí mismo y del que se tiene a su lado, según lo expresado por Aguer.

Hemos perdido tanto nuestra confianza en el mundo como nuestras ilusiones de tranquilidad en el porvenir. Vamos paulatinamente renunciando a buscar en el pasado una lección para el presente y una brújula para el futuro.

Nos sentimos agotados, insuficientes, caducos. Las convicciones de nuestros abuelos se nos presentan obsoletas y no tenemos otras con qué suplirlas. Las doctrinas nos resultan insinceras y las posiciones políticas, religiosas y económicas nos parecen fingidas, hipócritas, oportunistas.

La desvalorización de la abnegación, de la renuncia y de la hospitalidad estimulando, simultáneamente, la pasión del ego y la ampliación de los derechos individualistas, es un proceso de tendencia creciente en este occidente globalizado.

No logramos estar en claro con nosotros mismos, porque es este mundo del siglo XXI el que está fracasando en su función de dar respuestas al sentido de la Vida.

Son las instituciones, que deben responder satisfactoriamente a las necesidades humanas, las que pierden pie y han dejado de sostener su legitimidad.

Esa insatisfactoria comunicación burocrática de los poderes irracionales, -políticos, jurídicos, económicos y eclesiales-, empuja hacia la búsqueda atolondrada de alguna chispa fatua que pueda ser aceptada como consuelo momentáneo.

Vivir con una apuesta es, sin duda, arriesgado, pero vivir sin ella es nefasto para nuestra salud mental, nos dice el magnífico escritor y exalumno salesiano Umberto Eco.

Mientras tanto, tentamos a nuestros jóvenes, indefectiblemente, a seducir a la Muerte:

Durante el recital de Callejeros, en diciembre de 2004, la tragedia de Cromagnon, arrebató 194 vidas y dejó 1432 heridos. En abril de 2011 en una presentación de La Renga, en La Plata, una bengala arrojada desde el público, mató a Miguel Ramírez. Cinco jóvenes murieron en la fiesta electrónica Time Warp en Costa Salguero en 2016 y el recital de Olavarría,  el 11 de marzo, cobró también su peaje: segó la vida de dos adultos jóvenes.

Cuando solamente se adjetivan en forma peyorativa estas manifestaciones masivas, tildándolas de caóticas, desordenadas, frenéticas, descontroladas…se está azuzando a nuestra angustia ante lo extraño y a nuestra incertidumbre por lo desconocido.

No logramos aprender del error, no nos responsabilizamos por nuestra cuota de transgresión; apenas pedimos ceremonialmente disculpas y nos apuramos para descargar todas las imputaciones sobre el “otro”.

¿Accidentes, negligencias, impericias, connivencias, codicia?

 

LIDERAZGOS SERVILES

 

El origen religioso del liderazgo carismático y su proximidad a ese ámbito, permite completar las ideas de Max Weber (1864-1920) sobre la teoría del carisma con las aportaciones de Émile Durkheim (1858-1917) en su análisis de las formas elementales de la vida religiosa. Durkheim muestra cómo se reproducen las relaciones carismáticas a través del culto en aquellos ámbitos. Esta comparación  facilita entender  la experiencia religiosa, como paralela a la experiencia carismática política con la creación de símbolos, de ritos y de sonidos que la configuran y con una puesta en escena similar.

Es ilustrativa la noción de efervescencia colectiva, puesto que describe los momentos de fusión entre el líder y sus seguidores. No es indispensable que el público se encuentre convencido de la buena fe de cualquier manifestación; es suficiente que esté atraído por la aparición del líder, siempre potenciada por su escenografía y por efectos especiales, para que su mensaje adquiera visibilidad y credibilidad.

Los líderes carismáticos logran, por lo general, transformar y ordenar el ámbito en el que actúan. Ese  carisma está estrechamente relacionado con la necesidad de sus adeptos por dar un sentido a sus vidas. Ellos manifiestan públicamente su admiración, gratitud y fidelidad en cada presentación y, en determinadas ocasiones, el comportamiento masivo supera los carriles del orden y la mesura, produciendo graves alteraciones con resultados luctuosos, no buscados concientemente, pero presumidos por los organizadores de cada encuentro multitudinario.

Puede denominarse como “mesiánico”, cualquier personaje, tanto sea real como imaginario, en quien es posible depositar -aún de manera irracional y desmedida-, las expectativas de  resolución de todas las carencias de la muchedumbre. En estos sujetos especiales, se fundan las esperanzas multitudinarias en un nuevo orden, en una justicia para aquellos grupos marginales y en la ilusión de una mejor vida.

Tanto en los ejércitos como en las organizaciones eclesiásticas de todos los tiempos, reposa la ficción de que el jefe ama por igual a todos sus súbditos. Las multitudes enfervorizadas con argumentos y rituales oportunos, requieren satisfacer una inagotable hambre de sumisión y de entrega. Un hábil manejo mediático, orienta los comportamientos masivos esperados e inducidos por el líder carismático.

El caso de Carlos Alberto Solari (1949-  ) bautizado artísticamente Indio Solari desde 1976, es un modelo para el análisis sociológico del tránsito anómico por estas últimas décadas.

Su imagen publicitaria ha sido cuidadosamente elaborada para un target con especificaciones de estrato social, edad y expectativas socioeconómicas, que lo acompaña con vehemencia en cada una de sus presentaciones públicas.

El estudiado esmero de su imagen como indisciplinado líder musical, incluye una muy tacaña exposición circunscripta a zonas alejadas de los grandes centros urbanos, con evidentes motivaciones recaudatorias, fiscales y, posiblemente, con otras razones aledañas a la concepción estética y/o justificaciones artísticas y demográficas.

En las muy escasas entrevistas que Solari ha concedido, declaró que su perseverante  y tumultuosa grey, no entiende la expresión “sold out”, esto es: localidades agotadas, totalmente vendidas.

Permítaseme sospechar de la “espontaneidad” de tales extravagantes comportamientos transgresores de los interesados en asistir a sus recitales. Pese a no lograr obtener su localidad, sus acólitos han sido y son inducidos, estimulados y excitados desde su eficiente organización de mercado, que promueve y lucra con esas escasas y multitudinarias presentaciones musicales. Es un excelente argumento de venta proponer la escasez del valiosísimo producto, cuyo consumo podrá ser disfrutado solamente por unos pocos elegidos y en muy escasas ocasiones.

El deseo exacerbado por consumir, provocará los comportamientos vandálicos de sus fanáticos seguidores que ha registrado la prensa después de cada anuncio de presentación.

La pátina contestataria, provocativa y soez  -esto último adjetivado por una población más sofisticada en cuanto a gustos musicales-, concita la presencia fervorosa de miles de iniciados de la geografía nacional y de países limítrofes.

Como contratara, es posible dejar constancia de que el cantaautor ha sido distinguido en varias ocasiones por su desempeño artístico: la Fundación KONEX en 1995 y 2015 y la Legislatura de la CABA en 2016. La Revista FORBES indica, además, que Solari encabeza la lista de los diez músicos más ricos de la Argentina.

Juzgar las letras de sus canciones como inconexas y carentes de poesía son observaciones personalísimas que bien podrían ajustarse a una crítica hacia las letras de Palito Ortega, de Carlos “la Mona” Giménez, de “Pocho la Pantera” o de los Amigos Invisibles.

Adjudicar impudicia, procacidad o machismo a los textos de Solari, es –cuanto menos- un comentario osado en esta segunda década del siglo XXI, si se los compara con los relatos del Decamerón de Bocaccio, del siglo XIV; el Corbacho, del Arcipreste de Talavera, del siglo XV; Los 120 días de Sodoma, del Marqués de Sade, del siglo XVIII o la religiosa oración hebrea de Siddur, -del siglo X-, que el varón judío observante debe rezar a diario y que dice: “Gracias Señor porque no me hiciste esclavo, gracias Señor porque no me hiciste mujer”.

Con respecto al “gusto” y a la “distinción”, solamente me permito remitir a las obras del sociólogo francés Pierre Bourdieu (1930-2002)

 

FIESTA Y DESMESURA

 

La peculiaridad de la fiesta no radica exclusivamente en el hecho social de “no trabajar”, en no estar obligado a ocupar cierto tiempo en algún ejercicio redituable. Su especificidad puede rastrearse en el descubrimiento de poder acceder a algo diferente a lo cotidiano, a lo rutinario. Es una pausa, un “respiro” acotado y controlado, que las comunidades se toman de tanto en tanto para reabastecer sus energías grupales, relajar sus tensiones y regular las prácticas de sociabilidad.

Durante la Antigüedad clásica, el paganismo politeísta fue una religión de fiestas donde a través del culto, las divinidades se regocijaban al encontrar los mismos placeres que los hombres y las mujeres de su tiempo. Baste mencionar a Estrabón (siglo I) que describió la extraordinaria riqueza del templo de Afrodita Porne en Corinto, que mantenía a más de mil heteras (prostitutas sagradas) dedicadas a la diosa por hombres y mujeres.

Pero el desenfreno perpetuo no era imaginable por las culturas griega y romana. Por hedonistas que se declararan -y en consecuencia actuaran-, entendían que los placeres exclusivamente sensitivos (“Baños, vinos y Venus”), pierden su fascinación si no se alternan con lapsos de reposo, abstinencia y cordura.

La compleja noción cristiana de “pecado” fue concebida y elaborada por una cosmovisión posterior. Historiadores de esos siglos indican que frecuentemente en los espectáculos de la Roma pre y paleocristiana: carreras del circo, combates de la arena, representaciones teatrales, concursos artísticos, entre otros, el placer se convertía en vehemencia y fanatismo; dichos excesos fueron censurados por los pensadores de la época como Cicerón, Séneca o Marco Aurelio.

Ejemplos históricos -generosamente documentados- son las fiestas orgiásticas de Grecia y de Roma: las “dionisias” griegas (siglo V a.C.), las “saturnalias” (siglo III a.C.), las “lupercales” (siglo II a.C.) y las “bacanales” romanas (siglo II a.C)-. La esencia de tales manifestaciones, era fijar un paréntesis social explicitado y amojonado en los calendarios de cada cultura.

La excusa ritual, era homenajear a las divinidades relacionadas con la agricultura, la fertilidad, la renovación o las cosechas, y por ello se suspendía toda actividad laboral y, en algunas de ellas, a  los esclavos se les concedía comer y beber en exceso, ya que las estrictas diferencias sociales quedaban suspendidas en esos días de evasión y permisividad. Cuando a partir del siglo IV tales festividades fueron proscriptas por las autoridades político-religiosas, no prevalecieron motivos de censura moral sino la peligrosidad con que dichas manifestaciones amenazaban al poder de la Iglesia y del Estado.

Uno de los núcleos esenciales de toda fiesta orgiástica es que: lo hecho, lo visto y lo dicho durante su transcurso no cuenta, no queda registrado en ningún acta con posibilidad punitiva. Triunfa la idea de una rebelión transitoria contra cualquier tipo de control y de poder, sin consecuencias legales ni sociales para quienes cometieron y presenciaron los excesos durante ese breve período de dispensa.

 

APUNTE FINAL

Todos los intentos por suprimir las fiestas -como descarga emocional del grupo y como acto catártico- han resultado ostensiblemente ineficaces. El poder de turno debe replicar, con los disfraces y los relatos correspondientes, nuevas excusas aceptables, que  hacen surgir nuevas fechas de festividades acordes con las creencias dominantes.

La actividad laboral obligada por motivos de subsistencia y el sometimiento social y político a las normas y a las autoridades en cada tiempo y lugar, van acumulando tensiones grupales e individuales que deben liberarse organizadamente. Es una probable y eficaz huída de situaciones desagradables, cuando tienden a resultar insoportables.

En nuestras dos primeras décadas del siglo XXI se vislumbra un marco borroso donde destacan: un crecimiento de las autonomías individuales, un descrédito de las rigideces normativas, un endiosamiento del consumo ostensible y obsolescente  y un aturdimiento a través las comunicaciones masivas. Todo ello dentro del avance irrefrenable del dinamismo tecnocientífico.

El culto de los cuerpos -sumergidos en un hedonismo criticado por las grandes ideologías que se derrumban- se acelera en un mercado en el que todo tiene su precio…quizá porque ya nada vale. Podría interpretarse como una perversa forma de narcisismo de este tercer milenio. Hasta el ejercicio ciudadano, que fue emblema heroico de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX, es impotente frente a ese mercado omnisciente y sacralizado que genera, desembozadamente, crecientes deseos.

Jóvenes y adultos nos encontramos sumergidos en imágenes y promesas de felicidad y de bienestar, mientras nuestras experiencias del presente son sobresaltadas y angustiosas.

El futuro queda abierto a la incertidumbre de mayores desigualdades, y eso es muy difícil de soportar, porque tiene estrechísima relación con la dignidad humana.

En nuestra Argentina de hiperconsumo, -real o ideal-, la imposibilidad manifiesta de dar satisfacción a los deseos incentivados y la orfandad de instituciones que otorguen sentido a las privaciones de la vida, fogonean un caldo de resentimientos, prejuicios y simulaciones que debería ser identificado y digerido por los copropietarios de la caldera.

En una época de profundos desconciertos, rupturas y locuras, declarar desde un púlpito, una tribuna  o una cadena nacional que somos inmunes a todo ello…es un especial estilo de locura. Ciertos censores han creído –sinceramente- que las realidades desagradables pueden ser suprimidas y proponen edificar un mundo a su gusto, en nombre de una justificación intangible. Vacuos esfuerzos de todos los tiempos.

No deberíamos indignarnos con quienes no logran comportarse como lo indican ciertas pautas sociales y que dan muestras de pérdidas de conciencia de sí mismos con relación a los otros y al mundo exterior. Correspondería sí, descargar esa santa ira contra la hipocresía en el ejercicio de los poderes, la moral legalista y el endurecimiento del establishment.

Ante tan errático y desconsolador panorama, opino que invitar a esa muchedumbre rockera, – que es la feligresía del Indio Solari-, a resucitar un folclore que fue guitarreado por los jóvenes preconciliares y enrostrarles su desconocimiento por Mozart y Sibelius es, -cuanto menos esta vez-, haber errado de público y de ocasión.

 

 

(1) http://www.eldia.com/nota/2017-3-23-1-30-47-misa-ricotera

Mario Corbacho. 11 de abril 2017

 fuente grupoayacucho

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