Notas sobre una perturbadora expedición de Evo Morales por las Américas

Internacionales
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La llegada de Evo Morales a la Argentina le agrega un perfil diferente y más complejo al exilio que el ex presidente boliviano inició el 12 de noviembre

en México tras renunciar a la presidencia. Este movimiento imprevisible lo acerca físicamente a su país, un gesto con una carga política evidente por las inminentes elecciones presidenciales que definirán el destino de su liderazgo. Pero, al mismo tiempo, acerca la crisis boliviana a la realidad argentina en un grado que posiblemente diste de lo que preveían las solidaridades locales iniciales, incluidas las de quienes ahora integran el ejecutivo nacional.

No es difícil concluir que este viaje de Evo al sur nace de la sospecha de que las posibilidades de su partido, el MAS, no son muy promisorias en una elección abierta y con observadores internacionales. Una percepción contraria lo hubiera retenido en México a la espera de un regreso con la gloria que se había esperanzado. El propósito de Morales desde el exilio ha sido intentar controlar la transición recortando la autonomía del polémico gobierno interino que lo sucedió. Pero ocurrieron hechos que recortaron esa construcción y pusieron en duda la extensión real de su poder. Por un lado se serenó la presión en las calles aunque no estrictamente debido a la represión del régimen que encabeza Jeanine Añez. Fue, más bien, resultado de las negociaciones que el MAS encaró con las nuevas autoridades para una salida institucional que incluyera el apartamiento de su jefe. Ese acuerdo se labró mientras Morales llamaba desde México a resistir y proponía a su gente sitiar sin agua ni alimentos a La Paz.

El partido de Evo marcó una distancia con esas consignas, aunque no es claro si ese doble juego fue pactado con el líder. Se debe recordar que, como lo fue el propio gobierno de Morales, el MAS es una fuerza pragmática que construyó en Bolivia un capitalismo socialdemócrata. Evo, con esa organización, tanto alivió la deuda social como amplificó la tasa de acumulación y extendió los mercados internacionales para la rica medialuna oriental, la otra Bolivia que encabeza Santa Cruz.

Al revés que el experimento fallido venezolano, del cual Morales nunca abjuró, al menos en el relato, Bolivia exhibió durante su mandato 15 años de crecimiento con 5% de alza anual constante. Al mismo tiempo, entre 2008 y 2017 la banca privada creció 3,8 veces así como sus utilidades. Ese ciclo comenzó a menguar por la caída del precio de los commodities energéticos que vende Bolivia que potenció el rechazo de una parte significativa de la población a la perpetuación del mandatario.

La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, durante un acto en La Paz EFE

La presidenta interina de Bolivia, Jeanine Áñez, durante un acto en La Paz EFE

No hay nada hoy que indique que ese cuadro ha cambiado o que se hayan revertido las razones que llevaron al MAS a perder votos entre sus propias bases urbanas e indígenas en las polémicas elecciones del 20 de octubre. Esa constatación es central porque puede ayudar a desentrañar los movimientos de Evo y lo que realmente le preocupa.

En su gestión Morales repitió el fallido de otras administraciones en la región, blanco hoy de los levantamientos por izquierda o por derecha de los nuevos indignados. Evo ignoró un referéndum que le prohibió presentarse a un cuarto mandato consecutivo, una decisión que continúa justificando y multiplica su menosprecio a los votantes.

Ya se ha escrito ampliamente sobre la controversia por las elecciones del 20 de octubre y la derivación golpista, pero conviene reseñar que el informe ampliado de la OEA -el único organismo que avaló desde su secretaria general la cuarta candidatura de Morales- determinó que hubo una vasta manipulación de los resultados con una conclusión central: una victoria en primera vuelta era “estadísticamente improbable”. Morales necesitaba evitar el balotage que lo iba a sacar del poder.

La maniobra detonó un repudio generalizado en las ciudades, con grandes segmentos juveniles que cuestionaban el autoritarismo del gobierno. La crisis derivó en un peculiar golpe que, como han señalado varios analistas, su característica más notoria es que nadie sabe quién lo dio. Si fue el propio presidente con su manoseo de los resultados; su amigo y confidente, el jefe del Ejército Wiliams Kaliman que le “sugirió” que renunciara o la Central Obrera Boliviana, la histórica COB, que hizo la misma demanda para que dimitiera una hora antes que el jefe castrense.

El general William Kaliman, quien fue pasado a retiro por el actual gobierno interino boliviano. Fue el militar que le "sugirió" a Morales que renunciara.

El general William Kaliman, quien fue pasado a retiro por el actual gobierno interino boliviano. Fue el militar que le "sugirió" a Morales que renunciara.

Estas observaciones son relevantes a la luz del ciclo actual de la crisis. ¿Con aquel antecedente, qué podría esperarse ahora de un comicio sin la candidatura de Morales? ¿Sin ni siquiera su presencia? Esa incógnita que apenas esconde la respuesta es posiblemente el desafío que deberá atender el gobierno argentino, que en principio, no casualmente, ha instituido que el exiliado no debería hacer las declaraciones, algunas explosivos, que marcaron su estadía en la capital mexicana. Un comportamiento que ya se ha demostrado difícil de garantizar. Apenas horas después de llegar a Buenos Aires, Evo embistió por las redes sociales contra el gobierno de Añez pero también contra el posible ganador de las elecciones, el socialdemócrata Carlos Mesa.

Morales no tiene, en verdad, muchas opciones. Designado jefe de campaña, en un aparente acuerdo de equilibrios internos en el MAS, la necesidad de amplificar la oferta electoral de su fuerza debería llevarlo a nombrar a un postulante moderado. Tal como hizo su amigo Lula da Silva en una circunstancia parecida con vistas a las elecciones de octubre de 2018 que ganó el ultra Jair Bolsonaro. El ex mandatario brasileño, en prisión ya, había buscado un recurso judicial que le permitiera ser candidato del PT. Cuando era claro que no podía lograrlo, designó a un académico, con prestigio como ex ministro de Educación, Fernando Haddad.

El dedazo, sin embargo, fracasó por un problema similar al que transita ahora Morales. Se demostró que los votos no son sencillamente transferibles, pero en especial porque ni Lula ni Haddad hicieron una revisión objetiva de las razones que llevarían a los votantes brasileños a darle la espalda al PT. No hubo una autocrítica adecuada sobre la crisis económica que azotó al país durante el mandato de la petista Dilma Rousseff y menos aún el reconocimiento de responsabilidades en la enorme corrupción que creció en los tres gobiernos del PT y que derivó en el Lava Jato. El partido pagó esa soberbia con una derrota humillante, no solo por la diferencia electoral 44,5% contra 55,4% de Bolsonaro, sino por el mensaje político que acabó reinando sobre la bandería conmovedoramente progresista que por tres lustros marcó la historia brasileña.

Evo tampoco está revisando objetivamente las razones que lo llevaron a chocar contra una pared. Si lo hiciera podría asumir personalmente el lugar de moderación que le de resuello a su partido. La narrativa de Guerra Fría que ha preferido para culpar de estas calamidades al imperialismo gringo, es una apuesta que difícilmente persuada a los votantes que decidieron no acompañarlo en esta última etapa.

Fernando Haddad, el hombre que Lula da Silva designó como candidato del PT. Perdió ante Jair Bolsonaro. AFP

Fernando Haddad, el hombre que Lula da Silva designó como candidato del PT. Perdió ante Jair Bolsonaro. AFP

Frente a esa realidad, el riesgo es que Morales estire la apuesta cumpliendo su promesa de regresar a Bolivia antes del comicio, una decisión anunciada cuando partió sorpresivamente a Cuba desde México. Argentina sería una escala de ese itinerario donde, al revés que en México, cuenta con un amplio apoyo interno. Ese 20 de octubre la diáspora local lo premió con 82% del voto. Semejante respaldo se mide también en capacidades. Un eventual regreso por la frontera dispararía una acción represiva por parte del gobierno interino boliviano que lo ha fichado con exageración como terrorista.

Sus partidarios, previsiblemente del Chapare, donde está su pulmón político, defenderían a su jefe, escalaría la tensión y se produciría, o se pretendería, una reacción regional en cadena. Todo el episodio oficiaría como un golpe sobre un hormiguero que podría convertir en ruinas el armado electoral que ha tejido su propio partido con el “defecto” de no haber podido encadenar como se debe el resultado del comicio.
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