A un año de la muerte de Emiliano Sala: cómo fueron sus últimas cinco horas de vida

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"¡Hola, hermanitos! ¿Cómo andan loquitos locos? Hermano, estoy muerto. Estuve acá en Nantes haciendo cosas, cosas y cosas y no termina más y no termina más... Así que nada, muchachos. Estoy

acá arriba del avión, que parece que se está por caer a pedazos y me estoy yendo para Cardiff, que mañana sí, ya arrancamos, a la tarde arrancamos a entrenar con el nuevo equipo. ¿Cómo andan ustedes? ¿Todo bien? Si en una hora y media no tienen novedades mías, no sé si van a mandar a alguien a buscarme porque no me van a encontrar pero... Ya saben. ¡Papá! Qué miedo que tengo".

Apenas un minuto. Eso duró el mensaje, vía Whatsapp, que Emiliano Sala les envió a sus amigos desde arriba del avión que lo iba a llevar de Nantes a Cardiff y terminó en el fondo del Canal de la Mancha. Sólo un minuto, apenas 60 segundos. Y esa fue la última vez que se escuchó su voz. Por eso hoy, al cumplirse un año de su muerte, el dolor continúa latente, casi a la par de las preguntas que se hacen su familia, sus amigos y sus fans sobre qué pasó en esas últimas horas de vida.

Tal como el delantero les contó a sus amigos, aquel 21 de enero, Sala estuvo de un lado al otro. Después de firmar su pase al Cardiff, había regresado a Nantes para finiquitar los últimos detalles de la mudanza y, además, despedirse de sus ya ex compañeros.

Eso fue lo que hizo. Y ahí, en esa visita, confesó que no estaba completamente convencido de subirse al Piper PA-46 Malibú que terminó estrellándose. Nicolás Pallois, defensor del Nantes, reveló tiempo después que Sala le había dicho que dudaba porque el viaje desde Cardiff a Nantes, en la misma aeronave, había sido "muy agitado".

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Y Diego Rolan, quien había sido compañero de Sala en el Bordeaux de Francia, ratificó lo que pasaba por la mente de Emiliano horas antes de la tragedia. "Emi dijo que tenía miedo. Que si no lo encontraban, ya sabían que había pasado".

Y no fue todo. Maximiliano Duarte, uno de los amigos de Sala, también aportaría datos al respecto. Y apuntaría de forma directa contra Willy McKay, el agente encargado de la transferencia del delantero. "El es el responsable de esta tragedia. Hay una gran verdad detrás de todo esto y es que hay un culpable. Porque él nunca decidió subirse a ese avión. A Emiliano lo obligaron a subir".

¿Intuición? ¿Olfato? ¿La simplicidad de que el miedo no es zonzo? Nadie lo sabe. Pero lo concreto es que Sala no estaba encantado con la posibilidad de subirse al avión.

En esas horas previas a la muerte, además, otra historia clave se desarrollaba en paralelo. Dave Henderson, un piloto experimentado y con 13 años de experiencia en esa clase de aeronaves, declinaba la responsabilidad de llevar a Sala. Y no sólo eso: le ofrecían el "trabajo" a David Ibbotson, casi un inexperto en comparación con Henderson y que, para colmo, días antes del accidente había confesado a través de su cuenta de Facebook que se sentía "un poco oxidado", con el ILS, el sistema de aterrizaje por instrumentos que tenía el Piper.

Aunque la mejor definición sobre las cualidades como piloto de Ibbotson se la daría uno de sus amigos al diario The Sun. "Siempre pensé que era mejor plomero que piloto", dijo.

Así, con temor y un desconocimiento total sobre el riesgo que implicaba cruzar el mar, de noche, con fuertes vientos y olas de más de dos metros de altura, y con un avión que tenía un solo motor, Emiliano Sala vivió sus últimos segundos. El resto, lamentablemente, es historia conocida.