La renuncia de Evo Morales: un final que comenzó a gestarse en 2016

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Los hechos se precipitaron con más vértigo del esperado. Hace apenas tres semanas cerca de 7 millones de bolivianos acudieron a las urnas para elegir al presidente y vicepresidente para el

período 2020-2025. Se esperaba una victoria de Evo Morales. La duda era si alcanzaría el porcentaje necesario para ganar en primera vuelta o debería ir a un balotaje. Después de casi 14 años al frente del gobierno, Evo veía amenazada su continuidad en el poder si la oposición lograba unirse para una eventual segunda vuelta. Ese era el escenario más temido por el oficialista Movimiento al Socialismo. Pero el epílogo de este convulsionado proceso electoral, luego de 20 días de agitación y escenas de violencia, muestra una derrota aún más profunda del primer presidente indígena de Bolivia.

Acaso la soberbia o la miopía de no haber escuchado a aquél 51,3% que en 2016rechazó en un referéndum una reforma constitucional que habilitara una nueva reelección del presidente haya sido el pecado original de esta crisis. La insistencia en mantenerse en el poder burlando la Constitución que el propio Morales promulgó en 2009, que permite sólo dos mandatos consecutivos –Evo ya iba por el tercero- no fue un detalle menor. La sensación de que su candidatura este año era “ilegítima” se extendió por gran parte de la sociedad boliviana, aún entre aquellos que le habían dado su respaldo en 2005, cuando llegó al poder por primera vez con el 54% de los votos, y también en 2009 y 2014, cuando logró la reelección con más del 60%.

Es cierto que Bolivia cambió desde la llegada del MAS al poder. Lo reconocen hasta sus más grandes detractores, los que forzaron esta renuncia. El hasta entonces país más pobre de América del Sur logró un crecimiento económico destacable, de la mano de la nacionalización de los hidrocarburos, la medida estrella que adoptó el gobierno el 1º de mayo de 2006.

El enfrentamiento inicial con las compañías extranjeras que explotaban el gas y los minerales del suelo boliviano dio paso luego a una serie de acuerdos y compensaciones que beneficiaron notablemente al país. De la mano de un flujo considerable de ingresos extranjeros por la venta de esas materias primas, Bolivia creció a un ritmo promedio del 4,5% anual. El gobierno supo redistribuir los ingresos con planes sociales que permitieron a más chicos ir a la escuela, que beneficiaron a jubilados y a mujeres embarazadas. Entre 2005 y 2018 la pobreza extrema cayó del 38% al 15%. Este es apenas uno de los datos que Evo Morales destaca como sus logros.

Además de haber conseguido la inclusión en la sociedad de amplios sectores históricamente discriminados o directamente ignorados, como los indígenas. Hoy Bolivia se enorgullece de ser un Estado Plurinacional, en el que las mujeres con “polleras” (la vestimenta tradicional de algunos pueblos originarios) pueden ocupar cargos públicos o espacios en empresas privadas.

Con una combinación equilibrada entre "socialismo" y capitalismo, el gobierno de Evo Morales consiguió una modernización y una pujanza que pocos imaginaban hace 14 años. Pero, mientras algunas señales ya muestran falencias en la economía –el crecimiento comienza a reducirse y se incrementa notablemente el déficit fiscal pues caen los ingresos extranjeros- lo que más pesó en este desenlace inesperado fue la sensación de hartazgo de una sociedad que manifestaba que el tiempo de Morales llegaba a su fin.

La idea de que el Ejecutivo también se cerraba cada vez más a la disidencia, de que el gobierno viraba hacia una “dictadura” donde se rechazaban las opiniones divergentes fue otro factor clave a la hora de pedir este cambio.

Evo se despidió reiterando que se trata de un golpe de Estado. Pero lo cierto es que en las calles no se ven tanques militares ni armas apuntando a la Casa de Gobierno. Lo que pesó en estas tres semanas de movilización fue la fuerza del pueblo en la calle, los ciudadanos de a pie que salieron a decir basta. Una indignación acumulada desde aquél polémico fallo judicial que en 2017 avaló la reelección indefinida –en respuesta a una demanda del gobierno tras el revés en el referéndum de 2016- y alimentada con las evidencias de manipulaciones en el proceso electoral de este 20 de octubre, certificadas por dos auditorías diferentes, entre ellas la de la OEA exigida por la oposición.

El escenario ahora es de profunda incertidumbre. Quién y de qué manera tomará las riendas del poder es apenas el primero de los interrogantes que se abren, mientras quienes hasta ayer protestaban ahora celebran en las calles de distintas ciudades de Bolivia. Vendrá ahora una etapa de transición en la que no será sencillo conciliar a los dos grandes bandos en que quedó dividido el país. Quien asuma el poder, aunque sea en forma provisoria, deberá tener un agudo manejo del poder para que el país pueda seguir avanzando.

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