River-Boca: un Superclásico que desde cerca lo ven peor

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Por Ramiro Martín. Especial para Clarín.

Tras la primera final de la Copa Libertadores en La Bombonera, Europa en general y España en particular cayeron subyugados al embrujo de

un partido que consideraron genuino, propio de otros tiempos, fugitivo del criticado “fútbol moderno”.

Fue una historia bellísima. Acaso por primera vez, el mentado orgullo argentino de la pasión con que vive el fútbol encontró verdaderas odas desde la opinión publicada europea. Se subrayó la autenticidad, se elogió la mística y se celebró, con especial esmero, la capacidad para mostrar al mundo que el fútbol todavía podía ser de la gente, el deporte del pueblo.

Sin incidentes reseñables más allá del diluvio que pospuso el partido 24 horas, el relato se reforzó al punto de colocar a la Champions League como el reverso inauténtico de la fiesta de la Bombonera. Se habló con fruición de la profilaxia, el envoltorio hueco y el aburrimiento de un fútbol de ricos para ricos. El vibrante empate en La Bombonera despertó cierta forma de la envidia por un evento evocador, acaso, de un modo atávico de vivir la fiesta de la pelota. Por televisión, desde Europa (más de 300 mil espectadores en España, cifra récord para la Libertadores) miraron la primera final como “los chicos ricos que tienen tristeza”, que diría aquel.

Nada de eso queda ya, por supuesto. Los vergonzosos sucesos del no-partido del Monumental barrieron aquellas interpretaciones elogiosas. No quedó lugar para la lírica cuando la lluvia de piedras enterró el espectáculo. Las lecturas que contraponían la pasión argentina a la insípida Champions se diluyeron entre condenas y críticas. El relato viró hasta modificarse totalmente.

La noticia de que Madrid albergaría la final supuso un último y sorprendente giro de guión para esta historia interminable. España expresó dos sentimientos, acaso antagónicos. Al paternalismo derivado de la certeza de que “aquí sí lo sabremos organizar” le siguieron las críticas y el temor de alojar en casa la lejana barbarie vista por televisión. Se han sucedido críticas de todo tipo. Se juzgó temerario el empecinamiento de la Real Federación Española de fútbol por traer la final a Madrid; se interpeló al gobierno de Pedro Sánchez sobre qué cantidad de dinero público pagará esta fiesta ajena; incluso desde Barcelona se ironizó sobre el “sí” del Real Madrid a alojar el evento tras negarse, sistemáticamente y con excusas insólitas, a ceder el estadio Santiago Bernabéu para las finales de Copa del Rey que jugó el Barcelona en los últimos años.

Entre todas estas quejas puntuales emerge la más cruda: el miedo a tener la violencia en casa.

Desde España se permitían la mirada snob: pese a la brutalidad sistémica, encontraron algo encantador en esa pasión ya perdida en Europa. Hay acá un proceso característico de nuestro tiempo: planchar la realidad hasta que no quede ni un pliegue rugoso que incomode. Una realidad lisa y lista para ser consumida desde alguna plataforma de series. Desde cerca, en cambio, cuando lo real deja oír el ruido de tambores desde las calles de tu propia ciudad, la cosa cambia.

La inefable historia de la final de la Copa Libertadores jugada en Madrid servirá, con la perspectiva del tiempo, para comprender las líneas de fuerza de un proceso histórico vergonzoso. Que el fútbol argentino aprenda la lección depende de sí mismo.

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