Alberto y Cristina, la primera coalición peronista

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El sábado estaba sentado tranquilo en la mesa más visible del bar Delicias, en el barrio de La Horqueta. Ni siquiera los anteojos negros, que ocultaban un poco su mirada,

alcanzaban para romper la certeza de que allí estaba el general César Milani​. En calma, sentado solo y al aire libre, a cinco metros de la calle Blanco Encalada en uno de los parajes elegantes que tiene el distrito bonaerense de San Isidro. Con una media sonrisa sobre los labios, el hombre que acababa de ser absuelto de dos causas por secuestros, torturas y desapariciones de argentinos en Tucumán y en La Rioja, parecía disfrutar como pocos el cambio de escenario político en el país adolescente.

El lugar que tendrá Milani en la geografía naciente del poder es apenas una de las muchas incógnitas que se abren hacia el futuro después de la asunción de Alberto Fernández. Otros misterios podrían ser si el desprecio que mostró el flamante ministro de Cultura, Tristán Bauer, por la meritocracia en las estructuras del Estado será un exabrupto o será un eje de la nueva gestión. En cada día, en cada hora, en cada segundo, los dirigentes que acaban de hacerse cargo del gobierno alternan conceptos que van de los aires de pacificación a la inflamación de la venganza.

El nuevo presidente inauguró su mandato planteando en su discurso: “Tenemos que suturar las heridas; apostar a la grieta significa apostar a que las heridas sigan sangrando”. Es una frase que invita al optimismo. Del mismo modo que invitaron al optimismo las imágenes que lo mostraron junto a Mauricio Macri​ en la misa del domingo en Luján y en el histórico momento del traspaso del poder en el Congreso. Lo mismo que abrió un margen de esperanza el diálogo amable entre Gabriela Michetti y Cristina Kirchner, poco antes de que las herramientas máximas del Estado pasaran de unas manos a otras. Mucho más amable que el gesto frío que la vicepresidenta le dedicó a su saludo con Macri.

Claro que ahora se abre el máximo desafío institucional que ha tenido un gobierno peronista desde su fundación, en los días lejanos de 1945. El reto que tienen Alberto y Cristina es el de liderar una gestión de coalición. Una de las muchas palabras malditas que tiene el movimiento que jamás quiso que lo llamaran partido político. Porque coalición significa compartir el poder. Escuchar las opiniones del otro y a veces ceder. Prácticamente una herejía para un peronismo que nació al calor de un líder verticalista como Juan Domingo Perón, y que resurgió y sobrevivió en estas siete décadas bajo los liderazgos ocasionales pero firmes de Carlos Menem, de Néstor y de Cristina Kirchner​. ¿Será capaz ahora de alumbrar el éxito sobre la tensión inevitable de los liderazgos compartidos que deben ejercer Alberto y Cristina?

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La historia reciente del peronismo enseña que Menem consolidó su liderazgo cuando derrotó en elecciones internas a Antonio Cafiero en 1988. Y que revalidó esa preeminencia en 1994, cuando firmó el Pacto de Olivos con Raúl Alfonsín y les puso un techo a las aspiraciones crecientes de Eduardo Duhalde. No había videos en esos primeros teléfonos celulares ni existía el furor por las redes sociales pero la crueldad de los relatos de esos días lo recuerdan a Duhalde llegando en joggins a la Quinta de Olivos para enterarse que la inminente reforma de la Constitución iba a demorar seis años sus sueños presidenciales.

El camino de Néstor Kirchner fue diferente. Asumió el poder con el 22% de los votos y armó su primer gabinete con la mitad de dirigentes propios y la otra mitad heredada de Duhalde, quien lo había elegido como candidato superador de la tragedia de 2001. Le llevó dos años sacarse la sombra de su mentor de encima y lo hizo enfrentándolo en las elecciones legislativas de 2005. Por eso jugó a su mejor carta: a Cristina, quien fue candidata a senadora y terminó duplicando la cantidad de votos que obtuvo Chiche Duhalde en la provincia de Buenos Aires. Game over.

A Cristina le llevó algo más de tiempo. En los primeros años de su gestión compartía liderazgo con Néstor, que apuntalaba la política durante sus encuentros con dirigentes en la Quinta de Olivos. Ambos perdieron las elecciones legislativas de 2009 y parecía que el kirchnerismo entraba en decadencia. Pero la muerte sorpresiva de Kirchner ubicó a su esposa en el centro de la escena y en soledad. El temple con el que sobrellevó los funerales y los meses siguientes de su gobierno le permitieron recuperarse para obtener su reelección con el 54% de los votos. Hasta el final de su segundo mandato nadie le discutió el liderazgo y fue ella la que eligió a Daniel Scioli como candidato heredero. Y a Carlos Zannini como su acompañante.

La situación de Alberto y Cristina en el universo del peronismo es absolutamente distinta. Ella lo hizo candidato presidencial y se ubicó a su lado en la boleta electoral. La victoria es de los dos. Pero la dificultad está en mantener el equilibrio. En el Senado y en la Cámara de Diputados es Cristina la que lleva la voz cantante. Pero entre los gobernadores y sindicalistas peronistas son más los que preferirían la consolidación de Alberto. En el gabinete hay dos ministros que se referencian en el Presidente por cada uno que se reconoce en la vicepresidenta. El lunes, la periodista Romina Manguel le preguntó a Alberto en radio Nacional cómo definiría la composición de su gobierno. “Es frentetodista”, le respondió, echando mano a un neologismo que pueda describir la parábola inédita del peronismo.

El éxito o el fracaso de este peronismo de coalición que se puso en marcha se verá en las áreas más sensibles del poder. ¿La reforma judicial que promete Alberto tendrá la impronta de aquella Corte Suprema que Néstor Kirchner oxigenó en 2003 o tendrá el sello de los cambios que Cristina propuso en 2013 y terminaron en la debacle del “vamos por todo”? El Presidente anunció en su discurso inaugural la disolución de la Agencia Federal de Inteligencia. ¿Será el fin del espionaje o se trata de una maniobra burocrática para dejar la inteligencia interior en manos del ministerio de Seguridad, que en el reparto quedó del lado del kirchnerismo más radicalizado?

Con un Alberto que irá aprendiendo al andar las dificultades de presidir la Argentina. Con la auditoría de Cristina, que algunos de sus referentes prometen implacable. Y con los estertores ansiosos de Sergio Massa, presente con cuotas de poder parlamentario y varios de sus dirigentes ocupando algunos escalones de la administración Fernández, el “frentetodismo” que entusiasma al Presidente deberá atravesar la barrera del ácido que siempre corroe las internas del peronismo. Deberá conducir con extrema destreza un experimento político al que no podrá liderar con el simple de recurso de llamar a Cristina “mi amiga”.

La única vez que el peronismo intentó la utopía del poder compartido las cosas terminaron mal. Aquella primavera de “Cámpora al gobierno, Perón al poder” en 1973 duró apenas 49 días. Es cierto que no son situaciones comparables. Entonces la izquierda empujaba al progresismo de Héctor Jota y los grandes sindicatos defendían al peronismo más conservador, con el apoyo intimidante de José López Rega y del propio Perón. En medio estaban la violencia y los muertos, en un camino barranca abajo que conducía al infierno tan temido. Las palabras del discurso de asunción lucieron motivadoras. Pero por ahora son sólo palabras. Nada sería más aleccionador para el desafío del presente que el peronismo, lanzado a la experiencia de gobernar en coalición, le echara una mirada atenta a las equivocaciones del pasado.