Viaje a la última frontera de la guerra fría

Internacionales
Lectura

En el Observatorio Dora, en plena Zona Desmilitarizada entre las dos Coreas, todo parece silencioso, prolijo, vacío, pero se fácil suponer que a pocos metros comienzan las minas antipersonal. En esta

franja conocida como DMZ, de 4 km de ancho por 250 km de largo en el paralelo 38, el panorama ofrece una pulcra ruta sin vehículos, un puente sin retorno y el río que se adentra en una incógnitca Corea del Norte. Por estas semanas los dos países avanzan en la retórica amistosa que ha pautado todo este año –con fechas y objetivos que ponen la agenda política en un futuro potencial y no exento de contramarchas en el desarme.

En abril pasado la DMZ estuvo entre los sitios más televisados del globo, cuando el presidente Moon Jae-in estrechó la mano de su par norcoreano, Kim Jong-un, en el mojón histórico de Panmunjeom. Ese saludo amistoso, el primero entre dignatarios coreanos desde 1953, final de la guerra, siguió al gesto sorpresivo del presidente Donald Trump al acercarse a Kim para marcar así un giro a la política de hostilidades entre Seúl y Pyongyang. Desde abril las dos Coreas vienen alternando su propia guerra de frío y aire cálido. El último escarceo ha sido el anuncio, la semana pasada, de que las dos naciones participarán con un único equipo en los Juegos Olímpicos de Japón, en 2020, y que se postularán como doble sede para más adelante: esto deposita la hermandad en un futuro cercano pero no inmediato, y les da a ambos países todo el margen de maniobra para graduar el intercambio.

Desde este Observatorio de Dora, en días de buena visibilidad, los potentes binoculares permiten ver Corea del Norte y las torres del Complejo Industrial Gaesong, la única iniciativa comercial que las dos Coreas compartieron, entre 2004 y 2016. Es la joint venture que el gobierno de Moon Jae-in, ya con un año y medio en el gobierno, tienen interés en reflotar y expandir en esta región. El 14 de septiembre una comitiva de empresas surcoreanas regresaron de visita a Gaesong, por primera vez en los últimos dos años. Se trata de relanzar el emprendimiento, a mitad de camino entre el negocio y el experimento piloto.

Junio en la bella Seúl. Temporada de monzón y lluvia incesante. Se vuelve a hablar con insistencia de Gaseong (o Kaesong, según su transcripción fonética). En 2016, después de que el régimen de Pyongyang reinició una provocadora prueba nuclear, el parque industrial conjunto fue suspendido, en una medida de castigo tomada por la ex presidenta surcoreana, la autocrática Park Geun-hye, destituida y hoy condenada por corrupción. En mayo último las corporaciones de Corea del Sur que participaron del joint venture original anunciaron al unísono que apoyaban la reactivación del parque industrial. Así lo cuenta Jinhyang Kim, autor de un estudio sobre el complejo y director de la Fundación para el Apoyo de Gaesong, considerado el único académico que siguió desde adentro las evoluciones del emprendimiento conjunto.

Ubicado a apenas 10 km de esta frontera, a más de 200 km de la capital norcoreana y a una hora de Seúl, Gaesong alojaba 123 empresas de Corea del Sur y empleaba a unos 50 mil obreros norcoreanos, que este autor describe como sumamente calificados, con una alta productividad y sueldos de 150 U$ mensuales. “Trabajaban allí unos 60 mil empleados en total; apenas 800 eran surcoreanos y la producción estaba dedicada en un 60 por ciento al área textil.” En su momento hubo denuncias por las condiciones esclavas de trabajo. Kim admite que para Corea del Sur era un gran negocio: “En Gaesong las materias primas eran provistas desde el sur y nos entusiasmaba mucho que todo lo producido llevara la etiqueta Made in Korea”. Los obreros surcoreanos cobran 55 veces más que sus pares; cuenta que por cada dólar invertido se ganaban 30.

La idea de Seúl fue comenzar allí una transición cultural colaborativa, sostiene el autor, bajo los lemas: paz, economía y seguridad, con vistas a la reunificación. Pero “la gran cuestión era cómo construir la confianza, cuenta. La selección de obreros de Corea del Norte era crucial; se eligió a los vecinos más cercanos, para minimizar las tensiones”.

Admite que Corea del sur tenía lecciones que aprender de su gemela del norte, por ejemplo, que “la economía socialista deposita en el gobierno la obligación de crear trabajo”. Unos 55 mil obreros norcoreanos quedaron desempleados cuando Seúl decidió suspender la fábrica para sancionar a Pyongyang. El gobierno recibió innumerables críticas.

De acuerdo con el académico, el presidente surcoreano cree hoy que la decisión de cerrar el complejo fue beligerante y costosa en términos políticos: Gaesong sigue siendo un símbolo de las aspiraciones de unidad. Pero también asume que aún en su mejor momento, había presiones externas para que ese laboratorio social fracasara, mientras que las empresas surcoreanas seguían insistiendo en separar economía y política.

“En Corea del Sur - cuenta- llevamos 29 años de estrategias para la reunificación (existe un Ministerio que lleva ese nombre). Gaesong podía acelerar el proceso. Esto es una verdad incómoda pero no todo está en manos de las dos Coreas; hay intereses en que la tensión siga ganándole a la paz. Pero estoy convencido de que el parque industrial fue pionero del proceso pacificador”.

Lejos de las brigadas perdidas … Las dos naciones fueron rehenes de la guerra fría y hoy tratan de escapar al antagonismo y la nueva beligerancia proxy –las guerras por delegación de las superpotencias-, en la actual polarización llamada guerra comercial, con China como villano de Occidente.

Maniquíes de soldados surcoreanos ante un retén de la frontera, en la isla Ganghwa. Foto

Maniquíes de soldados surcoreanos ante un retén de la frontera, en la isla Ganghwa. Foto

A Corea del Sur el pasado no le impide proyectar un porvenir de desarrollo acelerado y un liberalismo audaz, cuyo avance no repara en las bajas. Al calor de su crecimiento económico, este país sin recursos naturales, cuya riqueza quedó en el norte, se especializó en rubros precisos: la tecnología digital, el sector automotor y, en la última década, los acompañó con las industrias creativas. En otras palabras, se concentró en desarrollar contenidos de entretenimiento para llenar todas sus pantallas de cristal líquido, una vez que estas coparon el mundo. Las empresas creativas, por ejemplo, incluso las más pequeñas, como Animal, una usina de animación y contenido audiovisual, trabajan en el futuro antes de que este se materialice. Ellos cuentan que proyectaron el primer videojuego para móviles en 2003, mucho antes de que Samsung presentara su primer smartphone... Una Pucca neoliberal, capitalismo Pretty Kittie, habitantes coreanos que conquistaron la infancia global con sus franquicias.

Seúl, una Miami de Asia. ¿Qué formato tendrá la reunificación de las dos Coreas? Si es que esta se produce... Quizá los ejemplos de Alemania y Vietnam le permitieron a Seúl convertir su frontera en un parque temático de la separación, visitado por el turismo regional. En cualquier caso lo completaron con el festival de cine DMZ, en el que se proyectan documentales del mundo entero y que este año abre con un homenaje a Pino Solanas, por La hora de los hornos. Mediante un concurso pueden producir 20 documentales por año.

Los paseos al DMZ incluyen el pueblito de Puja, donde residen quienes abastecen el Observatorio y la estación ferroviaria de Dorasan, una materialización singular de la guerra fría que puede pensarse como producto de esas industrias creativas que poblaron los festivales con filmes coreanos de culto. Dorasan es el triunfo de la fantasía, el poder de la dimensión escenográfica...

Equipada en cada detalle como si estuviera operativa, es la estación de los trenes que unirían las dos capitales, a través de la frontera. Pero es una parada en un Truman show, un decorado de cine para la gran película de la reunificación, en latencia para el momento en que ocurra. La caída del muro de Berlín en una noche ofrece un guión inmediato que no necesariamente esa transformación será su modelo.

La estación de Dorasan puede ser tomada como un irónico monumento a la melancolía: el tablero luminoso anuncia la partida de trenes hacia Pyongyang, con su andén y su horario, el mostrador del correo tiene su propio sello de goma para estampar postales –palomas sobre un tendido férreo que serpentea a la manera de la muralla china-. Pero no existen ni el tren ni las vías: lo único real es el gift shop donde los turistas compran joggings de camouflage y buzos con leyendas de combate.

Con su culto a la memoria y su declarado anhelo de pasado, el dispositivo fronterizo de la DMZ también se integra a la política de soft-power –el concepto introducido por Joseph Nye en los años 90–, desplegada por Corea del Sur desde hace quince años.

Ese despliegue de acciones y perfiles deliberados tiene un doble destino: primero, el de nutrir la propaganda de una diplomacia pública, que ha hecho multiplicar 31 centros culturales en todo el mundo, empezando por el porteño, el primero en América latina. Pero también el de una pedagogía doméstica de logros y éxito que reemplazó el culto a la pérdida histórica – común a todos los países divididos– por una utopía de nueva identidad, basada en un capitalismo hiperconcentrado y la innovación.

La vasta usina coreana de contenidos de entretenimiento, originalmente destinados al mercado asiático, se derramó en Occidente hasta imponer sus propios géneros, y también líneas de productos que hoy dominan la cotidianidad del globo. En otras palabras, ese soft power no partió de una estrategia ex nihilo sino que surgió del aprovechamiento oportuno y la combinación de los aciertos de una cinematografía de festivales –selecta y cool– y de la masividad conquistada por sus telenovelas. A eso se agregaron algunas exitosas animaciones infantiles, con su merchandising, y la arrolladora industria del K-pop juvenil.

En 2012 Gangnam style, del cantante Psy, se convirtió en el videoclip más visto de la historia, con dos millones de clicks. Pero este año la banda BTS tuvo un inédito primer puesto en el ránking estadounidense.

En verdad, en esta tierra de nadie lo que Seúl sembró no fueron explosivos sino altoparlantes, las baterías de altavoces que, desde 2015 y hasta el 24 de abril, difundían propaganda política clásica y música. El K-pop ha sido el principal producto de penetración cultural, lanzado también en pendrives mediante drones.

En el festival DMZ se cuenta que llegó a haber un mercado negro de pendrives y DVDs con las telenovelas, de ahí el furor norcoreano por los televisores chinos. Corea del Norte solo cuenta con Intranet; los USBs resultaron clave para difundir la fascinación de esa audiencia “carenciada” de actualidad musical.

Al mismo tiempo, la producción creativa y su acogida en el resto del mundo han dado a Corea del Sur no solo el pulso de la vida contemporánea, sino una dimensión novedosa de sus derechos civiles. A la manera occidental, el ocio también diferencia al esclavo del ciudadano pleno.

BLOG COMMENTS POWERED BY DISQUS