"No es un clóset, es una jaula": hablan los curas gays de la Iglesia católica

Internacionales
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Gregory Greiten tenía 17 años cuando los curas organizaron ese juego. Era 1982 y estaban en un retiro del St. Lawrence, un seminario católico para adolescentes que querían ser sacerdotes.

Los

líderes les preguntaron a los chicos qué preferían: tener 90% del cuerpo quemado, quedar parapléjicos o ser gays.

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Ninguno eligió ser gay.

Lo llamaban "El Juego de la Vida".

Semejante lección quedó: 7 años más tarde, Gregory se trepaba a la ventana de su pieza en el seminario, una pierna le colgaba: "Realmente soy gay", se dijo por primera vez, según recuerda hoy cerca de Milwaukee (en el estado de Wisconsin), donde es cura.

─Fue como una condena a muerte.

El cura Greg Greiten pensó en el suicidio. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

El cura Greg Greiten pensó en el suicidio. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

​El clóset para los sacerdotes católicos gira sobre una contradicción imposible. Durante años, los jefes de la iglesia han espantado a los feligreses homosexuales, cuyas conductas daban "vergüenza" y representaban "un desorden".

Y aun así, miles de curas son gays.

Las historias sobre los curas gays se silencian, se tapan para el mundo exterior: sólo se conocen entre ellos, si es que se saben.

Menos de 10 curas en los Estados Unidos se animaron a hacerlo público. Pero los gays son entre un 30% y un 40% del clero católico norteamericano, según docenas de estimaciones de la propia comunidad y de investigadores. Algunos sacerdotes afirman que la proporción se acerca al 75%.

Durante los últimos 2 meses, más de 20 curas y seminaristas gays de 13 estados compartieron detalles íntimos con The New York Times.

La silueta de un sacerdote que contó su caso pero exigió anonimato. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

La silueta de un sacerdote que contó su caso pero exigió anonimato. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

Casi todos reclamaron confidencialidad estricta para hablar sin miedo a los castigos de los obispos o sus superiores. A un puñado expresamente les prohibieron salir del clóset o siquiera hablar sobre homosexualidad.

La mayoría de ellos están en actividad y pueden perder más que un trabajo si se declaran gays. La Iglesia casi siempre controla el alojamiento de los curas, el seguro médico y la jubilación. Esas 3 cosas se pueden cortar si un obispo determina que existe una "sexualidad descalificadora", y no importa si ese cura respeta el voto del celibato.

El ambiente para los curas gays se ha puesto más peligroso. La caída de Theodore McCarrick (que era un poderoso cardenal y fue expulsado del sacerdocio la semana pasada por haber abusado de niños y adolescentes) inflamó las acusaciones respecto de que la homosexualidad tiene la culpa del resurgimiento de la crisis en la Iglesia por los abusos sexuales.

Los estudios repetidamente marcan que no hay conexión entre ser gay y el abuso de chicos. Pero igual obispos prominentes apuntan a curas gays como si fueran la raíz del problema, y los medios de derecha atacan lo que denominan "la subcultura gay", "la mafia púrpura" o "la camarilla gay".

Hasta el papa Francisco se volvió más crítico en los últimos tiempos. Dijo que la homosexualidad estaba "de moda", recomendó no aceptar en el sacerdocio a hombres con esa "tendencia arraigada" y reprendió a los curas gays pidiéndoles que sean "perfectamente responsables, tratando de nunca crear escándalo".

Esta semana Francisco es anfitrión de una muy esperada cumbre sobre abuso sexual, con curas de todo el mundo. El debate promete tocar no solo la responsabilidad que tienen los obispos en el asunto sino también la homosexualidad en sí.

Cuando en 2013 el Papa pronunció aquella pregunta revolucionaria, "¿Quién soy yo para juzgar a un gay?", provocó que la puerta del clóset se abriera. Unos pocos curas cautos la atravesaron.

Pero si la puerta del clóset entonces se quebró, ahora la crisis por los abusos sexuales amenaza con cerrarla de golpe. La cantidad de chivos expiatorios hizo que varios curas se metieran más profundamente en el clóset.

─La amplia mayoría de los curas gays no están a salvo ─dice el padre Bob Bussen, de Park City (Utah), que salió tras dar una misa para la comunidad LGBTQ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y queers)─. La vida en el clóset es peor que ser un chivo expiatorio. No es un clóset: es una jaula.

El reverendo Steve Wolf, uno de los curas gays que decidieron hablar. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

El reverendo Steve Wolf, uno de los curas gays que decidieron hablar. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

Un cura conoce el clóset incluso antes de saberse gay.

El código se enseña temprano, normalmente en el seminario. Numquam duo, semper tres, dice la advertencia: "Nunca 2, siempre 3". Es decir: moverse en tríos, no en parejas. No salir a caminar ni ir al cine de a pares. Los superiores avisaron durante años: cualquier amistad entre hombres es demasiado peligrosa, puede derivar en algo sexual y terminar en lo que etiquetaban como "amistad particular".

En estos tiempos el camino para ser sacerdote en los Estados Unidos arranca en época universitaria o después. Pero hasta 1980 la Iglesia solía reclutar chicos de 14 o 15 años: adolescentes todavía en la pubertad. Para muchos de los curas y obispos que hoy tienen más de 50 años, ese ambiente limitaba el desarrollo sexual saludable. Los sacerdotes no se pueden casar, por lo tanto de movida la sexualidad tenía que ver con la abstinencia, y la obediencia.

Los curas en EE.UU. tienden a reconocerse como gays en la intimidad a una edad mucho más avanzada que el promedio nacional, que es a los 15 años. Muchos curas gays mencionan que fueron arrastrados a la negación y la confusión hasta que se reconocieron después de los 30.

Gregory Greiten tenía 24 cuando se dio cuenta de que era gay y pensó en tirarse por la ventana de su pieza en el seminario. No saltó, pero le confió su desesperación a un compañero, que entonces salió del clóset. Y fue una revelación: había otros gays preparándose para ser curas, solo que ninguno hablaba de eso.

El padre Michael Shanahan, de Chicago, también salió del clóset. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

El padre Michael Shanahan, de Chicago, también salió del clóset. (Gabriella Demczuk/"The New York Times")

Gregory se puso en contacto con un exprofesor del seminario a quien creía también gay.

"Habrá un momento en tu vida cuando recuerdes esto y te vas a amar por ser gay", le dijo ese hombre, de acuerdo con Gregory:

─Pensé: "Este tipo está totalmente loco".

Y descubrió la extraña ironía del clóset católico: no es para nada un secreto.

─Es como un clóset abierto ─dice─. Se convierte en un problema cuando se hace público o cuando se habla de eso.

Hace poco más de un año, tras un encuentro con un grupo de curas gays, Gregory decidió que ya era momento de terminar con su silencio. En una misa dominical, antes de Navidad, en su parroquia suburbana les contó a sus feligreses que era gay, y célibe. Lo aplaudieron de pie.

Su historia se hizo viral. Un sacerdote de 90 años lo llamó para comentarle que había pasado toda su vida dentro del clóset y esperaba que el futuro fuera distinto.

Para algunos líderes eclesiásticos, aquel apoyo efusivo fue más amenazante que su sexualidad porque Gregory Greiten había cometido un pecado mortal: abrió la puerta al debate.

Su arzobispo, Jerome Listecki, de Milwaukee, sacó un comunicado diciendo que hubiera preferido que no lo hiciera público. Y llovieron las cartas tildándolo de "satánico", "sucio gay" y "monstruo" que sodomizaba niños.

Culpar a los gays por los abusos sexuales casi seguro será tema central esta semana en el Vaticano.

─En vez de apuntar a que los obispos rindan más cuentas, puede transformarse otra vez en una condena para lesbianas, gays y transexuales dentro de la Iglesia ─dice John Coe, de 63 años, un diácono de Kentucky que salió del clóset el año pasado.

A Gregory le gustaría hablar directamente con el Papa:

─Que escuche mi historia sobre cómo la Iglesia me traumó por ser gay ─pide, hablándole al aire─. No es solo la crisis por los abusos sexuales. Están traumando e hiriendo a otra generación. Debemos ponernos de pie y decir: no más abusos sexuales, no más traumas sexuales, no más heridas sexuales. Cuando se trata de sexualidad, hay que hacer las cosas bien.

Por Elizabeth Dias. Traducción: Abel Escudero Zadrayec.