Sobre Venezuela, autócratas y por qué no conviene hablar de guerras

Internacionales
Lectura

Roma. Enviado especial

El régimen venezolano no va a caer con la velocidad que aspira la oposición, pero su destino se va perfilando en la senda que recorrieron fenómenos autocráticos semejantes.

Un diplomático europeo le comenta a esta columna en Roma que la grey que encabeza Nicolás Maduro actúa como balseros sin un puerto seguro y sin posibilidades de abandonar esa barca porque lo que les espera es imprevisible. “No creen en la amnistía que les propone la oposición para romper. Saben que están debajo de años de impunidad cuyas consecuencias no será posible ignorar”. Ese tipo de estructuras, reflexiona, “se fragmentan por la indisciplina que inevitablemente se desarrolla ante la urgencia de hallar salvaciones individuales… le sucedió así a Hosni Mubarak en Egipto y aún, de modo más brutal, a Khadaffi en Libia”.

Su conclusión es que Maduro no puede resolver esto del modo básico, usual, de una represión indiscriminada “porque eso no es Chechenia, está bajo la mirada del mundo… la distancia que ha tomado de Caracas la progresía mundial, por llamar de algún modo a esas formas de izquierdas nacionalistas, es un dato del daño auto infligido que se ha causado el régimen”. También por primera vez, el elocuente silencio del Vaticano que ha decidido no llamar presidente a Maduro.

El ritmo, sin embargo, tiene importancia porque de ello depende que no se agote la renovada esperanza que se ha producido con la aparición de esta nueva dirección disidente encabezada por el diputado Juan Guaidó. En esa línea la oposición venezolana, como en el pasado, ha tenido momentos de brillo pero también no pocos de graves fallas estratégicas.

El líder opositor Juan Guaidó, autoproclamado presidente interino de Venezuela, se ha acercado a los líderes republicanos que rodean al presidente estadounidense Donald Trump. /EFE

El líder opositor Juan Guaidó, autoproclamado presidente interino de Venezuela, se ha acercado a los líderes republicanos que rodean al presidente estadounidense Donald Trump. /EFE

Newsletters Clarín
Qué pasó hoy | Te contamos las noticias más importantes del día, y que pasará mañana cuando te levantes

Qué pasó hoy | Te contamos las noticias más importantes del día, y que pasará mañana cuando te levantes

De Lunes a viernes por la tarde.

Recibir newsletter

El funcionariado en Estados Unidos que rodea al proclamado presidente interino es de un exhuberante extremismo reaccionario que con apenas un puñado de gestos contamina de sospechas todo este armado. Esa consecuencia se aliviaría si la disidencia también tuviera un vínculo nítido con la oposición demócrata que este año sube a un escalón de fuerte poder en la conducción de la Cámara de Representantes.

Pero si eso no ocurre tampoco es producto de la casualidad. El último grueso favor que le ha hecho Guaidó a Maduro ha sido mostrarse favorable a una intervención militar extranjera en su país. Esa visión se la comentó a la agencia francesa AFP que lo interrogó dos veces para que ratifique si en verdad creía en esa alternativa.

No fue un comentario espontáneo nacido de la pasión. En una versión más amplia que recogió El Nacionalde Caracas, el presidente interino afirma que “si fuera requerida una fuerza internacional para restituir el orden constitucional y proteger la vida de nuestros ciudadanos, existe la atribución legislativa taxativa de aprobar una acción así por parte de la Asamblea Nacional… la doctrina ‘Responsabilidad para Proteger’ adoptada por la ONU es clara y otorga a todos los países la responsabilidad de actuar en protección de la vida humana en cualquier territorio… en el escenario que sean previsibles pérdidas humanas considerables”.

No es difícil percibir la incomodidad que ese comentario arrastró entre los países de la región, que difícilmente podrían avalar una invasión militar a un país del área. Del otro lado del mundo, en la Farnesina, la cancillería romana, uno de los diplomáticos consultados por esta columna reconoció el mismo efecto. “Hay que entender que Guaidó hace todo lo posible para que Maduro se vaya de cualquier manera, es muy difícil la situación, se entiende. Pero aquí no fue bien visto, acá en Europa, en Bruselas, por supuesto que no”. Recordemos que la coalición que gobierna Italia está dividida respecto a Venezuela. La Liga del vicepremier ultra Matteo Salvini, pese a sus coqueteos con el Kremlin, mira a EE.UU. y no respalda al autócrata de Caracas al revés que sus socios del antisistema Movimiento Cinque Stelle.

Los reproches al comentario de Guaidó traen la memoria del golpe contra Hugo Chávez en abril de 2002que encabezó el empresario Pedro Carmona. Ese levantamiento tuvo un inmediato apoyo de la España de José María Aznar y del FMI, pero Latinoamérica lo miró primero con enorme contención. Pero cuando Carmona cerró el Parlamento y el Poder Judicial, México y Argentina encabezaron una acción inmediata de denuncia que se generalizó contra un golpe de características setentistas. No había modo de avalar semejante precedente. Y el golpe se revirtió en 48 horas. No es de adivinos imaginar cuál sería la reacción regional si tropas de EE.UU., Brasil o Colombia, los países a los que exhortó Guaidó con su mensaje militarista, arremeten contra Venezuela con el pretexto de voltear al régimen.

Los últimos acontecimientos en Venezuela traen a la memoria el fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez, en abril de 2002./AFP

Los últimos acontecimientos en Venezuela traen a la memoria el fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez, en abril de 2002./AFP

La noción de una Siria en América Latina entretiene la pluma de muchos intelectuales en este espacio del mundo para referir a la tragedia del país caribeño. La enorme migración de venezolanos que escapan de la crisis le da pábulo a esa idea. Pero la comparación más precisa no sería con el reino de Bashar al Assad, sino con una acción militar norteamericana de 1999 sobre la ex Yugoslavia que intentó derrumbar al régimen de Slobodan Milosevic, el “carnicero de los Balcanes”. Bill Clinton, con su principal jefe militar Wesley Clark, atacó Belgrado ese año con el pretexto de detener el genocidio que este ex comunista serbio, sucesor oportunista del legendario Josip Broz Tito, estaba efectuando sobre la población bosnia, un drama que le valió aquel apodo.

Esa acción, que Clinton decidió apremiado también internamente por el escándalo del sexgate con Mónica Lewinsky que casi le cuesta la presidencia, no fue autorizada por nadie y esquivó el aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. EE.UU. marchó sólo avalado por parte de los países de la OTAN. Durante poco más de diez semanas, entre marzo y junio de 1999, una escuadra de mil aviones realizó 38 mil misiones que llovieron hierro sobre ese territorio con el apoyo de los misiles Tomahawk del portaviones Theodore Roosevelt estacionado en el Adriático. Pero Milosevic no cayó e incluso su ejército logró burlar a la fuerza extranjera disfrazando cartones como blindados para confundirlos como objetivos. La población, aun la enemiga del dictador, se colocaba blancos en el pecho y subía a los puentes del Danubio para repudiar de un modo conmovedor una operación que nunca pidieron y que fue muy cuestionada, incluso por la recordada ex fiscal del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, Carla del Ponte.

Lo que sí volteó a Milosevic fue la gente. El dictador, como ahora Maduro, era un sátrapa sin prejuicios que también censuraba y perseguía a la oposición. Pero la presión de la población, que creó un movimiento de resistencia no violenta, no le dejó otra salida a Milosevic que llamar a elecciones. La misma fuerza, si se quiere, que ahora nuevamente ejerce la gente en las calles de Venezuela contras su tiranía. El Guaidó en aquella otra dimensión se llamó Vogislav Kostunica.

El comicio se realizó en setiembre del 2000. Milosevic, como ha hecho Maduro, intentó manipular las urnas, y cuando de ningún modo pudo revertir la victoria de su adversario, el líder del régimen se negó a reconocer los resultados, un escenario probable en Venezuela si hubiera comicios adelantados. El Tribunal Constitucional que controlaba el déspota, en un último gesto de soberbia -como cuando Maduro fulminó el referéndum revocatorio de su mandato- anuló el proceso electoral y archivó las actas. Fue la espoleta de la granada.

El levantamiento popular que disparó ese gesto acabó con la toma de la ciudad, del Parlamento, el derrocamiento del tirano y la instauración de Kostunica como el presidente legal y constitucional del país. La elocuencia de la historia.

Copyright Clarín, 2019.