Petróleo, el ruso Deripaska y la calamidad venezolana

Internacionales
Lectura

Roma. Enviado especial

Marcelo Cantelmi

Oleg Deripaska es un magnate ruso, de prontuario vidrioso, cuyos variados enemigos y rivales conectan con los poderes subterráneos de la mafia de ese

país. Deripaska ha sido el zar del aluminio ruso con el control del paquete mayoritario de United Co. Rusal, que es el segundo productor mundial del metal.

Hace un par de años, cuando Donald Trump centraba su karma proteccionista sobre el acero y el aluminio, su jefe de la cartera de Economía, Steven Mnuchin, amenazó con sancionar a Oleg Deripaska y, en los términos de culebrón que gustan al líder de la Casa Blanca, lo acusó de un “comportamiento maligno” desde Rusia a todo el mundo.

Nunca esas penalidades fueron aplicadas, tampoco inmediatamente excluidas. Fueron postergadas una y otra vez porque tan solo la amenaza de imponerlas produjo un salto del súbito valor del aluminio de 20% en los mercados globales. La vacilación de Washington le agregó más incertidumbre a esos precios que siguieron subiendo. EE.UU. no cuenta con una producción propia de acero o aluminio para cubrir sus necesidades e importa esos insumos de un centenar de países. La escalada de la cotización iba directo a los precios de consumo desde gaseosas a electrodomésticos y automóviles de ahí el titubeo de la Casa Blanca que llevó a abortar el disciplinamiento.

Edificio de la sede principal de Petróleos de Venezuela (PDVSA), en Caracas. (EFE)

Edificio de la sede principal de Petróleos de Venezuela (PDVSA), en Caracas. (EFE)

La anécdota la recuerdan aquí diplomáticos europeos como un ejemplo del límite de los márgenes de maniobra que rigen incluso para las grandes potencias. Pero quienes más valoran hoy aquel antecedente son los medios y analistas en el mercado petrolero por una extraordinaria luz roja que ha encendido la actual riña entre rusos y norteamericanos sobre Venezuela y el destino de sus inmensas reservas de crudo.

Esta columna ha anticipado que el autócrata venezolano Nicolás Maduro opera para reprivatizar el negocio petróleo, un paso que se acordó en la visita que el líder bolivariano hizo al Kremlin en setiembre pasado. Hay un puñado de empresas multinacionales de Europa, Asia y Estados Unidos rondando ese negocio. Entre ellas con enormes beneficios agregados por los vínculos entre los gobiernos, la estatal rusa Rosneft.

Esta novedad encierra un dilema para EE.UU. Si bien halcones como el “enviado” de Washington “para la democracia” en Venezuela, Elliott Abrams, celebran como cosecha propia el giro privatista del chavismo que atribuyen a la lluvia de sanciones lanzadas sobre el país, lo cierto es que el juego entre Moscú y Caracas debilita y hasta esfuma el efecto de esas penalidades. A Trump le urge derrotar a la nomenclatura chavista por la cercanía de las elecciones de noviembre. Una victoria sobre Caracas tendría un efecto inmediato en la diáspora venezolana de Florida y en la tradicional anticastrista de ese Estado. Florida es crucial en la constitución del Colegio Electoral que en EE.UU., donde las elecciones son indirectas, define al presidente.

El dilema no es sencillo de resolver. Para lograrlo EE.UU. debería estrangular la alianza rusa con Venezuela castigando a Rosneft al punto de obligarla a retroceder. Esa posibilidad la han corporizado el propio Mnuchin y la semana pasada el nuevo asesor de Seguridad Nacional norteamericano, Robert O’Brien. Pero para los mercados una acción de ese tipo reproduciría el síndrome Deripaska esta vez disparando el precio del crudo. No es algo sencillo. El gigante Rosneft no es solo la mayor empresa de energía de Rusia y de las más grandes del mundo, sino que se ha constituido en el segundo proveedor global de EE.UU. de crudo y derivados.

Fuentes oficiales norteamericanas, citadas por Bloomberg, señalaron que las exportaciones de estos commodities a EE.UU. crecieron a 20,9 millones de barriles/d en octubre pasado, la cifra más alta desde noviembre de 2011.

El carácter geopolítico de la batalla bien capitalista que se libra sobre Venezuela por un lado, y las urgencias norteamericanas por el otro, explican que el tema haya regresado repotenciado a la agenda de prioridades de Washington. Trump recientemente elogió al líder opositor Juan Guaidó en su discurso del Estado de la Unión, el más importante del año, prometiendo que “la tiranía de Maduro será aplastada”. Luego lo recibió en la Casa Blanca en una entrevista que se extendió durante tres cuartos de hora, un lapso atípico en este tipo de reuniones.

El capítulo siguiente será el refuerzo de las sanciones contra el régimen chavista cuya magnitud creciente, James Story, el jefe de la Unidad de Asuntos Venezolanos de la embajada norteamericana en Bogotá, comparó en un foro en Miami del Consejo de las Américas, con las actualmente impuestas a Irán. Esa ofensiva repercutirá en toda la región. El significativo valor que Venezuela ha alcanzado en este ajedrez presionará en el diseño de la política exterior sudamericana en un año central para la Casa Blanca cuya mano sobrevuela de modo determinante negociaciones críticas ligadas al manejo de las deudas domésticas de muchas de estas naciones. No hace falta adivinar para detectar cuál será ese curso.

Guaidó forma parte inevitable del tironeo con el Kremlin en este arenero. Acaba de regresar de una gira internacional en la cual logró reafirmar su condición de líder opositor y presidente interino, un poder más que simbólico que había comenzado a diluirse los últimos meses debido a errores propios y a la fortaleza que aún mantiene el régimen.

Si la política se mide también por gestos, la visita reciente a Caracas del veterano y astuto canciller ruso Sergéi Lavrov, buscó equilibrar el amparo que el liderazgo mundial brindó a Guaidó y reafirmar la profundidad de la alianza de Venezuela con Moscú. Ese vínculo tiene aspectos productivos para ambas partes que no son muy conocidos. El régimen de Maduro no puede comerciar o transportar su petróleo debido al sitio económico que le impuso EE.UU. Pero según medios como The Washington Post, los rusos alquilan buques de terceros y ocultan el origen del crudo a medida que lo transan en todo el mundo lo que le reporta millonarias ganancias a Caracas.

China, por ejemplo, se retiró del mercado venezolano por las sanciones norteamericanas, pero recibe el petróleo del régimen chavista por las vías alternativas creadas por Moscú. También la India. Un dato concluyente alcanza para comprender las alturas de este vínculo: Rosneft maneja de 70 a 80% de las exportaciones totales de petróleo de Venezuela. Solo vale imaginar el sentido de estos números si recompone esa industria.

Guaidó regresó esta semana a Caracas y el régimen lo acosó en el aeropuerto pero no se atrevió a arrestarlo como había prometido. El líder opositor deberá ahora transformar la energía que logró con su gira en un acción concreta como aconsejan con criterio analistas venezolanos como Luis Vicente León. Pero le espera una colina empinada, precisamente por el trasfondo de estos negocios que cruzan la realidad venezolana.

El Grupo Internacional de Contacto para Venezuela que encabeza la Unión Europea, de la que forma parte España, reconoce a Guaidó como mandatario interino. Sin embargo en una exposición ante el Parlamento esta semana, el presidente español Pedro Sánchez, quien prefirió no recibir al político venezolano durante aquella gira, lo redujo a “líder de la oposición”.

Fue el prestigioso periodista venezolano Miguel Enrique Otero quien tradujo esos comportamientos lejos de las previsibles internas del mandatario español por su sociedad con el populista Podemos. Los vinculó, más bien, con los intereses petroleros españoles y también con la reciente tumultuosa visita a Madrid, en una escala innecesaria de un viaje a Estambul, de la vicepresidente venezolana Delcy Rodríguez.

En una declaración a la web Vozpópuli, el editor del diario El Nacional razonó que esa visita fue “un asunto de política exterior española. Sánchez no recibió a Guaidó independientemente de que lo haya reconocido –sostuvo y agregó- Venezuela está en dos vías con España: la reactivación del Grupo de Contacto para resolver un diálogo que ha fracasado ya cuatro veces, y que solo beneficia al régimen, y la privatización de PDVSA. En ese proceso la petrolera Repsol es un actor fundamental”.