De Chile a Bolivia: el regreso de "los indignados" frente a una clase política que no ve ni escucha

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El temblor político que sacude a la región ha dejado al descubierto paradojas notables, una muy interesante expone parecidos inesperados entre el chileno Sebastián Piñera y el bolivianoEvo Morales.

Justamente, la suposición de que estos políticos representan mundos opuestos entre ellos se disuelve frente a un comportamiento similar que le quita valor, no escucha o sencillamente ignora lo que sucede debajo de ellos, política o económicamente, o ambas.

Piñera y el resto de la mayoría de la clase política chilena, desconoció o no vio señales consistentes sobre la crisis distributiva que amontona en el abismo a un gran sector de la sociedad chilena no bendecida por el ingreso. Morales, a su vez, quedó atrapado en una elección enredada y cargada de sospechas, porque desconoció de modo autoritario un referéndum que lo inhabilitaba para buscar una nueva reelección, la cuarta. Ese desprecio estuvo en extremo presente en el enojo de los votantes de este domingo que castigaron al gobierno que, además, enfrenta el agotamiento de una economía que hasta ahora había venido creciendo. La obsesión de perpetuación del mandatario boliviano ignorando a sus propios electores exhibe la misma miopía que su colega chileno cuando atribuye la protesta callejera a “una guerra”.

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¿Cuál guerra? En Chile los números nacionales impresionan a nivel macro por la caída de la pobreza o un envidiable per capita superior a los 20 mil dólares anuales. Pero al observar la relación de esos datos con la población se advierte que el 1% más adinerado de los chilenos retiene el 26,5% de la riqueza contra el 2,1% que se reparte el 50% de los hogares. El resultado es una grieta fenomenal que incluye la educación y la salud.

Esta disfunción sucede en la misma línea de la reciente rebelión ecuatoriana contra el aumento empinado del combustible por el retiro de los subsidios a las naftas que dispuso el presidente Lenin Moreno sin querer advertir que esa corrección golpeaba a la gente de menores ingresos. O en la Francia de Emmanuel Macron por la restricción al uso del gasoil, el combustible de la gente menos beneficiada y que disparó la protesta de clase media y media baja de los chalecos amarillos.

No hay ideología en estos fenómenos, o por lo menos no la hay solamente. El propio Hong Kong protagoniza desde hace meses un levantamiento libertario contra Beijing, pero si se observa con atención, el estímulo de esa bronca callejera es una economía asfixiante donde no hay viviendas ni salarios para pagarlas y que solo salva a un pequeño segmento enriquecido. En el Líbano van seis días de movilizaciones que acorrala al gobierno de Saad Hariri en la llamada “revolución del whatsapp” por la imposición de gravámenes a las llamadas que se hacen por esa vía. Es una gota mínima pero que desbordó el vaso de una economía en crisis.

Todos son ejemplos de una misma tendencia irritada que se refleja en las calles o en las urnas con abismales votos castigo. Lo que pesa en estos movimientos tectónicos es el agotamiento de los sectores de ingresos medios y medios bajos por la forma en que se han venido haciendo las cosas. Estas demandas, como señalaba el sociólogo de Münich, Ulrich Beck, sobre el fenómeno de los indignados de hace una década, van desde las calles a la instituciones en reclamo de más democracia para que los Estados recorten la desigualdad y no pierdan de vista a los votantes. Como eso no ocurre, lo que se desarrolla es un peligroso cansancio de la democracia y la generalización de movimientos antisistema, muchos de ellos de formato violento como los black bloc europeos.

Sebastián Piñera. DPA

Sebastián Piñera. DPA

Hay un punto de alerta que no debería ser descuidado. La generalización de la protesta coincide con la finalización de un periodo de auge en el norte mundial y la reaparición del fantasma de la recesión. Si los países no crecen y no repartieron cuando pudieron menos lo harán en horas bajas. Es claro que la demanda se irá multiplicando. No se requiere de una gran imaginación para comprender de qué se trata la solución de este dilema.

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