El Mediterráneo y Libia: Las nuevas batallas por el viejo Mare Nostrum

Internacionales
Lectura

El Mediterráneo ha definido la historia de Europa. Es el único mar que une tres civilizaciones (la griega, la judeocristiana y la islámica) como espacio común entre tres continentes. En un

libro exquisito que le dedicó al tema hace medio siglo, el historiador francés Fernand Braudel alertaba que los europeos no debían darle la espalda. Si lo hacían, no solo perderían un sitio estratégico. También despreciarían un signo del origen y de un destino compartido. Pero Europa parece haberse replegado de su antiquísimo Mare Nostrum y la guerra que ahora consume a Libia –que es mucho más que un conflicto por petróleo- constituye una evidencia de esa mutación.

Un factor de la amnesia europea, como dijeron hace poco los ex premiers italianos Matteo Renzi y Romano Prodi en sendas intervenciones en los diarios Il Messaggero y El País, es que a los países pequeños del norte no les interesa el Mediterráneo. Y que los más fuertes del sur (Italia, España y Francia) no han impuesto su peso. Pero en el medio hay ingredientes más complicados, como la crisis de inmigrantes de 2015 que despedazó el equilibrio político interno de varios países del bloque; y el retiro paulatino de EE.UU. tras el asesinato de su embajador en la ciudad libia de Bengazy, en 2012.

Ante la ausencia de pensamiento estratégico sobre el futuro del Mediterráneo, otros actores se han visto alentados a llenar los vacíos. Aunque el espíritu “presentista” de nuestra época tiende a creer que todo empezó esta mañana, conviene remontarse en la historia para entender mejor los porqués de Turquía y Rusia, los dos nuevos participantes en “El nuevo Gran Juego del Mediterráneo”, como lo llamó el historiador italiano Francesco Sisci.

Vladimir Putin y la jefa de Gobierno alemana Angela Merkel. El líder ruso enfrenta a Turquía sosteniendo a las fuerzas de Hafter EFE

Vladimir Putin y la jefa de Gobierno alemana Angela Merkel. El líder ruso enfrenta a Turquía sosteniendo a las fuerzas de Hafter EFE

Cuando en 1453 Mehmet II toma Constantinopla, se presenta para desesperación de Roma como el heredero de la tradición bizantina y la cultura griega. Casi al mismo tiempo, tras sacudirse el yugo mongol, Ivan III también reclama como “soberano de todas las Rusias” el legado de esa tradición.

Esos gestos implicaban una reivindicación del control y acceso al Mediterráneo y aledaños: los turcos llegaron finalmente hasta el mar de Azov, hoy zona de Moscú; y décadas más tarde los rusos coparon el mar Negro, que aún controlan. El lento pero persistente camino paralelo que hoy siguen ambos países –enemigos en la historia- se produce en un raro momento histórico en el que sus estrategias confluyen sin abandonar el ánimo expansionista que los asemejó en el pasado, enfrentándolos. Libia es hoy ese teatro común.

Mapa con el control de territorios en Libia por las fuerzas beligerantes - AFP / AFP

Mapa con el control de territorios en Libia por las fuerzas beligerantes - AFP / AFP

El conflicto civil comenzó allí en 2011 con el vacío de poder que dejó el asesinato del dictador Muammar Khadafi tras la intervención de la OTAN, alentada por París y Londres. Rusia y Turquía, que apoyan hoy a bandos distintos, aventajaron a las potencias europeas que presionaban por la paz en esa ex colonia italiana rica en petróleo y pusieron la bota en el atribulado país.

Khalifa Haftar, un ex general aliado del dictador libio, que aglutina militares, milicias y tribus, controla el oriente y sur de Libia. Con sede en Bengazi, tiene el apoyo de Egipto, Emiratos Arabes Unidos, Arabia Saudita, Francia y Rusia. Pero desde 2015, con respaldo de la ONU, se consolidó en Trípoli el gobierno del tecnócrata Fayez Sarraj, que le disputa el poder desde su dominio en la capital y el oeste libio. Aunque relativamente respaldado por EE.UU. y otros países occidentales, su oxígeno depende de Turquía, Qatar e Italia.

Lo que ha complicado las cosas es que en noviembre Turquía dio un paso más y firmó un pacto con el débil gobierno de Trípoli por el que han rediseñado, sin acuerdo de la ONU ni europeo, la demarcación de sus zonas económicas exclusivas en el mar.

Fuerzas del Gobierno del Acuerdo Nacional en el aeropuerto de Tripoli. (AFP)

Fuerzas del Gobierno del Acuerdo Nacional en el aeropuerto de Tripoli. (AFP)

Este dibujo faculta a Ankara a explorar en busca de nichos submarinos de hidrocarburos que alterarían las fronteras marítimas con Grecia​. El nuevo límite pone además en manos turcas aguas que reclama Chipre, cuya parte norte fue ocupada por tropas de Ankara en 1974.

A ese flanco problemático se suma Israel. En marzo pasado, Chipre, Israel y Grecia firmaron un acuerdo por 6.000 millones de euros para construir una gasoducto hacia Europa. A la ceremonia asistió Mike Pompeo, canciller de EE.UU., que envió así una señal de compromiso para que la UE reduzca su dependencia energética de Moscú.

Días después, Financial Times advirtió que la demarcación de aguas entre Turquía y Libia “pone en riesgo” el proyecto entero. Ante las críticas, Turquía se encogió de hombros y argumentó que Grecia y Chipre la habían puenteado sin tener en cuenta sus intereses ni los de los turco-chipriotas. Ankara no bromea: a inicios de 2018, uno de sus barcos de guerra impidió perforaciones de la estatal italiana ENI en el bloque 3 en aguas de Chipre.

El presidente turco Tayyip Erdogan que ha decidido entrar en la guerra Libia a favor de Trípoli Reuters

El presidente turco Tayyip Erdogan que ha decidido entrar en la guerra Libia a favor de Trípoli Reuters

“El renovado protagonismo de Rusia y Turquía marca un cambio de paradigma. No se puede aceptar”, dijo Renzi a El País, subrayando que el repliegue europeo generó este desastre. Los beneficios para ambas capitales son importantes.

Aparte de los hidrocarburos, Libia ofrece a Moscú terreno para bases en el área mediterránea de la OTAN. Con las que ya tiene en Siria, altera la dinámica geopolítica del Mediterráneo oriental. Su presencia allí forzaría a Europa a negociar con el Kremlin el flujo de refugiados hacia el norte, lo que da a Rusia una ventaja para reclamar contra las sanciones que le impuso Bruselas.

De paso, la presencia rusa tranquiliza a Egipto, Emiratos y Arabia Saudita, que temen que los Hermanos Musulmanes – cercanos a Turquía- alienten revueltas en sus países en una reedición de la Primavera Arabe. Ankara, en tanto, debe hallar alternativas al gas ruso e iraní.

Pero su estrategia de fondo reinstala el “giro otomanista” que inspira en distintas formas la diplomacia turca desde los ‘80 con sus afanes expansionistas. El analista turco Mehmet Kanci lo dijo con claridad en un texto para la agencia oficial Anadolu aludiendo a los roces históricos entre Italia y el Imperio Otomano: “Aprendiendo de los errores cometidos hace más de 100 años, Turquía está construyendo ahora una línea de defensa desde el Mediterráneo al Indico, y desde Libia a Somalía”.

El dato expone la urgencia existencial de Turquía para no quedar aislada en su propio suelo, como cuando enfrentó en 1911 la “invasión italiana” a Libia, ocupando un área que pretendía el legendario Ataturk. Moscú, en aquel momento, apoyó a Roma.

Detrás de esa dialéctica de cercanía y rivalidad, ahora, como hace siglos, es Europa el objetivo común que une a rusos y turcos, mientras el renovado repudio europeo a ambas capitales es siempre carne viva. Turquía ya envió soldados a Trípoli y Rusia financia a mercenarios de la otra parte. Si Turquía se consolida como defensor del gobierno de Trípoli, un acuerdo entre Moscú y Ankara será esencial para controlar el conflicto libio, perjudicando a Francia e Italia, dos potencias históricas del área.

Localización de Trípoli y de Bengazi en Libia AFP

Localización de Trípoli y de Bengazi en Libia AFP

Todo esto fue recordado en la reciente cumbre de Berlín, que abrió un espacio para concluir la guerra civil. El temor de fondo es que Libia se transforme en otra Siria. Algunos presentes evocaron las palabras de Barack Obama, cuando en abril de 2016 admitió que su peor error en la Casa Blanca fue no haber tenido un plan para el día después de la intervención de la OTAN en Libia. “Pensé que los europeos, por su cercanía, se implicarían más”, dijo a la revista The Atlantic. Su confesión, franca e inusual, explica mucho de lo que pasa.