La traición y el amor a la camiseta en tiempo de redes sociales

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El dedo acusador siempre está listo. Y la necesidad de dictar sentencia sobre cada tema es constante. Se mueve al ritmo vertiginoso de las redes sociales. Así cada tema tiene su

puñado de minutos de fama, el famoso trending topic en lenguaje cibernético. En ese samba en movimiento, el fútbol desparrama un caldo de cultivo ideal por la histeria que lo caracteriza: el entrenador que antes era un fracasado ahora es el más exitoso y el futbolista pasa de figura a descarte según si la pelota entra o pega en el palo.

Si de sentencias se trata, hay una que debe entrar en discusión: “los jugadores son lo más sano que tiene el fútbol”. En general la pronuncian futbolistas o ex futbolistas, algo que cuanto menos parece invitar a la discusión. Y en caso de que la fórmula se diera por válida, habrá que ver el nivel de sanidad necesario para destacarse dentro de un ambiente con diagnóstico delicado en todas sus áreas.

Más allá de frases hechas, los protagonistas se someten ahora más que nunca a la vara inquisitoria del archivo mediático. Gustavo Alfaro, por caso, dijo hace menos de un mes (tiempo que en el fútbol resulta un siglo) que no lo movilizaba en lo más mínimo la idea de dirigir a Boca. Y obviamente su frase apareció como vedette principal en la presentación como entrenador boquense.

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Un poco más atrás asoma el caso de Mauro Zárate, integrante de un linaje velezano, que volvió al club de sus amores recibido como un héroe y al irse desató la furia de los hinchas y el desencanto (forzado o no) de sus familiares.

La historia no es nueva. En todas las épocas se dieron casos como estos. Y la fórmula que se repite es la conocida: en el fútbol como en la vida, el más poderoso tiene las de ganar. Entonces Boca o River eligen a la figura de Huracán pero por el otro lado sufren cuando Cagliari les saca a una pieza clave de su equipo. El Cagliari tiembla cuando lo amenaza Juventus. Y así se desparrama para ambos lados la cadena alimenticia futbolera.

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El que lo padece es el hincha. El de Atlético Tucumán ve cómo el Pulga Rodríguez se va a Colón de manera inesperada. Y lee versiones cruzadas, escucha que no se trata de un cambio de aire normal sino que la salida de su emblema también tiene que ver con Política y que habría sido determinante su reciente afiliación al Partido Justicialista.

Los hinchas de Huracán trinan con Alfaro y tienen el paraguas abierto ante la posible salida de Marcos Díaz. Los de Banfield se agarran la cabeza al ver cómo de un día para el otro se les escapa Cvitanich, su capitán, goleador e ídolo.

En cada caso, los protagonistas tienen su versión de los hechos, claro. Alfaro optó por el inteligente atajo legal de enrostrar un artículo de la Ley de Contrato de Trabajo que avalaba su postura. Mauro Zárate eligió el carril deportivo y asumió los costos de una salida que inevitablemente le traería problemas. Cvitanich y el Pulga Rodríguez no estaban cómodos con la dirigencia de sus clubes y aprovecharon una seductora puerta abierta para irse.

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De ser y parecer se trata. Por eso en las redes sociales se recordará hasta el hartazgo la promesa del delantero de retirarse con la camiseta del Taladro o las palabras del entrenador que hacían improbable su arribo a Boca.

De ahí a la lealtad hay un largo trecho. Porque en el medio está el fútbol argentino, un sistema en el que cada integrante busca sacar ventaja sin medir las consecuencias. En el que lo único que importa es el presente.

Por eso los clubes echan a los técnicos cuando quieren, por eso también se animan a tentar jugadores pese a que tengan contrato vigente, por eso los futbolistas hacen silencio cada mes que no cobran el sueldo a sabiendas de que en caso de querer irse podrán usar esa carta de salida. Por eso nadie tiene la autoridad para tirar la primera piedra.