Cuba, Trump, UE: el mundo en guerra... ¿y dónde está el piloto?

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El mundo está en guerra. Y como en el 1984 de Orwell, sin demasiadas claridades sobre quiénes van de aliados y cuáles de enemigos entre los tres bloques que, en el

relato antes y la realidad hoy, definen el poder global. EE.UU. arrancó contra el imperio chino el primer grave capítulo de esta era de conflictos con el argumento sobreactuado de los rojos que exhibía el intercambio comercial. Esa colisión centralizó en seguida la preocupación mundial por los efectos negativos que generaba en la economía global. Estas consecuencias son las que, a su vez, obligaron a un acercamiento sin precedentes entre los dos colosos que ya compiten en anunciar un acuerdo histórico que difícilmente resuelva sus diferencias. En el medio de ese minué hubo alguna rispidez de Washington con el tercer bloque, Europa, pero se descontaba que las antiguas alianzas atlánticas garantizarían una estrategia común del norte mundial contra la potencia asiática.

Donald Trump con la mente en las elecciones del año próximo. Exámen difícil. Reuters

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Nada, sin embargo, suele ser como se supone. En lugar de sostener esa táctica básica, la Casa Blanca de Donald Trump primero midió el “riesgo a la seguridad nacional” que surgía de las importaciones norteamericanas de automóviles europeos y luego caracterizó a la UE como un enemigo comercial a vencer, superior al chino. Con ese guión, que fulmina cualquier tipo de prudencia, hace apenas horas decidió convertir a Cuba en la imprevista espoleta de un choque contra Bruselas que se anuncia de mucha mayor gravedad y extensión que el que busca ahora amainar con la República Popular.

En un movimiento de una importancia extraordinaria Washington eliminó una exención incluida en los Títulos III y IV de la ley Helms-Burton de 1996, que había amplificado el bloqueo o embargo contra la isla comunista. Esa exención eximía a los inversores europeos en la isla de eventuales sanciones norteamericanas que se pudieran presentar contra La Habana. Fue respetada por más de dos décadas por todos los gobiernos de EE.UU., precisamente, por su íntima vinculación con los intereses estratégicos atlánticos de la potencia.

John Bolton, el asesor de seguridad nacional y halcón principal del gabinete. DPA

John Bolton, el asesor de seguridad nacional y halcón principal del gabinete. DPA

La medida anunciada por el asesor de seguridad nacional, el halcón John Bolton, en un acto en Florida con veteranos de la fallida invasión de Bahía de Cochinos, dispone que a partir del primero de mayo entrante se liberará un aluvión de demandas en tribunales de EE.UU.. Serán dirigidas contra ciudadanos y empresas que hayan utilizado bienes incautados por la Revolución Cubana. El Financial Times resumía el saldo de ese movimiento en términos concluyentes: “congelará miles de millones de dólares en inversiones internacionales en Cuba incluidos hoteles, canchas de golf y otros proyectos”.

Suman más de 200 mil las posibles demandas individuales que harán blanco en las corporaciones internacionales de Canadá, Asia pero especialmente europeas que han invertido este último medio siglo en la isla comunista. España lidera la edificación hotelera en Cuba y será la principal víctima de estas novedades. Allí están las cadenas Meliá, Iberostar, Barceló o NH. Según El País de Madrid, “los inversores españoles controlan 71% de las habitaciones de hotel de la isla que están en manos extranjeras. Solamente la inversión española ronda los 300 millones de euros anuales”.

La tregua con China pactada en Buenos Aires que inició los acuerdos entre las dos mayores potencias

La tregua con China pactada en Buenos Aires que inició los acuerdos entre las dos mayores potencias

Bruselas reaccionó primero con asombro y luego con una furia poco frecuente a la decisión de la Casa Blanca. Entre otras réplicas, la UE amenaza con una guerra judicial que llegará hasta la confiscación de propiedades norteamericanas en Europa para defender sus intereses. El choque dejó en un eclipse las negociaciones que el Continente había encarado para un acuerdo de libre comercio con EE.UU. que iba a generar un alza de 9% de las exportaciones norteamericanas a ese mercado. Por el contrario, agregó más combustible a los cruces por la pelea de subsidios entre Airbus y Boeing que libran hace tiempo las dos orillas. La contraofensiva europea analiza un enorme paquete de sanciones con blanco específico en el interior rural estadounidense donde se encuentra gran parte del electorado de Trump. El mundo en guerra.

Hay dos dimensiones que deben observarse en la fragua de este embrollo. Una de ellas es el reiterado desprecio de Trump a la multilateralidad europea y su noción de que no existe como tal esa otra potencia con derecho a la protesta. En esa perspectiva no cabe respetar la tregua comercial que encubría la suspensión de esos artículos. Y es lo que ha hecho con la lógica del garrote. La otra dimensión es más grave porque desnuda la visión del mundo y de su propia realidad que envuelve al actual gobierno norteamericano. Trump quiere llegar a las elecciones del año próximo en EE.UU. exhibiendo una victoria en su patio trasero sobre Venezuela, Nicaragua y la revolución cubana, el nuevo “eje del mal” que llena los discursos de Bolton y del canciller Mike Pompeo.

El problema no es solo el anacronismo en el que se ahoga esa ofensiva. Lo central es la peligrosa suposición de que todo se resume a un acto volitivo del comando de la Casa Blanca. Así como dentro de unos días conoceremos el Acuerdo del Siglo con el cual la familia Trump (lo elaboró, Jared Kushner, yerno del mandatario) pretende acabar en unas horas con 70 años del mayor conflicto planetario en Oriente Medio, también tendremos, con igual sencillez, una mutación a la carta en las Américas. La justificación para este comportamiento parece extraída de los discursos que lanzaba Ronald Reagan contra la entonces Unión Soviética. “Cuba expande una influencia maligna por la región” proclama Bolton para evidenciar la sociedad de La Habana con la nomenclatura venezolana y la dictadura nicaragüense.

Ivanka Trump y su marido Jared Kushner, el agente inmobiliario a cargo de resolver la crisis de Oriente Medio,. AFP

Ivanka Trump y su marido Jared Kushner, el agente inmobiliario a cargo de resolver la crisis de Oriente Medio,. AFP

Lo cierto es que las realidades de esos tres países son diferentes y al unificarlas en un mismo espacio se acaba por resignar oportunidades objetivas que sí podrían producir un cambio. Especialistas probados en la región como el ex presidente colombiano Juan Manuel Santos, no un hombre de izquierda precisamente, han sostenido que es preciso hablar con Rusia, China y también, especialmente, con el régimen cubano para avanzar en una solución a la tragedia venezolana. Reponer la antigua estrategia de la polarización este-oeste contra la isla y sus aliados, solo empeora el panorama y promete un fallido políticamente costoso para sus promotores. El ejemplo venezolano debería bastar hoy para comprender que la dinámica de los factores tiene que ser tenida en cuenta.

Bolton, Pompeo y el inefable Elliot Abrams, suponían que con la instauración del presidente interino Juan Guaidó se resquebraría en un instante la nomenclatura chavista. Pero nada así ha sucedido hasta ahora mientras sigue siendo elocuente el silencio de políticos de centro como el socialdemócrata Henrique Capriles. La crisis venezolana esta encerrada en un laberinto que no parece que se modificará de modo radical con las sanciones económicas. La única alternativa es forzar a un adelantamiento de las elecciones y en esa estrategia es crucial negociar con las capitales que respaldan al régimen. Es lo que propone Santos. La calle por sí sola no está logrando sitiar al chavismo. Con Nicaragua, entretanto, la retórica se ha quedado solo en eso.

Para el balance queda claro que Trump con su arrebatada diplomacia, ha logrado lo que pocos antes pudieron: acercó Europa a China, y China a Rusia. Entre tanto, la nostalgia por la Guerra Fría convirtió en andrajos el brote de una pequeña burguesía que crecía en Cuba impulsada por la apertura castrista y que con el tiempo sería el principal cuestionador del régimen. Los halcones conservadores de La Habana deben estar celebrando, como los pacientes burócratas chinos o el sórdido funcionariado venezolano. El mundo está en guerra. Habría que avisarle a Trump.
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