Espías en Rusia: en los sueños y en la realidad

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El caso suscitado en torno al informante de la CIA revela todo lo absurdo y tragicómico de la situación que se vive en la Federación Rusa.

 

El caso de Oleg Smolenkov, un ex empleado de la administración presidencial rusa que podría haber sido un espía estadounidense, planteó muchas dudas sobre la competencia y la capacidad de esas estructuras que han creado una sensación de “espiomanía” en la Federación Rusa durante los últimos años.

También recuerda otro reciente escándalo de espionaje, cuando Alexander Vorobyov, asistente del delegado del Presidente de la Federación Rusa en el Distrito Federal de los Urales, fue arrestado por actividades de inteligencia a favor de la OTAN.

A propósito, las representaciones diplomáticas por su propia condición, se manifiestan como estructuras de la administración presidencial (AP), lo que nos hace mirar con una nueva luz el papel y el lugar de la administración en la vida y el sistema político de la Rusia contemporánea.


¿Un nido de espías en la administración presidencial?

En la Rusia contemporánea, la autoridad suprema está en mano de la administración presidencial, aún cuando la constitución guarda silencio al respecto. Concebida inicialmente como una oficina ampliada del presidente, se ha convertido en un análogo del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, una estructura con poderes extraordinarios en la que de un modo u otro, convergen todos los hilos del poder real en el país.
Por lo tanto, no es sorprendente que esta institución en particular pueda llegar a ser un nido de espionaje real y no ficticio: después de todo, incluso ocupando una posición insignificante entre el círculo cercano al presidente (en el caso de Smolenkov, aparentemente fue asistente presidencial en materia de política exterior de Yuri Ushakov, y en el caso de Vorobyov - jefe adjunto de la AP del delegado presidencial en el Distrito Federal de los Urales, Nikolai Tsukanov), también pueden obtener acceso a los documentos más secretos y sensibles en cuestiones de seguridad del estado.

El hecho de que en ambos casos examinados los funcionarios que pudieron haber trabajado para la inteligencia extranjera, lograron construir una carrera exitosa en las estructuras del gobierno ruso durante un tiempo bastante prolongado, incluso Smolenkov logró salir tranquilamente de Rusia con los miembros de su familia, puede insinuar el número limitado de oficiales de la AP en materia de servicios operativos o la renuencia consciente de estos últimos a controlar el entorno de las personas influyentes en el escalón más alto del poder ruso. Otra vez, esto es lo que hace precisamente que la administración presidencial omnipotente sea el lugar más cómodo para desarrollar actividades exitosas de espionaje.


Oposición rusa y espiomanía

El escándalo en torno a Smolenkov levantó los comentarios más ácidos entre el humor del público opositor, y ello no sorprende a nadie. En los últimos años, gracias a los esfuerzos de las autoridades, Rusia ha estado viviendo en medio de la espiomanía, y casi todos los activistas de la oposición, periodistas o políticos han sido acusados por “los defensores de la soberanía” de trabajar para los servicios de inteligencia occidentales.

“Trabajar para la inteligencia extranjera” es una etiqueta típica que se ha convertido en un sello gastado de la propaganda, además de ser el adjetivo más apreciado por el gobierno ruso y sus seguidores para catalogar a sus críticos. En cambio, a nadie le molesta el hecho de que un verdadero espía pueda operar en el entorno de un asistente de Putin y no de Navalny: el 10 de septiembre, el vocero de la Duma estatal, Vyacheslav Volodin, ordenó a la odiosa comisión de encuesta que investigara la injerencia de estados extranjeros en los asuntos internos de Rusia para verificar las actividades de Alexei Navalny y Lyubov Sobol, pero no ordenó en cambio que se hiciese con respecto a todos aquellos funcionarios que durante años pudieron haber interactuado con agentes reales de servicios de inteligencia extranjeros.

Mientras tanto, Nikolai Tsukanov, jefe y protector político durante muchos años de Alexander Vorobyov, este último arrestado por cargos de espionaje a favor de Polonia, continúa siendo el delegado presidencial en los Urales, y la opinión pública patriótica, los diputados de todos los niveles y otros que luchan contra los espías, por algún motivo no requieren a las autoridades que se ocupen con premura de él.


Víctimas de la lucha virtual

Desafortunadamente, además de las acusaciones infundadas de trabajar para la inteligencia extranjera, que desde hace tiempo no son tomadas en serio, también existe la triste práctica por parte de los servicios especiales de fabricar casos penales reales en virtud de artículos del Código Penal que versan sobre espionaje y otros que entran dentro de la esfera de su competencia.
Uno no puede dejar de recordar la acusación de espionaje contra el científico Vladimir Lapygin, quien recientemente cumplió los 79 años. Este científico fue sentenciado a 7 años de prisión en una colonia de régimen forzoso, acusado por el delito de revelación de secretos de estado, aunque finalmente fue reconocido como preso político.

Según el centro de protección de Derechos Humanos “Memorial”, en este caso en concreto, “el procedimiento penal se llevó a cabo bajo la acusación de un delito, cuyo hecho estuvo ausente y en violación del derecho a un juicio justo”. Pero incluso antes de la historia de Lapygin se produjeron muchos casos similares, y hay muchas razones para creer que él no será la última persona en encontrarse en una situación de este tipo.

Juzgar y encarcelar a agentes imaginarios entre científicos de edad avanzada o fabricar casos de intentos de golpe de estado por parte de algunos adolescentes (como en el caso de la llamada “Nueva Grandeza”) es, por supuesto, más fácil y más rentable para estos numerosos servicios de inteligencia rusa con poderes ilimitados, que ocuparse de lo que deberían hacer y por lo que los contribuyentes pagan sus impuestos.

El caso de Oleg Smolenkov pone de manifiesto lo absurdo y trágico de la situación actual: mientras las autoridades rusas simulan una lucha ficticia contra la “influencia occidental”, y espías fantasmagóricos (supuestamente ocupando las estructuras de la oposición, organizando protestas y siendo responsables de todos los problemas y desgracias del estado ruso), agentes reales de la inteligencia extranjera, podrían haber trabajar con éxito en el corazón del aparato estatal, en la administración del presidente Putin.


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