A 40 años de la masacre, Guyana en primera persona: lo imborrable es el olor de la muerte

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Lo imborrable es el olor de la muerte. Intenso, pegajoso, dulzón. Poderoso como el tentáculo de un monstruo desconocido. Eso reinaba en las afueras del aeropuerto de Guyana el 22 de

noviembre de 1978. Cuatro días antes, a unos 240 kilómetros de la capital, Georgetown, en un asentamiento llamado Jonestown, 909 personas, en su mayoría estadounidenses, habían muerto por propia decisión o habían sido asesinadas como parte de un ritual último que prometía la vida eterna. Otras cuatro personas, una mujer y sus tres pequeños hijos, habían muerto en la casa que la secta tenía en Georgetown. Y otras cinco personas, un legislador por California del partido demócrata, tres periodistas y un desertor de la secta, también habían sido asesinados en el aeropuerto de Port Kaituma, vecino a Jonestown. En total, 918 muertos en un país al que el horror puso en el mapa y que no ha podido despegar de ese espanto en cuatro décadas.

El resto era jungla. Y cadáveres, todos embolsados en lona verde, con un largo cierre relámpago que abarcaba de los pies a la cabeza, la clásica bolsa de los ejércitos, que habían esparcido en el rincón sudeste de la principal pista de aterrizaje del aeropuerto de Georgetown como una gigantesca alfombre hecha de retazos. Algunas bolsas envueltas en nylon blanco, otras en lona negra: muchas amarilleadas por el líquido desinfectante que les echaban hombres de verde, con barbijos y guantes de cirugía.

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Cantaban. Aquellos soldados tan jóvenes cantaban, no alegres, pero cantaban. Corrían de a dos en dos, casi gráciles, hasta una bolsa, la alzaban como si pesara nada, la llevaban corriendo hasta la culata de tres camiones y la arrojaban a la caja, donde la esperaban otros dos soldados. Tres camiones, tres pelotones, un concurso a ver cuál de los tres pelotones cargaba más rápido su camión con cadáveres. Eran marines de los Estados Unidos. Habían llegado el 21 para tratar de poner orden en el caos. Eran setenta y usaban dos enormes helicópteros CH 53.

Recuerdo que al mando de todo aquel delirio había un sargento de apellido Medina, si la memoria no me traiciona, de español perfecto y un ánimo de acero que mantenía a sus muchachos a raya y apenas los dejaba parar para tomar agua. Y después a seguir el concurso y el canto. ¡Go, go, go, go…! Y allá iban sus muchachos, con la marcha del cuartel en los labios: tá-ra-ra-ra, tára-rááá. Medina me miró, sabio: ¿”Qué querés que haga? –me dijo– Si los dejo pensar se matan ellos también”.

La jarana cuartelera cesaba cuando alguno de los marines llegaba cargando en brazos una pequeña bolsa de lona. Entonces allí reinaba el silencio, tal vez se escuchara algún gemido contenido. De los 918 muertos en Guyana, más de trescientos eran chicos, muchos bebés. Aquello era el horror.

El arduo trabajo de agrupar los cuerpos de la masacre de Guyana.

El arduo trabajo de agrupar los cuerpos de la masacre de Guyana.

El olor de los cuerpos podridos, casi reclamados por la jungla vecina que emanaba un aire cálido y envilecido que apuraba la descomposición y se te pegaba a las paredes de las fosas nasales, se metía en el tramado de la ropa, se pegaba al cuerpo, al pelo, a las manos, al grabador inútil (¿qué vas a grabar? ¿El hedor?), a la lapicera, al anotador; estabas sucio, contaminado, vos también corrompido, ni la ducha del hotel te sacaba esa peste de encima. Aquel olor era líquido, te inundaba, te ahogaba.

Ese es el recuerdo que perdura, casi físico, palpable, después de cuarenta años. Llegué a Guyana, joven y decidido, sin saber qué me esperaba. Volví un poco más viejo, como enviado especial de la revista Gente para buscar explicación a lo inexplicable.

El drama había empezado el viernes 17. El drama había empezado de verdad muchos años antes, cuando Jim Jones, un tipo carismático de verbo encendido, se consideró “discípulo de Cristo” y empezó a ejercer su especial sacerdocio metodista, o pentecostal, o baptista, o cuáquero como él mismo había sido criado, en su estado natal, Indiana. Admiraba al líder comunista chino Mao Tsé Tung, que entonces se llamaba así y no Mao Zedong como ahora.

A los 25 años, Jones se proclamaba marxista-leninista y estaba afiliado al Partido Comunista de Estados Unidos. Y a quien le señalara alguna contradicción entre el sacerdocio y el comunismo, Jones le explicaba que era imposible convertir a la gente al marxismo tal como está estructurada la sociedad moderna (la de entonces, al menos); que era necesario morir y reencarnarse para ser un marxista nato.

Más de 900 personas murieron en la denominada Masacre de Guyana.

Más de 900 personas murieron en la denominada Masacre de Guyana.

Esos fueron los postulados visibles de su secta, Templo del Pueblo, fundada en los años 60 y que se instalaría luego con su líder en San Francisco. Jones proponía alejarse de la sociedad de consumo, poner distancia de un mundo que iba de cabeza a la hecatombe nuclear, reencontrarse con la naturaleza, eludir los dictados de la religión católica que cree en la vida eterna y, en cambio, vivir a pleno la vida terrenal. Una nueva sociedad, una nueva vida, un nuevo imperio con leyes propias.

Es probable que Jones tuviese ambiciones políticas. De hecho, llegó a ocupar un cargo público, no electivo, en San Francisco. Estaba decidido al menos a influir en política a través de la religión y de su secta. A juzgar por el reciente y poderosa influjo evangélico de Brasil en el voto a Jair Bolsonaro, Jones fue un adelantado. Entre sus papeles había una foto autografiada y una carta de Rosalyn Carter, la esposa del entonces presidente de Estados Unidos James Carter, otras cartas del vicepresidente Walter Mondale, de varios senadores demócratas y del alcalde de San Francisco George Moscone, protagonista de otra tragedia en esos mismos días.

En septiembre de 1977, sin embargo, una revista de California, New West, pegó un grito de alarma: acusó a Jones de torturas físicas y morales a sus seguidores, de llevar adelante orgías y de manejar “hitlerianamente” a las personas. Templo del Pueblo quedó a merced de los investigadores, Jones renunció a su cargo público, recogió sus capas, a su mujer Marceline, a sus hijos (uno natural, varios adoptados) y decidió irse con todo a Guyana. Fue un matrimonio por conveniencia. El gobierno socialista le cedió una amplia franja de territorio a orillas del navegable río Kaituma, con un aeropuerto cercano, pequeño, con pista de tierra pero operable y a menos de trescientos kilómetros de Georgetown. Era una zona en conflicto con Venezuela y Guyana temía una invasión de ese país. Para Jones, fue el escenario perfecto para su utopía religioso-leninista.

Jim Jones, el líder de la secta Templo del Pueblo.

Jim Jones, el líder de la secta Templo del Pueblo.

Lo siguió una gran cantidad de fieles que, en pocos meses, se redujo hasta poco más de mil. Allí, Jones impuso nuevas reglas en lo que sería su colonia agrícola socialista en la que cultivarían verduras y frutas y criarían gallinas y cerdos. Tres de esas reglas eran de hierro: prohibido desertar; despojarse de todos los bienes materiales y entregarlos a la secta; y la muerte por envenenamiento en cuanto el líder lo ordenara. O con Jones, o en contra de Jones. Para asegurarse fidelidad, inventó las “Noches Blancas”, una ceremonia en la que incitaba a sus seguidores a beber refresco de uva de un tonel que se suponía envenenado con cianuro. Sus seguidores bebían y descubrían, acaso felices, que había sido un juego.

Hasta Estados Unidos llegaron los ecos del disparate: Jones se apropiaba de la vida de sus seguidores, les retenía pasaportes y medicinas, amenazaba a sus familias si alguien quería desertar, controlaba los llamados telefónicos, censuraba la correspondencia, tenía un pequeño ejército armado que patrullaba el complejo de Jonestown, estimulaba la delación para evitar fugas y deserciones. Los rumores hablaban de un deterioro de su salud mental, de una adicción a las drogas y de sus constantes comparaciones con Jesucristo y con Lenín.

El congresista demócrata Leo Ryan, que tenía información de primera mano sobre la secta porque conocía a algunos de sus ex miembros, decidió investigar. Contaba con el testimonio de Deborah Layton, que había huido de Jonestown en mayo de ese año y había firmado una declaración en Estados Unidos que aseguraba que Jones mantenía a mil personas detenidas contra su voluntad en Jonestown.

Ryan pidió presupuesto y se lo dieron, sumó a un par de asesores, a tres periodistas y a un equipo de televisión y se largó sin invitación a Georgetown, adonde llegó el miércoles 15 de noviembre. El viernes 17 viajaron todos en un pequeño avión a Port Kaituma para visitar Jonestown y hablar con Jim Jones. Los recibieron con música. Y después los mataron a balazos.


La identificación de los muertos

El sargento Medina me llevó hasta los ataúdes apilados de a tres y en hileras de tres: nueve ataúdes por bloque, cada uno con un nombre y un número y una letra. Había varios bloques. Allí tenían que colocar las bolsas de los muertos identificados, que no eran muchos. Quienes eran familiares sobrevivientes de la matanza habían dicho que no eran muchos, o los que habían viajado de urgencia a Guyana y temían lo peor. Y temían con razón.

Los soldados guyanenses habían escrito el nombre y apellido de esa gente en etiquetas que habían colgado del pulgar del pie de cada cadáver. Pero el clima, la humedad, la lluvia, el calor, la selva, habían diluido en muchos casos la tinta de las etiquetas, o habían descascarado la cartulina Manila marrón clara, y había que empezar todo de nuevo. “Hicieron todo mal –dijo Medina–Ni siquiera supieron nunca cuántos muertos tenían”.

Mientras Medina daba un descanso leve a sus soldados, esos cuerpos llegaban desde Jonestown, invadida por el FBI y la CIA, en los mismos helicópteros que habían transportado a los jóvenes soldados. Los cuerpos sin identidad y sin ataúd designado estaban destinados, todos, a la base aérea de Dove, en Delaware, donde un equipo de forenses, militares y civiles, intentarían identificarlos por sus huellas dactilares o lo que quedara de ellas. Con el tiempo, el total de cadáveres no identificados fue de 409. Las autoridades americanas buscaron, sin demasiado éxito, un sitio para enterrarlos, hasta que los restos fueron aceptados por el Evergreen Cemetery de Oakland, que ofreció una tumba masiva. Allí fueron sepultados el 11 de mayo de 1979, seis meses después de la masacre. Medina me llevó a ver lo que él quería que viera: un ataúd gris perla con una leyenda: “Rev Jimmie Jones 13B”.

Soldados juntan los cuerpos de la masacre de Guyana.

Soldados juntan los cuerpos de la masacre de Guyana.


Las sospechas de Guyana, la visita del congresista y el caos total

El gobierno de Guyana sospechaba de Jim Jones y de su secta. A un año y dos meses de la alegre bienvenida, el socialismo guyanés miraba con recelo a esa gente extraña entre la que había veteranos de Vietnam y de la que, sospechaban, traficaban armas. ¿Había también entre ellos gente de la CIA? ¿Planeaba Estados Unidos meterse en Guyana a través de Jim Jones?

La visita del congresista Ryan despertó más sospechas. Y lo que sucedió luego desató el pánico. A Ryan y a su comitiva les ofrecieron al llegar un desayuno de trabajo en el que no estuvo Jones. Entrevistaron luego a varios miembros de la secta, según recordaría después Jackie Speier, una de las ayudantes de Ryan, en especial a mujeres jóvenes que dijeron ser felices en Jonestown y que todas se casarían con algún miembro de la secta. A la hora de la cena, hubo un espectáculo musical en el pabellón principal de Jonestown, casas de madera, literas marineras también de madera, techos con hojas de palma, una especie de trono reservado para Jim Jones con un letrero despintado a modo de lema de su utopía religioso socialista, que reproducía la frase del filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana : “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”.

Todo parecía marchar fantástico, hasta que uno de los periodistas que acompañaban al diputado Ryan dijo que uno de los miembros de la secta le había pasado un papel con una nota en la que pedía ayuda: sonaba desesperado. Speier recordaba haber pensado: “Dios, entonces lo que temíamos es verdad”. En media hora, más de cuarenta personas pidieron dejar la secta y volver con lo puesto a Estados Unidos. El diputado Ryan era su garantía y les prometió llevarlos: alquilaría otro avión, más grande, y a la mañana siguiente partirían.

Ataúdes agrupados antes del traslado de la masacre de Guyana, en 1978.

Ataúdes agrupados antes del traslado de la masacre de Guyana, en 1978.

A la mañana siguiente, sábado 18, Ryan enfrentó a Jones y le comunicó su decisión de irse con quien quisiera acompañarlo. “Todo estaba a punto de estallar –recordó Speier– Salimos del complejo junto a esas cuarenta personas y vi al congresista Ryan con la camisa manchada de sangre. Alguien con un cuchillo había querido cortarle el cuello.” La comitiva llegó al aeropuerto de Port Kaituma y antes de subir a los aviones, apareció un camión con algunos de los miembros de seguridad de Jones a bordo que los balearon, mientras otros disparos sonaban en el interior de uno de los aviones con desertores de la secta ya embarcados. Algunos de los disparos perforaron las ruedas del tren de aterrizaje de las naves. Pero la mayoría de los balazos fue dirigida a Ryan y a su gente. Allí murieron, además de Ryan, Don Harris y Bob Brown, periodistas de la cadena NBC; Greg Robinson, fotógrafo del “San Francisco Examiner”; y Patrick Parks, uno de los desertores. Fueron los primeros cinco muertos de Guyana.

Con los cuerpos acribillados en Port Kaituma, a Ryan lo desfiguraron a balazos. Entonces, Jones comprendió que su utopía socialista había muerto. Y ordenó el suicidio masivo de su comunidad en la tarde de ese mismo sábado 18 de noviembre.


Escenas de la muerte

Todo quedó grabado en lo que se conoce hoy como “La cinta de la muerte”, recuperada por el FBI. En ella Jones dice: “El congresista está muerto… El congresista está muerto y muchos de nuestros traidores están muertos. ¿Creen que nos van a permitir sobrevivir con esto? No hay manera. No podemos sobrevivir. No vale la pena vivir así. Acabemos con esto ya. Terminemos con esta agonía”.

El gobierno de Guyana supo de las muertes en Port Kaituma ese mismo sábado. Y mandó un batallón de soldados a cercar la zona y a averiguar qué había pasado en la idílica Jonestown. Un congresista americano muerto ponía en peligro incluso la estabilidad del gobierno guyanés. Las tropas llegaron a Port Kaituma y a Jonestown al amanecer del domingo. Entre la niebla densa y la jungla húmeda y espesa atisbaron el espanto: centenares de cuerpos esparcidos, como al azar, por el ancho complejo principal de Jonestown.

Hasta que entregaron el control de la escena al cuerpo de marines enviado por Estados Unidos, todo fue confusión. “Contaron muy por encima los cadáveres y calcularon que serían unos trescientos –me dijo Medina aquella tarde–. Una avioneta sobrevoló el campo y tomó la primera de las fotos aéreas. Sobre esa foto, el gobierno de Guyana calculó los muertos y los fijó en trescientos setenta y ocho. Pero debajo de esos muertos, había una segunda capa de cadáveres. Y debajo de esa segunda capa, había una tercera: los chicos, que fueron los primeros en morir. Tuvimos que pedir a nuestra base en Estados Unidos palas para nieve, como para poder despegar los cuerpos del piso húmedo de la selva”.

Los cuerpos apilados tras la masacre de Guyana

Los cuerpos apilados tras la masacre de Guyana

La secreta ceremonia de la muerte fue terrible, aunque aún se sabe muy poco y es mucho más lo que se intuye. Un chico no se suicida. La mayoría de los bebés fueron asesinados por sus padres. Usaron jeringas para meterles en la boca el refresco “Flavor Aid”, un polvo para diluir en agua, mezclado con cianuro, con el que se había llenado un tonel de hierro.

Sobre las mesas del complejo principal de Jonestown, cerca del trono de Jim Jones con la frase del filósofo Santayana, había decenas de frascos vacíos de cianuro. En la misma “Cinta de la Muerte” recuperada por el FBI, se escucha a Jones dar instrucciones a los jefes de familia para que maten primero a los chicos y luego a los ancianos. Sus partidarios lo escuchan atentos y luego aplauden. Muertos los chicos, muchos adultos bebieron veneno por propia voluntad. Otros fueron obligados por el pequeño ejército privado de Jones: según algunas de las autopsias, habían sido forzados e inyectados con cianuro, o muertos a balazos o apuñalados. El líder de la secta no tomó veneno. El cuerpo de Jim Jones fue hallado con un balazo en la cabeza. Nunca se dilucidó si se mató o lo asesinaron.

Cuánto hubo en Guyana de suicidio masivo y cuánto de asesinato es la pregunta que jamás fue contestada. Cuántos pensaron que se trataba de otra falsa Noche Blanca y descubrieron tarde el error, cuántos decidieron cumplir con los preceptos de la utopía de Jonestown y cuantos fueron forzados a morir, es aún un misterio. Algunos suicidas voluntarios dejaron una carta en la que justificaban su decisión. Una de esas cartas estaba firmada por Annie Moore, que idolatraba a Jones: “Su amor por los seres humanos fue insuperable y fueron muchos en los que él puso su amor y su confianza, pero lo abandonaron y le escupieron la cara”. Moore confiaba, rogaba casi, que su carta no cayera “en manos de una persona con mentalidad fascista”, y dejaba escrito su adiós: “Morimos porque ustedes jamás nos dejarían vivir en paz”.

En total sobrevivieron sólo ochenta y siete miembros de la secta. Algunos, por casualidad. Hyacinth Tharsh, una mujer afroamericana de 76 años, estaba cansada aquel sábado 18 de noviembre. Se acostó y durmió profundamente en su litera de madera. Cuando despertó, todos a su alrededor estaban muertos. Thrash vivió hasta los 93 años. Murió en 1995.

Los cuerpos de cientos de personas integrantes de la secta Templo del Pueblo. (AP)

Los cuerpos de cientos de personas integrantes de la secta Templo del Pueblo. (AP)

Otros alcanzaron a huir y se perdieron en la jungla. Fueron hallados por las tropas de Guyana días después. Otros, como Tim Carter, se salvaron porque Jones le encomendó una misión especial: llevar un par de maletines con trescientos mil dólares a la embajada soviética en Guyana, tal vez con la esperanza de obtener asilo. Al menos, es la versión que Carter dio a las autoridades. Fue a buscar el maletín y, cuando regresó al complejo, su mujer, su hijo, su hermana, sus dos sobrinos y sus dos cuñados agonizaban envenenados: huyó a la jungla. Leslie Wagner-Wilson, su hijo Jakari de tres años y un pequeño grupo de desertores de la secta, huyeron por la selva ni bien llegó Ryan a Jonestown. Caminaron casi cincuenta kilómetros hasta llegar a Port Kaituma, donde se enteraron del asesinato de Ryan. Ella y su hijo sobrevivieron, pero en Jonestown murieron su madre, sus dos hermanos y su cuñado, que era uno de los guardaespaldas de Jones.

La disputa por la herencia

Había dos hoteles importantes en Georgetown, copados por los sobrevivientes de la secta y las familias de los muertos. En el Pegasus y en el Park Hotel se escudaban también dos bandos de sobrevivientes que daban crédito a las versiones de una feroz lucha interna, tal vez incluso hasta de bandas armadas, en la idílica utopía socialista de Jonestown.

Lo que había también era mucho dinero en juego. En principio, los 300.000 dólares que estaban destinados supuestamente a la embajada soviética, que fueron a parar a manos de la policía de Guyana que se tomó su tiempo para devolverlo a las autoridades americanas. En la cabaña de Jones hallaron 635.000 dólares junto a dinero de Guyana por valor de 22.000 dólares. También había una importante cantidad de cheques de la seguridad social estadounidense que entregaban a su líder los miembros de la secta. Investigaciones posteriores del gobierno de Estados Unidos determinaron que, en bancos extranjeros, Jones tenía depositados siete millones de dólares en cuentas que fueron bloqueadas. Había más dinero en otras cuentas extranjeras que Jones mantenía en secreto en una lista codificada que guardaba entre las páginas de su Biblia. Ese libro sagrado jamás apareció.

Los dos bandos en pugna se disputaban el resto del dinero: efectivo, lingotes de oro, diamantes, objetos de valor que habían desaparecido. Uno de los grupos estaba liderado por Dale Park, que había perdido a su esposa. El otro grupo obedecía a Tim Carter, que había perdido a toda su familia. El 25 de noviembre ambos pidieron a la policía que los ubicara en hoteles separados. Todos estaban bajo arresto y custodiados en esos hoteles en los que vivíamos todos y circulábamos todos. Recuerdo con toda nitidez que los dos grupos hablaban todavía el lenguaje de la secta: medias palabras, cabeceos, miradas de soslayo, palabras dichas al pasar, frases que encerraban sobrentendidos, amenazas veladas, silencios profundos. Todo en aquella gente tenía más significado del que aparentaba.

Me acerqué a Tracy Parks, la hija de Dale, una muchachita de 12 años muy delgada, con ojos de hielo. Había escapado de uno de los aviones que no pudo despegar de Port Kaituma. “Yo estaba en el avión, pero no con el diputado, sino en el avión más chico. Entonces ese hombre empezó a disparar. Mamá y yo estábamos en aviones diferentes. Escapé como pude y mi hermana Brenda me llevó hacia la selva. Estuvimos tres días y tres noches sin comer nada con mi hermana. Papá pudo escapar, pero a mamá la mataron a balazos en la cabeza”. Tracy dijo también que había asistido a una ceremonia de suicidio falso: “En los siete meses y medio que estuvimos allí estuve en una, creo. O en dos. Eran las 'Noches Blancas'. A veces había que tomar Coca Cola, a veces había que votar si nos mataríamos. Yo votaba que sí, pero nunca lo hice”.

La masacre de Jonestown provocó impacto en todo el mundo.

La masacre de Jonestown provocó impacto en todo el mundo.

“Ese hombre” del que hablaba Tracy Parks era Larry Layton. Había subido a uno de los aviones en los que ansiaban huir de la secta varios de sus seguidores, precisamente para impedirlo. Su intención era matar a Ryan, pero fue a parar a otro avión. Igual inició el tiroteo que completaron los secuaces de Jones desde el exterior. Layton fue la única persona encarcelada y juzgada por las muertes en Guyana. Fue condenado en Estados Unidos a prisión perpetua por conspiración para matar al diputado Leo Ryan. Fue liberado bajo palabra en 2002.

En estos días que se recuerdan los cuarenta años de aquel desastre, Tim Carter apareció en algunas entrevistas periodísticas y de televisión: tiene 70 años y reniega hoy de aquella secta a la que le entregó su vida y la de los suyos. Dice que Jim Jones no era el gigante que vieron, sino lo contrario. Y que lo que pasó en Jonestown fue un asesinato.

Nunca dejé un país con tanto alivio como dejé Guyana. Viajé a San Francisco para entrevistar a quienes quedaran como líderes en el Templo del Pueblo. Esa es otra historia. Sólo que cuando llegué a San Francisco vi las banderas de Estados Unidos y de California a media asta. Creí que era por Guyana. No. Eran porque ese lunes 27 de noviembre, el concejal demócrata Dan White había asesinado a balazos al alcalde de San Francisco, George Mosconi, aquel que había apoyado a Jim Jones, y al activista por los derechos gay Harvey Milk, que inmortalizaría en el cine Sean Penn en el film “Milk”, dirigido por Gus Van Sant. Los crímenes no estaban relacionados con Guyana, que fue lo primero que sospechó la policía.

Del Templo del Pueblo ya no queda nada. Apenas la memoria y es un recuerdo trágico y deshilvanado. La comunidad entró en bancarrota en 1979 y se disolvió. La antigua sede de la secta en San Francisco, que conocí en 1978 en el 1859 del Geary Boulevard, fue destruida en 1989 por el terremoto de Loma Prieta. Ahora hay allí una oficina de correos.

Lo que perdura es el horror. Nunca se fue. Y aquel hedor penetrante, imposible de confundir. Vuelve muy de vez en vez, nítido, como una niebla persistente, tonta, molesta. Por suerte es un fantasma indolente y perezoso. Pero está allí. Siempre. Todavía.

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