Ser y parecer: verdades y mentiras del telenovelón político brasileño

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El escenario preelectoral de Brasil es un amasijo de perturbaciones, informes contradictorios, suposiciones y prejuicios que complican la mirada. Pero alcanzan algunos datos para intentar cierta orientación. La ausencia del encarcelado

Lula da Silva en la carrera, dio paso a la instauración de la candidatura de Fernando Haddad, un doctor en filosofía, abogado y con un master en economía. ¿Es un hombre de izquierda? ¿Lo era Lula?

Dentro de las características movimientístas del PT, este político que fue un destacado ministro de Educación en los tres gobiernos y yapa de ese partido, sería parte del centro político, discrepante de los sectores radicales internos o sus enemigos externos que suelen coincidir en pintar al ex mandatario en un fantasioso sitial al lado de Fidel. Haddad, además, es el postulante presidencial de un partido derruido, tan lejano de sus épocas de auge que careció de la capacidad para movilizarse de modo significativo cuando su principal líder fue llevado a prisión.

El candidato del PT. AFP

El candidato del PT. AFP

Ese proceso de dilución y achatamiento es la abultada factura que paga esa fuerza por su parte significativa en los escándalos de corrupción originados en el Lava Jato. Pero, también, por el derrumbe de la economía y la frustración social consecuente que se inició en el fallido gobierno de Dilma Rousseff, otro delfín de Lula, y cuyo derribo por el Parlamento no resolvió la crisis. Más bien la agravó en manos de Michel Temer, el vicepresidente que la relevó.

El novel candidato experimentó de modo directo esos sinsabores. Como alcalde de San Pablo logró reducir las muertes por el tráfico y construyó kilómetros de ciclovías pero perdió de modo abrumador frente a un desconocido, el empresario Joao Doria que se presentó como anti Lula y lo barrió nada menos por 53% contra 16%.

Luiz Inácio Lula da Silva antes de ser detenido. EFE

Luiz Inácio Lula da Silva antes de ser detenido. EFE

Hay una cuestión más central con Haddad que es la que debería atenderse ante la posibilidad de que llegue efectivamente al Planalto. Refiere a si este dirigente sin carisma y gesto tímido tendrá la capacidad política y el liderazgo para pilotear una economía gigantesca trabada en una de sus peores pesadillas. Un escenario tormentoso que el año que viene, cuando en enero asuma el nuevo gobierno, se complicará aún más debido a una situación internacional que ha convertido al mundo emergente en el daño colateral de su propia reestructuración. Si ese perfil del candidato no da con la circunstancia que lo determina, como diría Ortega, el destino de Haddad puede acabar siendo el mismo que recorrió Dilma Rousseff. Recordemos que el respaldo inicial de la ex presidente se disolvió hasta casi extinguirse con el resultado conocido del impeachment de 2016 en versión brasileña.

En esta línea, la elección del candidato del PT es una interesante incógnita. Su desafío más ambicioso sería sintetizar las aspiraciones de la centroderecha que postula al ex gobernador Geraldo Alckmin del partido de Fernando Henrique Cardoso, pero con un mensaje capaz de ser escuchado por las grandes masas que serán las que sufrirán el costo mayor de cualquier plan de ajuste. También, no hay discusión, el que deberá aplicar este PT enjuagado y sin el poder de convencimiento del pasado.

Fernando Henrique Cardoso, el ex presidente y figura del PSDB que postula a Geraldo Alckmin.

Fernando Henrique Cardoso, el ex presidente y figura del PSDB que postula a Geraldo Alckmin.

Brasil es la mayor economía de las Américas después de EE.UU., pero ha sufrido una contracción brutal entre 2015 y 2016 (-3,8% y -3,6%, en ese orden) y un crecimiento raquítico en 2017. Desde 2014, el último año del primer mandato de Rousseff, el ingreso per capita se derrumbó 9,1%, con un efecto concreto en el consumo familiar que ya registraba en 2016 una caída de 4,3%. Brasil creció a un promedio anual de 0,9% en los primeros cinco años de gobierno de Dilma, lo que ubicó a su gestión como la tercera con peor desempeño desde la instauración de la República en 1889. Solo Fernando Collor de Mello a comienzos de los ‘90 y el lejano Floriano Peixoto, un siglo antes, anotan resultados peores. Lula le había dejado a Dilma una economía que crecía al asombroso nivel de 7,6%, por el viento de cola, es cierto, pero también, lejos de las bravatas de tribuna, por preservar sus alianzas con la banca, el campo y los sectores exportadores.

Aquellos números del desbarranco liquidaron las expectativas de las clases medias. La frustración de esas capas sociales explica el crecimiento del diputado ultraderechista Jair Messias Bolsonaro, que milita su campaña presidencial en los mismos tonos xenófobos, ultraconservadores y aislacionistas del italiano Matteo Salvini, el premier húngaro Victor Orbán o su admirado Donald Trump.

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Señalemos que hay una confusión sobre Brasil en este tema: en realidad no existe un duelo de extremos en el país, sino un solo extremo en la disputa. Es el perfil ultra de Bolsonaro el que amontona a todo el abanico político en un centro homogéneo. Es por eso que si el ballotage del 28 de octubre encuentra a estos dos postulantes, es probable que Haddad absorba el voto de sus contrincantes, entre ellos el desarrollista Ciro Gomes, la centrista Marina Silva y el propio Alckmin. El duelo así estaría resuelto. Claro que en la inestable realidad política brasileña es imposible creer en un único pronóstico.

Las encuestas señalan que el diferencial de Haddad sobre Gomes se ha reducido. El crecimiento de este ex gobernador de Ceará en el nordeste pobre del país y con mucha menos flexibilidad que Haddad, es otra de las consecuencias del desconsuelo de las mayorías nacionales. Los que no ven la tabla de salvación en el nacionalismo militarista de Bolsonaro, se aferran a salidas también populistas pero dentro del más tradicional y tranquilizador relatorio libertario latinoamericano. La fuerza política de Gomes, el Partido Democrático Trabalhista, fue uno de las organizaciones que polarizaron la oposición a los dos gobiernos de Cardoso hasta que su influencia en las bases fue relevada por el PT.

Aclaremos, se trata en casi todos los casos, excepción hecha de Bolsonaro, de dirigentes y organizaciones socialdemócratas. Lo es también de esa identidad Haddad cuando plantea que si llega al poder derogará la legislación de 2017 de Temer que congeló por 20 años el gasto público. Con el trasfondo de la crisis, esa herramienta es una bomba de relojería que bloquea amortiguar los costos que aun se desparramarán sobre la población. No son sólo sus partidarios quienes observan en totalidad esa realidad. Economistas puros del mercado como el ex Citibank y ex HSBC Luis Eduardo Assis, rescatan al delfín de Lula de ese pelotón precisamente por lo que sugeriría su cintura. “Haddad tiene más condiciones de conquistar al mercado que Ciro, que demostró que no le interesa ganarse esa confianza”, le comentó al diario Valor Económico.

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Para esos sectores se trata de consuelos frente a una realidad que no puede revertirse. Bolsonaro, que había encendido luces verdes en ese amplio espacio del poder económico, tiene un lastre grave por sus alianzas con nacionalistas esquemáticos que ponen fuertemente en duda sus planteos liberales ortodoxos. De ahí que toman cuerpo las versiones sobre negociaciones soterradas entre la fuerza de Cardoso y el delfín de Lula para garantizar su eventual gobernabilidad, incluso con la posibilidad de compartir el esfuerzo. Sería una maniobra que impediría el armado del PT desde la oposición obligandolo a un tremendo realismo pero también una señal consistente hacia los mercados. Como consignó la corresponsal de Clarín en San Pablo, Eleonora Gosman, Cardoso ya había anticipado ese gesto al sostener que “entre Bolsonaro y Haddad, el PSDB deberá votar a este último”.

Brasil, es cierto, no escapa a la antigua regla de que no todo lo que se ve es lo que parece. Pero es un defecto complicado cuando intersecta la política. Allí y en todas partes.

Copyright Clarín, 2018.

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