Historias mínimas en medio del caos de Quito: cascotes, gases lacrimógenos y las flores de Amparito

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Amparito es una vendedora de flores que parece ser de ficción. Sorprende por su amabilidad en medio de una escena de caos en las calles de Quito, que le compite por

su prolongación en el tiempo, a aquella que se vivió en Argentina en 2017, en torno al Congreso, cuando Mauricio Macri impulsó la reforma previsional. Con 49 años, esta mujer de baja estatura, voz dulce y envolvente, se dedica a vender flores. O al menos eso hacía hasta hace una semana. El negocio, cuenta, se desplomó cuando comenzaron las protestas multitudinarias contra el presidente Lenin Moreno por el “paquetazo” de medidas económicas. “Ya no me entregan flores y las que tengo no se les vendo a nadie”, relata a Clarín. Pero no se desanima: con una sonrisa dibujada en su cara, como si no hubiera estado casi ocho horas enfrentando gases lacrimógenos y esquivando perdigones de las fuerzas de seguridad en el Casco Histórico -una zona donde predominan las calles angostas y las construcciones tienen mucho de San Telmo-, Amparito cree que la protesta es la única salida para forzar al mandatario ecuatoriano a revertir sus anuncios y está dispuesta a “perder dos o tres semanas más, pero recuperar los derechos” que, entiende, le fueron arrancados al pueblo. 

La serenidad de Amparito contrasta con las postales de guerra que se viven en el centro, en la zona más antigua. Y, también, con el vacío que se respira en otras zonas de Quito, virtualmente sitiada por el toque de queda decretado por Lenin Moreno esta semana a partir de los disturbios. Para un visitante, alguien ajeno a Quito, el trayecto desde el aeropuerto hasta las zonas hoteleras remite a escenas de series apocalípticas, de esas en las que la falta de gente en las calles agiganta los paisajes y la inmensidad del abandono. En La Carolina, en tanto, un coqueto barrio con conexiones con Puerto Madero, donde hay varias cadenas de hoteles internacionales, el único indicio de que algo fuerte está pasando al otro lado de la ciudad es el refuerzo de la seguridad privada.

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Pero alcanza con subirse a un auto y conducir unos pocos kilómetros para sentir con fuerza que cualquier cosa puede pasar. Calles liberadas, tomadas por los manifestantes, en sus diversos grupos: están los pueblos originarios, alineados en la Confederación de Nacionalidades Indígenas (Conaie), trabajadores, estudiantes y sectores feministas. Todos tienen motivos para reclamar. Hay consignas tan diversas que hay que anotarlas para entender la amplitud de las manifestaciones: contra la quita del subsidio a los combustibles, el Fondo Monetario Internacional, por el préstamos que acordó Moreno; por la suba del IVA, y a favor de la despenalización del aborto en casos de violación, que semanas atrás fue negado por la Asamblea Nacional.

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Entre cascotes gigantes, bombas molotov y cañitas voladoras que arrojan unos contra policías; y gases y balazos de goma que llegan para dispersar, hay quienes hacen su negocio: pequeños grupos que se aprovechan de los enfrentamientos para salir a hacer de las suyas. Arrebatadores, carroñeros, que esperan el momento y, cuando detectan presas fáciles, avanzan en modo piraña. Como en todos los países del mundo, no faltan los que les echan la culpa a los “extranjeros que llegaron en el último tiempo”. “No caminen solos”, es el mensaje que les entrega a los turistas. Es el mismo que adoptan los periodistas que llegan equipados con cascos, barbijos, máscaras antigas y hasta gafas protectoras, para cuidarse entre sí, de eventuales violentos de ambos lados.

En el infierno también se producen situaciones tragicómicas. Pasadas las 14, dos policías mujeres aprovechan un cese temporal de los disturbios y se retocan el maquillaje sentadas en el pilar de un negocio con ventanas arrasadas por las piedras. Al lado de ellas, dos compañeros se tapan la cara con las gorras y aprovechan para estirar las piernas mientras comen una ensalada de fruta.

Más: no faltan los 'buscas buenos' vendedores ambulantes que se apostan cerca de los manifestantes y detrás de las fuerzas de seguridad para ofrecer sus productos en el momento justo. Se hacen el día con tabaco (para repeler la irritación de gases), caramelos, barbijos de enfermería, agua y vinagre.

Los manifestantes se enfrentaron a la policía antidisturbios. ((foto AP)

Los manifestantes se enfrentaron a la policía antidisturbios. ((foto AP)

“¿No se dan cuenta que todos somos el pueblo? Ustedes también son el pueblo”, les gritan los manifestantes más pacíficos a los que van a buscar los policías más violentos en el Parque La Alameda, donde está enclavado el Monumento a Simón Bolívar. Casi calcada, la ironía también se ve del otro lado: cerca de la Plaza del Teatro, otro epicentro de incidentes, resisten un grupo de policías que sólo atinan a defenderse y portan escudos con leyendas que imploran clemencia: “Soy padre de tres hijos”, dice el de uno de ellos.

Para el recién llegado a la marcha, los olores al principio son inconfundibles. Pero a la hora, como mucho, todo cambia. La nafta, el kerosene, el caucho de las gomas, las fogatas de eucaliptos y hasta la materia fecal huelen igual.

Todo se calma cerca de las 20, hora en la que comienza a regir la prohibición para circular por las calles. Allí, se escucha el ruido de una moto, pero no de policía, sino con la caja amarilla, de esas aplicaciones de delivery que todo lo llevan, a cualquier hora. Ironía aparte, pasa justo enfrente de una enorme pintada que pide “No a la reforma laboral”.

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