Nueva temporada de las "aventuras" de Nicolás Maduro en Costa Pobre

Internacionales
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El riesgo país de Venezuela medido por el JPMorgan merodea los 6.832 puntos. El que asusta a los argentinos ronda los 700 puntos. El riesgo es el sobrecosto que los países

y empresas deben pagar por encima de la tasa de referencia. Cuánto peor el panorama mayor la penalidad. En el caso de Caracas es un extraordinario 68%. El alza de la inflación en Venezuela, a su vez, se acelera a punto tal que si usted compra un caramelo por un bolivar este enero, en el mejor de los casos lo deberá pagar 100 mil bolívares en diciembre. Haga esa pequeña cuenta con pesos y tendrá una noción acabada de la profundidad de este abismo.

El periodista venezolano Omar Lugo, que reunió estos datos de pesadilla en su portal El Estímulo, expone el estado de salud de su país como un paciente “con metástasis, lleno de escaras, desnutrido y mal tratado con purgantes”. Por cierto Lugo, él y su equipo una alternativa valerosa de libertad de prensa en un país donde solo reina la censura, ni se equivoca ni exagera. Los peores números surgen de los cálculos del FMI que estima que si en 2018 la inflación alcanzó la asombrosa marca de 1.000.000% o el doble, según la oposición, en 2019 ese número crecerá a 10 millones%. Es una fenomenal destrucción de la moneda y de la capacidad de consumo de los venezolanos.

Rodeado por los jefes militares marcha Maduro, una señal que aplaque dudas. EFE

Rodeado por los jefes militares marcha Maduro, una señal que aplaque dudas. EFE

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Como el Estado carece de inversiones y capacidad de crédito, monetiza sus rojos con la maquinita de emitir papel moneda. Así el circulante creció el año pasado 175.108 por ciento. Sin ingresos genuinos por la ruina del negocio petrolero y un déficit fiscal de dos cifras (se gasta casi 20% más de lo que ingresa), el país no puede menos que encogerse. La economía se contraerá 6% este año en un ciclo nefasto que entre 2015 y 2018 fulminó la mitad de la riqueza nacional al punto que hoy el PBI per capita es igual al que existía hace 73 años.

Contrastada con este escenario, la ceremonia de asunción de Nicolás Maduro este jueves, desafía la seriedad con la cual se debería abordar esta tragedia. Pareció por momentos un episodio de la Costa Pobre del inolvidable Alberto Olmedo o un remedo de las inauguraciones, con la misma narrativa patriotera y de supuesta democracia, que por 34 años actuó el general Alfredo Stroessner en Paraguay, la dictadura más extensa que asoló la región. La gran diferencia es que ese régimen logró flotar sobre un mar de plata dulce nacido de la represa de Itaipú. Cuando ese torrente se secó, las tensiones internas por el reparto de lo que quedaba detonaron y un pequeño militar, de altura también, Lino Oviedo. lo expulsó del poder visitándolo con dos granadas, una en cada mano, para evitar discusiones.

Maduro y Olmedo

Maduro y Olmedo

En Venezuela, en cambio, este modelo tiránico se extiende, como en algunos fenómenos africanos, sostenido en la miseria que crea un lazo perverso de necesidades. El éxodo venezolano, sin precedentes en las Américas que, según la ONU, llegará a las 5.400.000 personas este año, constata la derrota de ese pueblo, tanto reprimido de manera salvaje por el régimen o traicionado por la inoperancia de una oposición que en los momentos de auge formó parte, en su mayoría, de los ganadores del modelo chavista.

Como en aquel Paraguay, los jerarcas bolivarianos gustan de la solemnidad de los discursos, los uniformes entorchados y la repetición canónica del concepto patria. Todo lo que no es el otro, el enemigo, el que no se disciplina, es patria. Una apropiación de épica que repiten también los escasos pero persistentes admiradores en la región de este experimento. Tres siglos después de la cita de Samuel Johnson continúa confirmándose que “el patriotismo (el falso patriotismo) es el último refugio de los canallas”.

El general Alfredo Stroessner, un espejo donde se mira Venezuela. AFP

El general Alfredo Stroessner, un espejo donde se mira Venezuela. AFP

Esta calamidad tiene una historia con raíces, y perspectiva ominosa. Hacia adelante, en semejante páramo, puede cuajar cualquier alternativa antisistema como las que merodean por el mundo y ya afloran en la región. Hacia atrás, es claro que el experimento que creó Hugo Chávez no fue espontáneo. Antes que él hubo 40 años de gobiernos demócrata cristianos y socialdemócratas que se alternaron en el poder y cubrieron sus negociados como parte del acuerdo del Pacto de Punto Fijo que rigió a la efímera Venezuela Saudí.

En aquellos años, el país quedó encadenado al recurso petrolero sin una estrategia de largo plazo que diversificara la economía. A fines de los ‘90, y después de un intento de ajuste lanzado por Rafael Caldera, aun peor que el que puso en marcha el segundo gobierno del socialdemócrata Carlos Andrés Pérez, Venezuela estaba postrada y con 80% de pobres, el universo, justamente, que acabó llevando a Chávez al poder en 1998.

Pero el origen de este caudillo no fue desde abajo, por las masas, como repetía su discurso y se insiste hoy. Caldera, el creador del puntofijismo, lo sacó de la cárcel donde purgaba una condena por golpista. El establishment estaba espantado de que tanta miseria acabara radicalizando a las masas. Había que recuperar el sistema de acumulación y canalizar hacia algún callejón “honorable” la furia de los desplazados. Para eso estaba Chávez. Coherente, allá por 2006, el bolivariano le aclaraba a la CNN: “La diferencia entre Fidel y yo es que él es comunista y yo no soy comunista, pues”.

Desde entonces ni la patria ni los pobres abandonaron su discurso, aunque, en gran medida quedaron en esa retórica. Chávez también ató a Venezuela a los ciclos del petróleo sin ningún agregado de valor. Si bien consiguió niveles de crecimiento sin precedentes la década pasada cuando el crudo llegó a las nubes, el país nunca se desarrolló. El dinero se disipó entre una abrumadora corrupción y una mala praxis que aniquiló al sistema incluyendo a la estatal de petróleo Pdvsa. Así, cuando el precio del único producto exportador del país se desplomó, Venezuela quebró.

El ex presidente Rafael Caldera. AP

El ex presidente Rafael Caldera. AP

Maduro es producto de ese desastre. Sin los recursos de su mentor ha sobrevivido encabezando una línea interna del régimen que orienta desde la trastienda su mujer Cilia Flores. En ese núcleo hay aliados verticales del jefe de Estado, entre ellos la ex canciller y hoy vicepresidente Delcy Rodríguez y su hermano, el psiquiatra Jorge Rodríguez, vicepresidente de Comunicación. Este grupo operó una purga feroz contra los viejos aliados de Chávez, el verdadero enemigo interior. Muchos de ellos acabaron detenidos o escapando como el ex titular de Pdvsa Rafael Ramírez o la ex fiscal Luisa Ortega Díaz. También licuaron la batalla por el poder entablada por el hasta hace poco segundo hombre fuerte del país, el ex capitán Diosdado Cabello.

La estrategia central de esta gente fue implacable. Anularon el Parlamento luego de que lo ganó la oposición en 2015 y lanzaron una sangrienta represión dos años después que mató a decenas de adolescentes para frenar en seco las marchas disidentes. El pulmotor externo lo buscaron en China, su principal acreedor que se lleva 400 mil barriles de petróleo por día, casi la mitad de la producción nacional, como pago de esas deudas. Pero Beijing prácticamente no le ha dado nada a Venezuela. Con Rusia tuvieron más suerte. El Kremlin está menos interesado en los negocios que en el desafío de influir en un país en pleno patio trasero del “imperio”.

Aviones de guerra rusos en el aeropuerto de Maiquetía. En la foto el ministro de Defensa, Vladimiro Padrino López EFE

Aviones de guerra rusos en el aeropuerto de Maiquetía. En la foto el ministro de Defensa, Vladimiro Padrino López EFE

En cuanto al riesgo de una asonada militar que acabe con esta pesadilla, es improbable y es lo que menos parece preocupar al régimen. Fuentes diplomáticas europeas y hasta chavistas calculan que al menos 300 mil millones de dólares fueron trasegados del erario público a cuentas privadas a lo largo de los cuatro lustros del chavismo. Ese dinero esta en España y Alemania, entre sus principales destinos y en manos de todo el funcionariado, también con uniforme. Lo saben. Un golpe sería el mayor peligro para esos “ahorros”.
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