Cómo el Partido Republicano perdió su camino

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Cuando el escándalo Watergate proliferó en 1974, los conmocionados republicanos habían pasado sus vidas
políticas viendo al Partido Demócrata como corrupto, y dominado por las máquinas de las grandes ciudades y los sureños que intercambiaban favores. Esta caracterización, aunque exagerada, contenía un elemento de verdad.

Hoy, son los republicanos liderados por el presidente Donald Trump quienes son el partido de la corrupción, sin exageración. La podredumbre está en el Congreso, donde un importante legislador fue acusado la semana pasada; en las sedes de los gobiernos estatales, donde el gobernador de Missouri tuvo que renunciar; y, sobre todo, en la administración nacional. Trump, quien prometió limpiar la podredumbre, en su lugar ha encabezado un sumidero de escándalos que no se veían desde los días del escándalo “Teapot Dome” de principios de la década de 1920.

El otro partido no está exento de reproche. El principal demócrata del importante Comité de Relaciones Exteriores del Senado es Robert Menéndez, de Nueva Jersey, quien fue acusado de soborno y fraude en 2015, aunque el juicio terminó en 2017 con un jurado que no llegó a un acuerdo en cuanto al veredicto y la fiscalía decidió desestimar el caso. Este año, el bipartidista Comité de Ética del Senado "lo amonestó severamente" por transacciones sospechosas. Hay funcionarios estatales, en lugares como Nueva York, que pronto usarán traje a rayas.

Sin duda, había problemas sistémicos mucho antes de que Trump asumiera el cargo. Las decisiones de la Corte Suprema y la negativa de los líderes republicanos del Congreso como Mitch McConnell de exigir transparencia a menudo han hecho que el financiamiento de campaña sea equivalente a un soborno legal secreto.

La semana pasada, el representante de Nueva York Chris Collins fue acusado formalmente de fraude de valores, por abuso información privilegiada en la negociación de acciones de una empresa australiana de servicios de salud, donde se desempeña como director. Cuatro de sus colegas republicanos, aunque no fueron acusados, también transaron acciones de la compañía. Uno de ellos, John Culberson, de Texas, explicó que la oscura compañía tenía un tratamiento prometedor para la esclerosis múltiple, enfermedad que afectaba a amigos de la familia. Hay una serie de otros miembros que enfrentan posibles problemas legales.

Los republicanos han controlado la Cámara durante ocho años y no han hecho nada para prohibir que sus miembros formen parte de directorios corporativos o negocien acciones que pudieran verse afectadas por las legislaciones; y ninguna otra administración se ha visto tan afectada por escándalos en sus primeros 18 meses de gobierno. Dos miembros del gabinete, Tom Price, secretario de Salud y Servicios Humanos, y Scott Pruitt, titular de la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), se vieron obligados a renunciar debido a irregularidades. Dos funcionarios actuales, el secretario del Interior, Ryan Zinke, y el secretario de Comercio, Wilbur Ross, podrían enfrentar serias investigaciones por conflictos de interés.

En la Casa Blanca, Mike Flynn, asesor de Seguridad Nacional, fue acusado de mentir sobre acuerdos ilícitos con los rusos, y el secretario de Estado, Rob Porter, fue obligado a retirarse tras múltiples acusaciones de agresión.

Por sobre todo esto están las dudas sobre si Trump y sus colaboradores estuvieron involucrados en actividades ilegales que impliquen a Rusia. El presidente y sus defensores dicen que las insinuaciones de comportamiento inapropiado son noticias falsas y equivalen a una cacería de brujas política. Otros republicanos en problemas se defienden con el mismo patrón: Jim Jordan, un congresista republicano de derecha de Ohio, dice que las acusaciones de que encubrió el abuso sexual de deportistas cuando era asistente de entrenador de lucha libre en Ohio son noticias falsas o de inspiración política.

No está claro si esto importará desde el punto de vista político; sin duda no lo hará entre los verdaderos seguidores de Trump. Es posible que otros se vean afectados por todos los escándalos falsos –Bengasi, el Servicio de Impuestos Internos o las acusaciones contra el fiscal general adjunto Rod Rosenstein– protagonizados por republicanos de la Cámara de Representantes.

La carga partidista es absurda. Considere lo que sucedería si los republicanos como el exgobernador de Florida Jeb Bush o el gobernador de Ohio, John Kasich, estuvieran en la Casa Blanca. No hay posibilidad de que personas como Pruitt, Flynn o Ross sean altos funcionarios o incluso parásitos como Corey Lewandowski, Anthony Scaramucci u Omaraosa Manigault-Newman.

Desde los días de Watergate en la década de 1970 hasta los últimos años, ningún partido podía pretender ser éticamente superior. La gran mayoría de los políticos fueron honestos, pero hubo algunas manzanas podridas en ambos lados.

Pero como dice Norm Eisen, el zar de la ética en la Casa Blanca de Obama que ahora encabeza Ciudadanos por la Responsabilidad y la Ética en Washington: "El estilo de la dirección define las pautas de todo". Trump se negó a publicar sus declaraciones de impuestos, algo que todos los presidentes desde Gerald Ford han hecho. Tampoco ha puesto sus activos financieros en un fideicomiso ciego y su hotel en Washington es un lugar para que gobiernos extranjeros e intereses especiales nacionales intenten congraciarse.

En esta administración, la transparencia es una mala palabra y la mentira es una forma de vida.

La hija del presidente, Ivanka, y su esposo Jared Kushner, ambos asesores de la Casa Blanca, también se han negado a deshacerse de sus propiedades y tienen innumerables conflictos. "En primer lugar, Ivanka y Jared nunca deberían haber estado en la Casa Blanca", dijo Eisen.

El Partido Republicano dominado por Trump, a veces injustamente, se identifica con el hostigamiento racial, el desprecio frecuente por el estado de derecho y la corrupción. La corrosión es un recordatorio del viejo proverbio: "Un pez se pudre de la cabeza hacia abajo".

Esta columna no necesariamente refleja la opinión de la junta editorial o de Bloomberg LP y sus dueños.

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