El Tedeum, el escenario para marcar la cancha

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Era previsible. A pocos días de que el proyecto para despenalizar el aborto se vote en una sesión especial de la Cámara de Diputados el 13 de junio, la Iglesia no

dejó pasar el escenario privilegiado del Tedeum para volver a marcar su oposición, aunque -como lo viene haciendo desde que el Gobierno habilitó el debate parlamentario- sin frases incendiarias, que terminan siendo contraproducentes a sus objetivos, como se verificó en el debate del divorcio y el matrimonio igualitario.

En línea con la consigna que asumió la Iglesia, “Vale Toda Vida”, Poli reiteró que no es la vida de la madre y del ser en gestación, sino ambas. Pero también, como señala el Papa Francisco, esa “defensa de la vida” debe ser en todo momento, desde la concepción hasta la muerte natural. Un tiro por elevación a aquellos que sólo ponen el acento en la oposición al aborto y ponen menos énfasis en los chicos pobres o los ancianos con grandes carencias.

Aunque el jefe de Gabinete, Marcos Peña, buscó quitarle dramatismo al planteo de Poli -”es un debate sobre un tema sensible que se está dando hasta ahora con respecto”, dijo-, es evidente que constituye un frente no menor para la Casa Rosada. La eventual aprobación de la ley complicará aún más la relación del Gobierno con el Papa, que empezó fría y que había empezado a mostrar síntomas de mejoría con renovados lazos que fue tejiendo el macrismo.

El Episcopado, en rigor, avanza en dos frentes ante el debate en el Congreso. Por un lado, realiza una discreta ofensiva entre los legisladores para persuadirlos de que voten en contra, ofensiva encabezada por el obispo auxiliar de La Plata, Alberto Bochatey. Pero también sobre el propio Gobierno para asegurarse que será prescindente, como dice, y que incluso alentará a legisladores del oficialismo que dudan a que, finalmente, voten en contra.

Algo parece estar claro por estas horas: la creencia de la Iglesia -y del propio Gobierno- de que la ley no sería aprobada, sobre todo en el senado, comenzó a mudar en, al menos, una gran incertidumbre ante la impresión de que muchos que no tenían claro cómo iban a votar empezaron a inclinarse por la aprobación del proyecto. “No podemos bajar los brazos”, clamó hace poco monseñor Bochatey ante otros obispos.

Por eso, la Iglesia piso el acelerador y las definiciones de Poli son un síntoma. Pero los obispos también son conscientes de el delicado momento económico y social que atraviesa el país y por eso el cardenal ayer llamó a “vencer las barreras de la desconfienza” entre los argentinos y a “perseverar unidos” en pos del bien común, sabiendo que los cambios en serio llevan tiempo.

“Los cambios sociales y culturales se dan en procesos que demandan tiempo que nos tracienden; se extienden más allá de los períodos de un gobierno y hasta superan a generaciones”, afirmó Poli. Y completó. Debemos desconfiar de los logros instantáneos y recetas prometeicas; si algo hemos aprendido de nuestro derrotero, debemos acostumbrarnos a decir: si comenzaos hoy dentro de 10, 15 o 20 años se verán los frutos”.

Esta última parte debe haber sonado como música para los oídos del Gobierno que, precisamente, necesita comprar tiempo, no sólo entre los agentes económicos de dentro y fuera del país, sino también entre los argentinos de a pie que empiezan a mostrar signos de preocupación ante un futuro mejor que no les resulta claro hoy por hoy.

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