El fantasma del Muro de Berlín

Internacionales
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Berlín. Enviado especial

Recorro los remanentes del Muro de Berlín, sobre la calle Bernauer, en compañía del doctor Gerhard Salter, director del Departamento de Investigación y documentos: además del

restante de concreto, han dejado unas vigas circulares de hierro, de la misma altura del Muro, por las que sí se puede pasar, para recordar la división de esta ciudad entre 1961 y 1989. 140 personas, por lo menos, murieron en el intento de alcanzar la libertad. Hay varios niños entre ellas; algunos se ahogaron en el río Spree, que atravesaba la frontera entre las dos Alemanias: si algún adulto se aventuraba a lanzarse en su rescate, podía ser asesinado por los guardias del lado Oriental. Las fotos expuestas son como jugo de limón sobre la tinta invisible del pasado, la barbarie de la historia reciente. Por esas vigas de hierro, el fantasma del Muro, ya podemos transitar, pero el aura de la desgracia está allí.

Atravesar el puente que sale apenas de mi calle, la Bertolt Brecht, para avanzar por la Friedrichstraße, es internarse en la película de Fritz Lang, Metropolis: desde la monumental fachada de la librería Dussman, hasta la imponente cercanía de los rascacielos, como un abrazo algo forzado de gigantes, esas cuadras son la reminiscencia de algunos de los afiches del film. Anunciaban un futuro que ni siquiera hoy es presente: como muchas otras partes de Berlín, parte de este recorrido fue destruido durante la Segunda Guerra, reformulado durante el comunismo, y alcanzó su destino más apacible, aunque nunca del todo estable, desde la reunificación.

Pasamos por la Breitscheidplatz, donde en diciembre de 2016 un terrorista islámico asesinó a 12 personas, montado en un camión. Casi sin solución de continuidad, aparecemos en un centro evangelista de integración de refugiados e inmigrantes, en la Wallstrasse. Participantes recién llegados de Siria, de Afganistán, de Ucrania, cantan junto a berlineses de toda la vida, del Este y del Oeste, en un Coro de Integración: no sé qué de extraño tiene para mí escuchar la melodía de Noche de paz, noche de amor, en esta capital tan exitosamente funcional y ominosa a la vez.

El memorial del Muro en la Bernauer Strasse, en Berlín. El 9 de noviembre de 1989 se rompió la barrera entre las dos Alemanias. /REUTERS

El memorial del Muro en la Bernauer Strasse, en Berlín. El 9 de noviembre de 1989 se rompió la barrera entre las dos Alemanias. /REUTERS

La sensación sobre el pasado en Berlín no es que vuelve, sino que nunca se va. Precisamente hay algo de civilidad, de rigurosa normalidad, de bonhomía y pulcritud, en la ciudad en sí y en los alemanes en general, que hace muy difícil comprender que en este espacio, entre los bisabuelos, abuelos y padres de esta misma gente, haya comenzado y terminado el siglo XX, en sus peores catástrofes: el comienzo y el final de la Primera Guerra Mundial, la circunstancial ceguera del cabo Hitler, su ascenso vertiginoso al poder, la expansión de la bestia nazi, el genocidio de seis millones de judíos, más de cincuenta millones de personas muertas en la conflagración, la construcción del Muro y su derribo.

Una imagen del 11 de noviembre de 1989, con jóvenes de Alemania oriental sentados sobre el Muro. /AFP

Una imagen del 11 de noviembre de 1989, con jóvenes de Alemania oriental sentados sobre el Muro. /AFP

La presente conmemoración de los 30 años del final del experimento soviético en el mundo y en Berlín. Todo ocurrió en esta ciudad donde parece, con una calma inverosímil pero cierta, que nunca hubiera pasado nada malo. No hay un papel ni un percance.

El respeto por las reglas es hegemónico, y un argentino lo aprecia. En el centro del Coro del Encuentro descubro a la señora Gabriele Wojtiniak, que pasó 40 años de su vida en Alemania del Este. Estuvo casada con un señor boliviano que llegó al Berlín de Honecker como exiliado del Chile de Allende; ella dirigió el documental Los chilenos de Honecker. Comenta que la integración de los berlineses orientales en la Alemania reunificada fue dificultosa; pero cuando le pregunto qué extraña del modo de vida comunista, responde luego de una muda reflexión: nada.

Aplicó ante las autoridades comunistas para visitar Alemania Federal en 1985, y le concedieron el permiso en 1989, unos días antes de que ya no hiciera falta. Una coetánea de Gabriele, pero en la calle Kremmener, desde donde se veía el Muro y a los guardias disparando contra los fugitivos, relativiza la opresión comunista, pese a que, luego de la caída del Muro, descubrió que algunos de sus propios amigos le entregaban informes sobre ella a la Stassi.

La dueña de casa recuerda que veía a los guardias disparando contra la gente que caminaba por allí, pero la señora responde que no disparaban contra quienes caminaban, sino contra quienes intentaban fugarse. La diferencia entre un verbo y otro, mirando por la ventana, me resulta borrosa e inquietante. Hoy por la tarde celebrarán el reencuentro con la libertad, en la puerta de Branderburgo: espectáculos musicales, teatrales, perfomances y show de luces: desde las vanguardias artísticas hasta temas pegadizos. Luego un after show en discotecas, que fueron uno de los símbolos del reencuentro: en las catacumbas de Berlín oriental, luego de la caída del Muro, las primeras zambullidas en los placeres de la individualidad.

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