La Sinfónica de Montreal volvió a deslumbrar en el Colón

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Kent Nagano volvió a deslumbrar, en su segunda presentación para Mozarteum, en el Teatro Colón.

El Concierto para violín y orquesta nº3 de Mozart abrió la primera parte, con la solista

Alexandra Soumm, de un sonido tan fino y filoso como la punta de un diamante, y una amplitud dinámica formidable.

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La juventud desbordante de Soumm se entregó por completo al desafío de la delicadeza mozartiana. Intérprete generosa y aguda, prefirió mantenerse en dialogo permanente con el espíritu camarístico de la orquesta, de sonido prístino y sofisticado, bajo la impecable dirección de Nagano.

En plena sintonía con la orquesta, la violinista respondió a cada uno de los cambios de color (el uso expresivo en los distintos registros del violín es notable), en particular en la sección de desarrollo del primer movimiento, que se escuchó ágil y fresco.

En la vivacidad del movimiento final, con la breve y encantadora serenata entre el violín solista y los pizzicatti de las cuerdas, también dominaron la transparencia y el equilibrio. Pero la atmosfera que se creó en el segundo movimiento fue particularmente deslumbrante, no sólo por la sonoridad lograda en pleno equilibrio con la orquesta -que dejó escuchar los delicados pianísimos de Soumm-, sino por el efecto de suspensión del tiempo.

La violinista leyó un breve mensaje en castellano antes del bis, en el que quiso compartir con el público su entusiasmo por tocar en el Colón por primera vez. “Hermoso país y gran cultura, con el mejor jugador del mundo”, concluyó y soltó toda su fogosidad en el último movimiento de la segunda sonata de EugèneYsaÿe.

En la monumental complejidad polifónica de la Quinta Sinfonía de Mahler, obra que abrió la segunda parte del concierto, continuó dominado el equilibrio, el sentido de transparencia y articulación.

Con su concepción ascética del drama, Nagano atravesó la Sinfonía de principio a fin como una acumulación progresiva de intensidad hacia el gesto grandiosamente teatral del final. El recorrido emocional que trazó el director fue impecable. Ni siquiera la afinación que necesitó la orquesta antes del exuberante Scherzo -con una admirable actuación del corno solista- interrumpió la continuidad del viaje emocional.

Después de los primeros llamados de la trompeta en el primer movimiento, las cuerdas proyectaron una penumbra fúnebre y amortiguada, con un tempo justo, que luego fue sucesivamente interrumpida por erupciones de ira. Nagano dejó oír cada una de las texturas que revelan la infinidad de colores en el primero y en el segundo movimiento, ambos parte de una gran unidad. Se creó el clima perfecto para el largo recorrido, que incluye el célebre Adagietto para cuerdas y arpa, el momento más sobrecogedor de la noche.

La llamada del corno en el último movimiento interrumpió la embriaguez del Adagietto, la amplitud y luminosidad de las sucesivas fugas no podrían haber tenido una mejor definición rítmica y textural. Un balance sonoro impecable contuvo la desmesura del movimiento. Todo se sucedió con un grado de organicidad pasmoso.

Pocas veces se escuchó una versión tan convincente de la Quinta Sinfonía como la que ofrecieron Nagano y la orquesta, con la gran calidez de las cuerdas y sus excepcionales solistas.Después de Mahler, como era previsible, no hubo bises y la orquesta se despidió luego de una larga ovación.

FICHA Orquesta Sinfónica de Montreal Director Kent Nagano Solista Alexandra Soumm (violín) Sala Teatro Colón, martes 8.  Mozarteum Argentino Calificación excelente

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