Donald Trump, el hombre de acero (y de aluminio)

Internacionales
Lectura

El castigo arancelario de EE.UU. a Argentina y Brasil sobre el acero y el aluminio no tiene ninguna relación con la situación económica de esos países y aún menos

con la pretextada devaluación de sus monedas. Hace tiempo ya que las monedas se derrumban de un modo geométrico en toda la periferia sin que la Casa Blanca lo advierta o le interese advertirlo.

No habría que distraerse en intentos analíticos de por qué Donald Trump decide esto en la transición entre un gobierno u otro, como es el caso de Argentina, o la razón que lo lleva a enfrentarse con un Ejecutivo aliado de modo entrañable como el Brasil de Jair Bolsonaro. Difícilmente las peculiaridades de esos países hayan sido tenidas siguiera mínimamente en cuenta en esta decisión. Estas nuevas penalidades al comercio forman parte, en realidad, de un paquete más amplio que incluye a Francia y a España y, posiblemente. más adelante a Alemania para frenar la importación de sus automóviles.

Trump está restaurando de estos modos su visión proteccionista e insular para reavivar el ariete con el cual llegó a la presidencia en 2016. En su radar solo figura el intento reeleccionista de noviembre próximo y no es un camino sencillo de ahí el ruido que comienza a dar con su garrote.

Hay algunas cuestiones pintorescas y por momento sorprendentes en todo este armado. En sus tweets anunciando el castigo a Argentina y Brasil deslizó la impresión de que la caída de las monedas es una acción premeditada de esos países para beneficiar sus exportaciones. “No es bueno para nuestros agricultores”, sostuvo en una frase que remedaba aquel Secretario del Tesoro, Paul O’Neill, del gobierno de George W. Bush que en 2002 argumentaba que no se podía ayudar a nuestro país con “la plata de los plomeros y de los carpinteros estadounidenses”.

Es cierto, un líder con visión histórica hubiera reaccionado de un modo más sofisticado y preocupado a la crisis que se extiende por las economías de la región. Brasil sigue en el hemisferio a EE.UU. en el tamaño de su PBI y esta sanción le generará un extraordinario daño a su balanza comercial. Casi 80% de las exportaciones brasileñas de acero son de productos semiacabados que son utilizados como materia prima por la industria siderúrgica estadounidense.

Amigos. Jair Bolsonaro y Donald Trump./ DPA

Amigos. Jair Bolsonaro y Donald Trump./ DPA

El acero siempre ha sido un mal paso. Conviene recordar que en marzo de 2018 renunció Gari Cohn, el principal asesor en economía de Trump y nexo con los mercados. Se oponía, junto con el entones canciller Rex Tillerson –que también dimitiría poco después- a la decisión del magnate presidente de arancelar esos insumos. Los dos funcionarios argumentaban que la Casa Blanca, con el pretexto vidrioso de la seguridad nacional, estaba protegiendo a una industria ineficiente que cobraba un promedio de cien dolares más la tonelada de acero que el resto mundo y que además era incapaz de cubrir las necesidades norteamericanas. El resultado era un aumento de los costos internos.

En Londres, donde se encuentra en una cumbre de la OTAN, uno de los organismos multilaterales que con mayor entusiasmo este presidente ha maltratado, también arremetió contra China y puso en duda las actuales negociaciones. Su nuevo argumento es que posiblemente no haya acuerdo en la guerra comercial hasta después de las elecciones. La novedad volteó el mercado norteamericano. Sin embargo conviene siempre cierta prudencia con lo que dice Trump. Estas fintas pueden más bien estar anticipando un pacto conyuntural antes del 15 de diciembre cuando vence el plazo para arancelar unos 170 mil millones de dólares de productos chinos, básicamente juguetes y electrónica. Eso es porque Trump está en medio de una contradicción. Necesita aliviar ese conflicto para evitar que la desacelaración mundial lo atrape justo en el pico de su campaña electoral, pero no puede escapar de su narrativa existencial del America First, es decir el proteccionismo.

Paul O 'Neil, el ex ministro de Economía de Geroge W. Bush./ AP

Paul O 'Neil, el ex ministro de Economía de Geroge W. Bush./ AP

La sensibilidad de Wall Street a la cuestión de China tiene una explicación. La industria manufacturera estadounidense aparece con persistencia debajo de los 50 puntos según la encuesta de Supply Management. El último registro indicó 48,3 puntos, menos de lo que se estimaba. La barrera de 50 puntos es el limite entre la expansión (hacia arriba) o la retracción (hacia abajo). Setiembre pasado ya había registrado la peor cifra mensual en una década. Si mejoró un poco es porque se esperaba un acuerdo más ambicioso con China.

“Estamos arancelizando nuestro camino hacia una recesión manufacturera en EE.UU. Y en todo el mundo”, escribió con cierta ironía y depresión el director de inversiones de Bleakely Advisory Group, Peter Boockvar, en una nota a sus clientes en octubre pasado y consignada por la CNN. Trump le echa la culpa de estos sinsabores a la Reserva Federal a la que responsabiliza de que dólar está demasiado fuerte. Pero los especialistas no coinciden. “La causa de todo esto es la guerra comercial”, dijo a esa cadena Ethan Harris, director de economía global de Bank of America. “La Fed nunca se ha movido más rápido”. Ese panorama ya está pesando en el ánimo de los electores. 

Una incógnita se impone ¿Qué le estarán indicando las encuestas propias al ambicioso líder norteamericano? Esa pregunta quizá se pueda contestar con otra. ¿Qué tiene que ver el acero y el aluminio con los granjeros estadounidenses? Nada directamente. Pero el castigo a Brasil, a la Argentina o a quien fuere, sirve como un mensaje de tribuna. El conflicto con China cae de lleno en estados agropecuarios claves como Michigan, Pensilvania y Wisconsin, donde según la revista The Economist, se multiplican las quiebras por las pérdidas irreparables del mercado asiático. Esos tres distritos fueron centrales para que Trump llegara a la presidencia al otorgarle, respectivamente, una ventaja milimétrica de 0,2%, 0,7% y 0,8%, suficiente para garantizarle los delegados en el Colegio Electoral.