Las mujeres que escapan de Corea del Norte y quedan atrapadas como esclavas del "cibersexo" en China

Internacionales
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Choe Sang-Hun. The New York Times

Durante más de dos años, a Lee Jin-hui, de 20 años, no se le permitió salir de un departamento de tres ambientes en el

noreste de China. Siete días por semana debía sentarse frente a una computadora desde el mediodía hasta las 5 de la mañana, practicando actos sexuales ante una webcam para los clientes, en su mayoría de Corea del Sur.

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En el departamento, Lee y otras mujeres norcoreanas debían ganar unos 820 dólares semanales cada una para la proxeneta china que las había comprado a los traficantes de personas. Cuando no alcanzaban esa cifra eran abofeteadas, pateadas y privadas de alimento.

“Teníamos que trabajar aun cuando estuviéramos enfermas”, dijo Lee. “Yo moría por salir de allí, pero lo único que podía hacer era mirar por la ventana”.

Cada año, los traficantes de personas transportan a miles de mujeres que buscan huir de Corea del Norte, prometiéndoles empleos en China, según las agrupaciones de derechos humanos y las sobrevivientes del tráfico. Pero una vez en China, muchas mujeres son vendidas a hombres solteros de pueblos rurales o a proxenetas que las explotan en prostíbulos y antros de cibersexo.

Si las atrapan tratando de huir de los traficantes, China las envía de regreso a Corea del Norte, donde se enfrentan a la tortura y el encarcelamiento en campos de trabajos forzados. Como no tienen a quién pedirle ayuda en China, quedan atrapadas en la esclavitud sexual. Se calcula que el 60 por ciento de las refugiadas norcoreanas de China son destinadas al comercio sexual y obligadas a ejercer el cibersexo, expresó el grupo de derechos humanos con sede en Londres Korea Future Initiative en un informe de mayo.

Niñas de tan sólo 9 años son obligadas a practicar actos de sexo explícito y agredidas sexualmente frente a las webcams, que transmiten en vivo a un público mundial que paga por las imágenes, según se cree, integrado en su mayoría por hombres coreanos”, dice el informe.

Cuando fue sacada de Corea del Norte en la primavera boreal de 2017, a Lee le dijeron que sería camarera en China. Al llegar, su jefa le dijo que su trabajo era “chatear” a través de la computadora. Hasta entonces, ella nunca había visto una computadora. No sabía lo que era una webcam. Tenía 18 años.

Kim junto a Chun recuerda el abuso que sufrió en China. Foto: The New York Times

Kim junto a Chun recuerda el abuso que sufrió en China. Foto: The New York Times

“Creía que ‘chatear’ era una forma de llevar la contabilidad en la computadora”, dijo Kim Ye-na, de 23 años, que fue traficada en noviembre pasado, creyendo que cosecharía hongos en China. “Nunca me imaginé en qué terminaría esto”.

Tanto Lee como Kim huyeron de su cautiverio el 15 de agosto.

Seis días después, llegaron a Vientiane, Laos, con un hombre que cobró 4.000 dólares para cruzarlas ilegalmente de China a Laos. Las esperaba el reverendo Chun Ki-won, pastor cristiano de Corea del Sur que financió y orquestó su rescate.

Las mujeres aceptaron dar entrevistas mientras estaban en Vientiane, usando los nombres falsos que les dieron para proteger su privacidad y evitar las posibles represalias del gobierno norcoreano contra sus familiares en el norte. Aunque The New York Times no pudo corroborar de manera independiente algunos de los detalles de su fuga, las grabaciones de conversaciones online entre Chun y las mujeres realizadas antes de su huida corroboraron su relato.

“Dado el aumento de las medidas enérgicas de China contra los extranjeros indocumentados, encerrar a las mujeres norcoreanas en departamentos para que practiquen el cibersexo se ha convertido en la manera favorita de los traficantes de personas para explotarlas”, dijo Chun. “Drogan a las mujeres para que pierdan la vergüenza y las hacen trabajar durante largas horas”.

Salir de Corea del Norte

Lee y Kim pertenecían a la “generación de la Ardua Marcha” de Corea del Norte: los niños nacidos en torno a la década de los 90, cuando la hambruna causó la muerte del 10 por ciento de la población. Apenas salidas de la escuela primaria, comenzaron a trabajar. Kim lo hacía en una mina de jade y más tarde ingresó a un mercado no oficial, donde vendía frutas y ropa surcoreana contrabandeada desde China. Lee recolectaba y vendía hierbas silvestres.

Cuando crecieron, su pueblo natal, Hyesan, y otras ciudades ubicadas a lo largo del angosto río que forma la frontera con China se convirtieron en coto de caza de los traficantes de personas. En 2017, un pariente vendió a Lee.

“Yo también quería ir a China porque había oído que las chicas que habían ido allí le enviaban dinero a su familia”, dijo Lee.

Después de cambiar de manos dos veces entre traficantes, Lee acabó con un hombre que tenía cinco norcoreanas cautivas en Helong, noreste de China.

Kim también quería escapar. El líder norcoreano, Kim Jong-un, había empezado a tomar duras medidas contra los comerciantes jóvenes de los mercados, con la esperanza de que se volcaran a proyectos de construcción de carácter estatal. Una traficante de quien Kim se había hecho amiga aceptó llevarla a China.

A las 4 de la mañana del 18 de noviembre, la traficante, su hermano y Kim esperaban en la frontera cuando en medio de la oscuridad apareció un soldado. Les dijo que el camino estaba despejado.

La traficante conocía bien el camino y los condujo a través del río helado y poco profundo y de un hueco bajo el cerco de la frontera. Después de caminar doce horas por las colinas, la traficante extrajo un celular que estaba enterrado e hizo una llamada. Horas después, apareció una mujer en un auto. Le entregó dinero chino y un paquete de zapatos, ropa y otros elementos a la traficante norcoreana. Kim estaba siendo vendida.

La mujer que compró a Kim también era de Hyesan y trabajaba para una banda de tráfico sexual, explotando con una webcam a una docena de mujeres, todas de Hyesan, en departamentos esparcidos por todo Gongzhuling, noreste de China. Le dijo a Kim que le debía 80.000 renminbi, o 11.160 dólares.

“Me dijo que podía ir a Corea del Sur una vez que trabajara para ella durante tres años”, contó Kim. “Me habían dicho que en Corea del Sur se puede vivir decentemente si una trabaja mucho. Eso es todo lo que yo pedía”.

Caer en la esclavitud sexual

Algunos de los clientes surcoreanos de Lee le pedían que realizara actos sexuales demasiado deshumanizantes de describir.

“Si me negaba, me decían que era basura mugrienta de Corea del Norte”, dijo.

Otros hombres se compadecieron de las mujeres. Dos de los clientes de Lee le enviaban dinero periódicamente a su jefe para que pudiera dormir un poco más.

En diciembre pasado, una mujer desapareció del departamento de Lee. El proxeneta dijo que había sido seducida por traficantes de órganos y debía estar muerta, lo que aterrorizó a las demás mujeres.

Kim contó que sólo dos mujeres fueron liberadas del departamento cuando ambas se enfermaron de tuberculosis. Después de recibir un duro castigo físico, otras dos trataron de escapar del departamento de un sexto piso descolgándose por caños de desagüe. La policía pronto las detuvo pero el proxeneta se negó a pagarle sobornos para impedir su repatriación a Corea del Norte. Quería darles una lección a las demás.

“Dijo: ‘Recuerden cuánto mejor es su vida aquí que la que dejaron en el norte’”, relató Kim.

Pese a vivir en la esclavitud, Lee nunca pensó en volver a Corea del Norte. Su objetivo era llegar a Corea del Sur y ganar suficiente dinero para traer a su madre y su hermana menor.

“Todo el tiempo me decía: ‘Aguanta. Cuando llegue el momento, podrás llegar a Corea del Sur’”, contó.

Un salto a la libertad

A fines de 1995, Chun, que entonces era hotelero pero aún no pastor, estaba de viaje de negocios en Hunchun, ciudad china de la frontera con Corea del Norte, cuando se dio cuenta de lo mala que era la situación. Vio los cuerpos tirados de norcoreanos que huían del hambre y habían muerto congelados al cruzar el río; a la policía aporreando a los niños que mendigaban para alejarlos; a una mujer que gritaba pidiendo auxilio mientras era secuestrada por dos hombres.

Chun más tarde se convirtió en misionero cristiano. Desde 2000, ha traído a Corea del Sur a 1.200 refugiados norcoreanos en China, entre ellos muchas mujeres vendidas para matrimonios forzosos. En los últimos años, sin embargo, su misión de Durihana en Seúl, capital del sur, comenzó a recibir mensajes anónimos por internet de mujeres atrapadas en antros de cibersexo de China y llamadas de hombres que querían rescatarlas.

Una de esas llamadas fue la de un repartidor de alimento para animales de Corea del Sur, en julio. Le envió al jefe de Kim 15 millones de won norcoreanos, o 12.360 dólares, para comprar su libertad. Pero el traficante que había prometido llevar a Kim a Corea del Sur la vendió a un cincuentón chino. El hombre surcoreano envió otros 15 millones de won al jefe original de Kim para liberarla de su matrimonio forzoso. Para entonces, ya se había dado cuenta de que lo habían estafado.

Por esa misma época, Chun recibió el llamado de un hombre que quería ayudar a Lee. Ella también recibió una noticia sorprendente: la mujer que, según le habían dicho, había sido secuestrada por traficantes de órganos la contactó a través de un sitio de webcam. Había saltado del tercer piso y ahora vivía en Corea del Sur.

Chun contactó a Lee y Kim simulando ser un cliente.

La mujer que había escapado ayudó a Chun a encontrar el barrio de Lee. Kim memorizó el número de teléfono de un restaurante cercano al que una vez la había llevado su jefe. Espiando por la ventana, Lee y Kim identificaron todos los puntos de referencia posibles para ayudar a Chun a ubicar dónde estaban a través de Google Earth.

Kim y Lee abrazan al reverendo Chun Ki-won, un pastor surcoreano que las ayudó a que fueran sacadas de China. Foto: The New York Times

Kim y Lee abrazan al reverendo Chun Ki-won, un pastor surcoreano que las ayudó a que fueran sacadas de China. Foto: The New York Times

Chun luego envió a siete voluntarios a China, entre ellos a dos sobrevivientes del tráfico. El 15 de agosto, un equipo esperaba en un taxi frente al departamento de Kim y la siguió a ella, a otra chica y a su jefe cuando un repentino corte de agua los obligó a salir a buscar comida. En el camino de regreso, Kim simuló sentirse mal, vomitó en la vereda y corrió a un baño público. Cuando el jefe entró a otro cubículo, Kim salió corriendo hacia el taxi de sus salvadores y huyó a toda velocidad.

A la pregunta de qué era lo que más quería, Kim respondió: “Estar parada afuera bajo una lluvia torrencial”. Pero días después de salir de China todavía tenía pesadillas en las que huía perseguida por alguien que le pisaba los talones.

Ese mismo día en Helong, Lee se escapó de su habitación cuando su proxeneta chino salió por unos tragos. A través de la ventana del living, vio un colchón de aire y un rescatista que le hacía señas. Salió por la ventana pero titubeó.

“La altura era aterradora”, dijo. “Pero era la única salida”. Saltó.

A fines de agosto, una camioneta negra se detuvo frente a la embajada surcoreana de un país del sudeste asiático donde los desertores pueden solicitar asilo. Tomando las manos de Chun, Lee y Kim salieron y cruzaron la calle, recorriendo los últimos metros hacia la libertad. Las puertas de acero se abrieron y las chicas entraron.

PB

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