En El Alto la única demanda de los indígenas es que vuelva Evo Morales y se llame a elecciones

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-¿Quién es usted? ¿qué está grabando?

-Soy periodista de Argentina.

-Ahhh, de Argentina, entonces grabe, grabe todo y cuente lo que nos pasa. Y dígale a los demás periodistas que

vengan, que digan la verdad, así todo el mundo sabe lo que está pasando en Bolivia. Nosotros somos pacíficos, pero dicen muchas mentiras de nosotros....

El diálogo es en el corazón de El Alto, la ciudad a 4.000 metros de altura sobre La Paz, donde una enorme convocatoria de la comunidad indígena se organiza para conformar un consejo que exprese sus demandas en este momento tan crítico en Bolivia.

Rosmary se adelanta y pide que la escuche. “El Alto se ha puesto de pie, señor periodista. Nuestro primer reclamo es que se vaya esa señora (Jeanine) Añez. Ninguno de nosotros la reconocemos como nuestra presidenta. Nadie. Segundo, no queremos que en estas elecciones se presenten (Carlos ) Mesa ni (Luis) Camacho, son derechistas y racistas. Nosotros somos el pueblo”.

Se arremolinan, arman círculos, opinan. Hablan al micrófono, pero también a su gente. “Quiero que regrese mi presidente (Evo Morales​), porque ha sido elegido democráticamente. ¿Ahora quién gobierna? Esa señora Añez. No es mi presidenta, nunca le voy a decir mi presidente”, dice Akilla, con sus polleras multicolores y su sombrero bombé. Todos aplauden y gritan a coro: “Que renuncie, que renuncie”.

Esta semana, grupos de indígenas de El Alto fueron hasta la vecina La Paz para protestar contra el gobierno de Jeanine Añez. /AFP

Esta semana, grupos de indígenas de El Alto fueron hasta la vecina La Paz para protestar contra el gobierno de Jeanine Añez. /AFP

En esta larga avenida llamada Panorámica se aglutinan las comunidades indígenas de los 14 distritos de la populosa ciudad. Jugueteando entre las nubes circula un moderno teleférico que contrasta con los puestos callejeros, las carencias y la pobreza que se empeña en perpetuarse en este macizo andino.

A Evo no le cuestionan nada. O, más preciso, le perdonan todo. Sienten que fortaleció la idiosincrasia del pueblo aymara, que hizo valer sus derechos, y ese sentimiento impregna cada espacio en esta ciudad andina. “Evo nos dio todo. Con él recuperamos nuestra identidad, nuestros valores. Ahora se respeta la Whipala (la bandera multicolor indígena), se respeta el poncho, se respeta la pollera coya”, apunta Venicio Ramos, que se abrió paso sólo para decir esa frase.

Yolanda tiene discurso de líder y conduce a su gente. “Aquí, el reclamo no es del MAS o del menos”, ironiza con las siglas del partido de Evo. “Esto es del pueblo. Esta Jeanine Añez ​se ha tomado atribuciones que no le corresponden. Se la ha puesto para que llame a elecciones y no para matar al pueblo. Ahora nos dicen que la gente del Alto es una horda masista, que somos maleantes. No señor, somos el pueblo, y estamos molestos, muy molestos”.

La organización es precisa. Nadie dicta normas a esta altura, pero todos cumplen los preceptos, y respetan los códigos. Hay un orden y una sincronía vital. Claro que tienen diferencias y choques. El Alto no es homogéneo. Muchos prefieren no participar de las movilizaciones. Pero la presión comunitaria es determinante, con sanciones y penalidades.

La figura de Evo también es cuestionada aunque con indulgencia. Algunos sienten que los abandonó. “Evo se ha ido por su seguridad. Pero debía estar presente aquí. No debía abandonarnos. El debería venir aquí con los alteños. Y que él llame a las nuevas elecciones”, remarca Jaime, de piel aymara y gesto elocuente. “Nosotros invitamos al hermano Evo a que venga aquí, el pueblo alteño le va a brindar seguridad. Que vuelva, que se presente aquí y lo vamos a llevar al Palacio de Gobierno”, agrega, para rematar con una advertencia: “Recién ahí se va a calmar el pueblo”.

Desde la ciudad de El Alto, a 4.000 metros de altura, se tiene una vista privilegiada de La Paz. /AFP

Desde la ciudad de El Alto, a 4.000 metros de altura, se tiene una vista privilegiada de La Paz. /AFP

En grupos de 15, 20 personas discuten, opinan, bajan línea política. Cruzan ideas. Son pequeñas asambleas que después elevarán la propuesta a sus autoridades. Una rareza en esta “modernidad líquida” de relaciones etéreas, frágiles. Se parecen más al sóviet de Lenín o Trostky. Repudian a la policía, pero tienen cierta simpatía con los militares. “Es que el Ejército está compuesto por nuestra gente, nuestros hijos. Los oficiales les dicen que apunten a su gente, pero cómo lo van a hacer. Somos sus padres, sus hermanos. Y sabe qué, nosotros les vamos a decir a nuestros hijos que no vayan a los cuarteles. No les va a quedar nadie”, sentencia Jaime.

Con la llegada de las columnas de los distintos distritos, cada una ondeando sus banderas Wiphala, la gente estalla en aplausos y vivas. Son muchos y lo saben. Saben que los paceños tiemblan cada vez que bajan al centro de la ciudad, al círculo de poder en la Plaza Murillo, haciendo resonar sus reclamos. Pequeños cartuchos de dinamita retumban ensordecedores a cada momento.

Lo que hace una semana empezó con barricadas y protestas ya se está convirtiendo en una multitud rabiosa que se siente desplazada por el gobierno interino, que se empeña en marcar las diferencias y en demorar la convocatoria a elecciones.

La movilización de este sector, coordinada con los cocaleros del Chapare, cuna política de Morales, será clave en la relación de fuerza entre los manifestantes y los cordones policiales y militares que protegen el centro cívico de La Paz.

La Paz, enviado especial

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