En primera persona: ocho meses en un cartel narco mexicano y vivir para contarlo

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Para Eduardo (un seudónimo), las sospechas sobre la verdadera naturaleza de su trabajo empezaron a gestarse desde el mismo momento en que le hicieron la oferta laboral. Empleado hasta ese momento

en una revista local, al ejecutivo de marketing de 28 años le llegó de golpe una oferta para trabajar haciendo promociones a bares y restaurantes.

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Si bien hasta ese momento ganaba bien, la remuneración astronómicamente superior a la media para este tipo de tareas fue la primera indicación de que algo no estaba bien, pero el dinero sirvió para enmascarar la inquietud, y el hombre siguió adelante y aceptó el trabajo. No pasaría mucho tiempo hasta que sus sospechas se vieran confirmadas, y tuvo que enfrentarse a la verdad de que, durante todo ese tiempo, había estado trabajando para un cartel del narcotráfico.

A esta altura, el flagelo del narcotráfico en México es conocido por todos. El reciente juicio en Nueva York a Joaquín "El Chapo" Guzmánexpuso con crudeza las maniobras y operaciones de los cárteles mexicanos, dejando a la vista de todos el rastro de sangre y violencia que ha azotado el país durante los últimos 40 años. El testimonio de Eduardo, que fue publicado en el medio británico de la BBC, ofrece en ese sentido una mirada personal a cómo es convivir diariamente con los tentáculos del narcotráfico.

La violencia del narcotráfico puede vivirse en todos los ámbitos de la vida en México (Archivo Clarín).

La violencia del narcotráfico puede vivirse en todos los ámbitos de la vida en México (Archivo Clarín).

Según el relato de Eduardo, para un joven mexicano, el narco nunca está lejos. En ciertos sectores del país, la sensación de que la violencia puede estallar en cualquier momento es una experiencia real, que se ve confirmada de forma bastante seguida. Gente reacia a crear empresas por temor a lidiar con el pedido de "protección" de criminales, el sonido constante de disparos en la distancia, combates con rifles AK-47 en el medio de la calle. Después de un tiempo, el cuerpo y la psiquis se endurecen, y el horror pasa a ser una suerte de desenlace normal y esperable.

Los números pintan un panorama desolador. Desde 2006, el año en que Felipe Calderón asumió la presidencia con la promesa de restaurar el imperio de la ley en México, hasta la fecha, los muertos suman más de 200 mil.

Dinero, lujo y marketing

Los narcos son una postal más de la vida cotidiana de México. Se los ve en los boliches, con ropa de diseñador y arropado en cadenas de oro, y son dueños de bares y restaurantes. Fue en este lado de la ecuación que Eduardo entró en contacto con el mundo del narcotráfico, lejos de la violencia explícita, pero consciente de que su labor se alimentaba de ella.

"El dinero me atrapó. Tenía 21 años, y empecé a mostrar fajos de billetes y a vivir como una estrella de rock (...) Sospechaba que esta gente trabajaba para el narcotráfico, pero yo no sentía que formaba parte de eso, sólo los estaba ayudando a promocionar sus bares y restaurantes", explicó Eduardo a la BBC. Según su testimonio, le ofrecieron el equivalente a US$ 1250 por semana, casi 25 mil pesos mexicanos. El salario mínimo en el país es de 102 pesos por día.

Desde 2006, el año en que Felipe Calderón asumió la presidencia con la promesa de restaurar el imperio de la ley en México, hasta la fecha, los muertos suman más de 200 mil (Archivo Clarín).

Desde 2006, el año en que Felipe Calderón asumió la presidencia con la promesa de restaurar el imperio de la ley en México, hasta la fecha, los muertos suman más de 200 mil (Archivo Clarín).

Si bien al principio Eduardo sólo estaba mínimamente en la oficina, con el tiempo empezaron a ofrecerle más trabajo, lo que llevó a que debiera relacionarse más con las actividades del lugar. Empezaron a pedirle que promocionara recitales de corridas, un estilo de música popular mexicana que ha generado una variante conocida como narcocorridas, en las cuales un grupo o intérprete canta las locales de algún narcotraficante.

Estar en un recital con más de 30 mil personas, rodeado de fuerzas de seguridad privada con armas de grueso calibre, fueron para Eduardo el mensaje claro de que se movía en un ámbito en donde podía terminar envuelto en una balacera en cualquier momento del día. Inclusive una de esas personas con las que iba a cenar a boliches y restaurantes lujosos podía descerrajarle un tiro si se sintiera en peligro.

La mayor cantidad de trabajo lo obligó a ir más a la oficina, y ver con sus propios ojos los movimientos del lugar. "Si tengo que ser honesto, la primera vez que me di cuenta que trabajaba para un cartel fue cuando empecé a ver tipos llegar a la oficina a las 3 de la tarde de un día de semana con grandes cantidades de efectivo. Una empleada lo contaba todo, y lo llevaba al banco. Nadie hacía preguntas ni decía nada, pero la realidad era clara", confiesa.

La guerra entre el Ejército y los cárteles es un hecho constante en México (Archivo Clarín).

La guerra entre el Ejército y los cárteles es un hecho constante en México (Archivo Clarín).

Sus nuevas exigencias lo obligaban a pasar más tiempo con su jefe, y éste lo llevó un día a la casa de su jefe, una mansión en las colinas de las cuales no salía nunca. Tenía un jaguar de mascota.

"Le pregunté a mi jefe directamente si trabajaba para un cartel. Me miró, y me preguntó: '¿de verdad quieres saber más, o quieres pretender que no sabes nada?' Después de pensarlo un rato, dije que prefería pretender", prosigue Eduardo.

El dilema moral, y las preocupaciones por su seguridad empezaron a abrumar a Eduardo, que empezaba desesperadamente a buscar una forma de salir. Curiosamente, la oportunidad se le presentó cuando su jefe lo llamó un día a su oficina y le preguntó si quería seguir trabajando para ellos.

"Respiré profundo, y le dije que prefería irme. Después de pensarlo un momento, me dijo 'no hay problema, suerte'. Le dije que pasaría luego a buscar mi computadora y mi cámara, pero me miró y no dijo nada. 'Son mis cosas', le dije. 'Sí, pero están en mi oficina', me respondió. Decidí dejar todo, no valía la pena el riesgo". Habían pasado ocho meses.

Luego de bloquear a su jefe y a sus compañeros de trabajo en redes sociales, Eduardo se alejó de su ciudad por algunos meses. Volvía de tanto en tanto y se los cruzaba por la calle, pero nunca volvió a tener contacto con ellos.