España: ahora la presión es sobre el gobierno de Pedro Sánchez, mientras la calma vuelve a Barcelona

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Aunque dolorida, Barcelona lleva dos noches sin barricadas ni hogueras. Y a pesar de que las manifestaciones en rechazo a la condena penal que recibieron los líderes políticos independentistas

de Cataluña se siguen enhebrando desde que se conoció la sentencia el 14 de octubre, la tensión que electrificaba la calle pasó al plano político.

En un todos contra todos, el presidente catalán, luego del infierno de ocho horas de violencia callejera durante las que Barcelona se desangró en la madrugada del sábado, llamó por teléfono dos veces al presidente en funciones Pedro Sánchez​, quien se negó a atenderlo “porque espera una condena efectiva y directa respecto de la violencia en Cataluña”.

“Negarse al diálogo es en este momento una irresponsabilidad absoluta que estoy convencido de que la comunidad internacional no entenderá de ninguna manera”, dijo Quim Torra.

Y en tiempos de pre-campaña para las elecciones del 10 de noviembre, a la oposición se le hace agua la boca criticando el modo en el que el gobierno del socialista Sánchez está gestionando la crisis catalana y presionándolo para que intervenga Cataluña.

Albert Rivera, el catalán que lidera Ciudadanos, estuvo este fin de semana en Barcelona. Improvisó una acto el domingo por la mañana y se despacho contra Sánchez: “No quiero ser presidente para tener un helicóptero o para dormir en La Moncloa sino para defenderos a todos y meter en la cárcel a los que intentan romper este país”, dijo en la Plaza San Jaume.

El presidente del Partido Popular, Pablo Casado, tampoco perderá la ocasión de hacerse ver por Cataluña: estará este lunes en Barcelona donde seguramente volverá a insistir con lo que dijo este domingo: “Sánchez es rehén de sus compromisos. Sin los votos de Torra, Sánchez nunca hubiera sido presidente y por eso, quizá, no puede hacer nada”.

La postal del independentismo hoy presenta una complejidad inusual: fracturado en la cima, con un liderazgo cuestionado, encuentra en la gente, esa que no pasa un día sin gritar “las calles serán siempre nuestras”, una respuesta constante y precisa a los ideales de la república.

La de hoy, fue una tarde de domingo reivindicativa. Unas 2.700 personas hicieron una sentada frente a la delegación del gobierno central en Barcelona, en el cruce de las calles Mallorca y Bruc.

Fueron convocados por la plataforma Picnic por la República que, como casi en todas sus movilizaciones, invitan a traer cotillón: esta vez, la consigna era que los asistentes se sumaran a la concentración con sus propias bolsas de residuos, algunas con fotos de funcionarios cuestionados. Las revolearon frente a la delegación, que quedó hecha un basural.

En la misma plaza Urquinaona de Barcelona donde el viernes por la noche hubo durante ocho horas lluvia de piedras y gases lacrimógenos, el sábado se convocó una nueva manifestación que comenzó con una cadena humana que separó la concentración del cordón policial.

Agentes de los Mossos d’Esquadra registraban las mochilas de las personas que se acercaban a la plaza Urquinaona y grababan con celulares a los manifestantes quienes, molestos con la medida, estallaron en un “¡Fuera las fuerzas de ocupación!”.

Hombres y mujeres enlazaron sus brazos para separar la movilización, que reunió a unos 6.000 manifestantes, de la línea de Mossos d’Esquadra que, luego de las veladas tormentosas que venían teniendo, estaban preparados para disuadir posibles ataques que, esta vez, no se concretaron. Por suerte.

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