Ingmar Bergman, el cineasta que supo amar

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Que un cineasta sea recordado y reconocido por sus pares, por el público y por la crítica no es un logro que puedan alcanzar muchos. Ingmar Bergman es uno de los

escasos ejemplos en los que el aprecio a su cine concitó –y concita- apasionamiento y devoción en distintas generaciones. Fue un hombre que no se inhibió jamás, y que indagó sobre la angustia ante Dios, la dicotomía del Bien y del Mal y hasta las entrañas de las relaciones amorosas, de pareja o familiares.

El realizador, en los años '60. Foto: AFP

El realizador, en los años '60. Foto: AFP

Ernst Ingmar Bergman nació el 14 de julio de 1918 en Upsala, Suecia. Hijo de Karin Äkerblom, una madre dominante, y Eric Bergman, un rígido pastor protestante, siempre pareció debatirse entre la desesperación y la fe. No por nada escribió en sus memorias (Linterna mágica) que “casi toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como el pecado, la confesión, el castigo, el perdón y la misericordia, factores concretos en las relaciones entre padres e hijos, y con Dios”.

El legado de Bergman es infinito. En sus 70 largometrajes, para cine o TV, más de 130 puestas teatrales y sus guiones para la radio, el teatro y la televisión la herencia de sus inicios teatrales es la densidad, la solidez de sus diálogos.

Marcando una escena en el rodaje de "Fanny y Alexander" (1982), ganadora del Oscar al mejor filme hablado en idIoma extranjero. Foto: Archivo Clarín

Marcando una escena en el rodaje de "Fanny y Alexander" (1982), ganadora del Oscar al mejor filme hablado en idIoma extranjero. Foto: Archivo Clarín

Bergman nunca ganó él un Oscar, premio para el que fue 9 veces nominado, pero algunas de sus películas sí lo obtuvieron (La fuente de la doncella, Detrás de un vidrio oscuro y Fanny y Alexander).

Observador insistente, las preocupaciones existenciales de Bergman pasaron entonces por el amor y la muerte, el pecado y el perdón. No en vano es considerado el cineasta –y dramaturgo- más sobresaliente no solamente del cine sueco y europeo.

Sus personajes solían rondar la angustia cuando no la desesperación.

¿Acaso no era él un hombre neurótico y de pésimo carácter?

Junto a su pareja (nunca contrajeron matrimonio) Liv Ullmann, el 26/02/19068 en Roma, Italia. Bergman construyó su casa en la pequeña isla báltica de Fårö sobre una playa de piedras y no de arena fina. Allí falleció, y ella estuvo a su lado. Foto: DPA

Junto a su pareja (nunca contrajeron matrimonio) Liv Ullmann, el 26/02/19068 en Roma, Italia. Bergman construyó su casa en la pequeña isla báltica de Fårö sobre una playa de piedras y no de arena fina. Allí falleció, y ella estuvo a su lado. Foto: DPA

En su autobiografía recuerda, no sin algo de recelo, cuando tenía 8 años y su hermano mayor Dag recibía un proyector de cine, y él, un osito de peluche. No tenía 20 años cuando decidió abandonar la casa materna y se instaló en Estocolmo, la capital sueca. Aunque le gustaba el cine, primero se dedicó al teatro universitario.

Es a fines de los años ’30 cuando conoce a Erland Josephson, actor del que se hace amigo hasta su muerte. En 1942, y luego de estrenar su propia obra La muerte de Punch, la Svensk Filmindustri lo invita a integrarse y formar parte de equipo de guionistas. Bergman se transformó en lo que hoy se considera un ghost writer, o escritor fantasma: leía, revisaba y retocaba guiones ajenos, mientras continuaba redactando sus propias obras de teatro.

Aunque es valorado como cineasta, Bergman no abandonó el teatro: en los años ’50 llegó a montar dos obras por año en el teatro municipal de Malmo, adaptando a Ibsen, Strindberg, Molière o Shakespeare. Eso lo hacía en invierno. En el verano se dedicaba a rodar sus películas.

Hijo de un pastor luterano y una madre rígida, la infancia marcaría su creación. Foto: AFP

Hijo de un pastor luterano y una madre rígida, la infancia marcaría su creación. Foto: AFP

Su primer guión (Tortura), que dirigió Alf Sjöberg, se basaba en un trauma infantil: el terror que le tenía a un profesor. En 1945 la Svensk Filmindustri le ofrece dirigir su primera película, Crisis, que no es un guión original sino la adaptación propia de una obra danesa, pero que tiene en su protagonista las cuestiones que le obsesionaban en su primera época: un ser temeroso, ansioso, un alter ego apenas disimulado en la ficción.

Si su compatriota Sven Nykvist fue “su ojo” detrás de cámara, iluminando sea en blanco y negro o en color la mayoría de sus realizaciones -al extremo de sentirse que uno era indispensable para el otro-, Bergman tuvo en Victor Sjöstrom a su virtual formador. Su padre artístico. En su constitución como artista, Bergman siempre entendió que a los actores debía tratarlos como seres especiales, y siempre se preocupó por retratar sus rostros para extraer lo insondable de sus personajes.

"Persona", la película que protagonizaron Liv Ullmann y Bibi Andersson. Ambas fueron pareja del director que el sábado 14 de julio hubiera cumplido 100 años. Foto: Archivo Clarín

"Persona", la película que protagonizaron Liv Ullmann y Bibi Andersson. Ambas fueron pareja del director que el sábado 14 de julio hubiera cumplido 100 años. Foto: Archivo Clarín

“Siento la necesidad acuciante de apuntar la cámara sobre los actores lo más cerca posible -ha dicho-. Acurrucarlos contra la pared, extraerles hasta la última expresión. Tanto Persona (1966), o Cara a cara (1976) están cimentadas en primeros planos.

Es en los ’50 cuando se afirma como realizador, comenzando con dos historias de amor, Juventud, divino tesoro (1951, que se exhibió en el Festival de Mar del Plata en 1954) y Un verano con Mónica (1953). Luego llegaría, quizá, su mejor etapa: Noche de circo, Sueños de una noche de verano, El séptimo sello, Cuando huye el día, La fuente de la doncella

"Cuando huye el día", con Victor Sjöström, Bibi Andersson, Ingrid Thulin.

"Cuando huye el día", con Victor Sjöström, Bibi Andersson, Ingrid Thulin.

Ya en los ’60, con Detrás de un vidrio oscuro, El silencio y Persona es un autor consagrado. Y si en los ’50 comienza a coquetear con la televisión, en los ’70 alterna con filmes rodados fuera de Suecia, como Cara a cara y Gritos y susurros con El huevo de la serpiente o Sonata otoñal. Son películas quizá, si se permite el término, más diáfanas, o más fáciles de consumir por el gran público y menos metafísicas.

Imposible aquí resumir su monumental obra, que incluye ya en su última etapa De la vida de las marionetas (filmada para la TV, como lo había sido su versión de La flauta mágica) y Fanny y Alexander (su último largometraje de ficción para el cine, de 1982). A partir de entonces sus producciones serán televisivas (entre ellas, En presencia de un payaso) llegando hasta Saraband, su obra póstuma, en la que vuelve a tener tintes autobiográficos. Marianne (Liv Ullmann) , unos treinta años después de haberse divorciado de Johan (Erland Josephson, uno de sus actores fetiches), decide visitar a su ex marido en su casa de verano. Llega en medio de un drama familiar entre el hijo de Johan de otro matrimonio y su nieta.

"El séptimo sello", o cómo jugar al ajedrez con La Parca. Foto: Archivo Clarín

"El séptimo sello", o cómo jugar al ajedrez con La Parca. Foto: Archivo Clarín

Se casó cinco veces y tuvo otras tres parejas (todas actrices: Harriet Andersson, Bibi Andersson y Liv Ullmann, que trabajaron con él) y tuvo 9 hijos.

Cuando falleció, el 30 de julio de 2007, en su residencia de Fårö, la isla donde se había prácticamente recluido en los últimos años, lo hizo en los brazos de Liv Ullmann. La actriz, que supo ser su mujer, sintió como un llamado del destino, y un día antes de su fallecimiento, abordó un avión para acompañarlo -dijo- “en su último respiro”.

También lo asistían cuatro enfermeras. Y lo hizo rodeado de sus libros y de una filmoteca que, se cree, contenía 400 copias de películas rodadas en 35 mm.

Estirpe. Bergman se casó cinco veces, tuvo otras tres parejas y nueve hijos. FOTO: AP

Estirpe. Bergman se casó cinco veces, tuvo otras tres parejas y nueve hijos. FOTO: AP

Un ciclo en la Sala Leopoldo Lugones permite ver en copias restauradas algunos títulos, para (re)descubrir a un creador sin igual.

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