Lo que pasa en la selva no queda en la selva

Internacionales
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Hay una frontera poco conocida que, en estos días, aparece en las imágenes satélites. La forman los focos de incendio en la Amazonía y es una línea imaginaria que avanza de

sur a norte al ritmo del fuego: el arco de la deforestación. Es el que le abre el paso a la expansión agrícola, que devora la selva, que hace desaparecer árboles y a una variedad de especies animales y vegetales, muchas aún desconocidas. Lo que habrá después de unos años en ese lugar es un verde soja parejo, homogéneo, sin sorpresas.

La tragedia de la selva es un proceso silencioso, pero al acercarse a ella la caída de un árbol es un estruendo que nunca más se olvida. La fricción del tronco contra los que aún permanecen de pie es un chillido que no es exagerado comparar con el de un animal malherido. En ese momento se percibe la naturaleza como una red vulnerable, conectada en ese todo que es el planeta. Lo que pasa en la selva no queda nunca en la selva aunque hasta ahora no se haya mostrado masivamente en los medios de comunicación.

Fuego en la selva del Amazonas. Foto: REUTERS/Ueslei Marcelino

Fuego en la selva del Amazonas. Foto: REUTERS/Ueslei Marcelino

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El proceso de la devastación de la selva comenzó durante la dictadura militar brasileña cuando la Amazonia se convirtió en un territorio para dominar y explotar. Se construyeron rutas que corrompían a la naturaleza para ser el camino de los nuevos pobladores y, luego también, el de los traficantes de árboles y minerales. Son esas mismas rutas las que ahora sacan la soja, la madera y el ganado que crecen donde antes había selva.

La detención de la deforestación fue una política de Estado en Brasil durante el gobierno de Lula, quien implementó un sistema de vigilancia por satélites. Pero el ritmo de la caída de las tasas de deforestación comenzó a detenerse en la administración de Dilma Rousseff. Michel Temer y Jair Bolsonaro terminaron de quitarle recursos y revertir la velocidad del proceso de protección de la selva. Así lo muestran las cifras del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales, el INPE, que debe monitorear y dar a conocer las cifras sobre la deforestación. Desde que el actual presidente brasileño llegó al Planalto, el 1° de enero de 2019, se quemaron 3.000 kilómetros cuadrados de selva, un 39 por ciento más que en el mismo período de 2018.

"Viaje al fin del Amazonas", el libro de la periodista de Clarín Silvina Heguy.

"Viaje al fin del Amazonas", el libro de la periodista de Clarín Silvina Heguy.

Pero Bolsonaro llevó el problema al terreno de la disputa ideológica de ambientalistas versus productores. El cambio climático se convirtió en una aparente cuestión de fe y el destino de la selva quedó atado a esa discusión. Durante esa pelea, el actual gobierno brasileño recortó en un 38 por ciento la partida para la prevención de incendios forestales. La consecuencia se ve en estos días. La rutina de prender pequeños territorios, como forma para avanzar sobre la selva, se transformó en un manchón ardiente. El fuego, todos los fuegos, está directamente relacionado con la deforestación. La mayoría son intencionales y es el primer paso de un proceso que deja carbonizada la selva para después usar ese terreno para la ganadería y luego para la agricultura. Se quema en época de sequía, en agosto, para que arda todo más rápido. Bolsonaro prometió también que aquellas rutas hechas en la década del 70, muchas jamás pavimentadas y que, en épocas de lluvias, pueden llevar veinte días recorrer un par de kilómetros, serán pronto de asfalto. El anuncio despertó la codicia por más territorios. Sucedió en el municipio de Apuí, en el estado del Amazonas, que se hizo conocido por tener el mayor número de incendios de Brasil en estos días. Por ahí hoy pasa la frontera de la deforestación y hoy se quema.

Silvina Heguy es autora del libro "Viaje al fin del Amazonas".

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