Intimidad de Alberto Fernández en Israel: desayuno con Kicillof, jet lag y desafíos a la seguridad

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Si fuera un turista, sería un pecado. Es casi imposible que Alberto Fernández visite el muro de los lamentos antes del viernes cuando culmine su viaje a Jerusalén y emprenda

el regreso a Buenos Aires. El Presidente nunca había estado en Israel y, cuentan en la delegación, no disimula la frustración que le provoca.

Moshe Kantor, el titular de la Fundación del Foro Mundial del Holocausto, que motivó el primer viaje internacional, engranó más al Presidente. “Tiene que ir, no se lo puede perder. Encuentre la manera”, le dijo -palabras, más palabras menos- Kantor a Fernández el miércoles por la noche durante la recepción oficial a la treintena de jefes de Estados que participaron del encuentro en la residencia presidencial.

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Sin embargo, el impresionante operativo de seguridad, que mantiene a una parte de Jerusalén vacía, sin tránsito ni peatones, vuelven imposibles los deseos de Fernández. La ciudad vieja es prácticamente inaccesible. La agenda apretada del Presidente también conspira. De todos modos, Fernández no pierde las esperanzas. No tiene del todo claro si está prohibido. Desde su habitación en el imponete hotel King David, mira hacia el muro con resignación. Tan cerca y tan lejos al mismo tiempo.

El Presidente obedece, pero se las ingenia para darles dolores de cabeza a los agentes israelíes encargados de su seguridad. En la noche del miércoles, tras su actividad oficial, se sumó a la sobremesa que compartían su pareja Fabiola Yañez, quien tampoco conocía Israel; el diputado Eduardo Valdés; el gobernador Axel Kicillof; el secretario de Asuntos Estratégicos Gustavo Beliz; y el de Comunicación, Juan Pablo Biondi. Fernández llegó al rooftop (la terraza) del centro comercial Manila, desde donde se aprecia una panorámica de Jerusalén, para tomar un café.

El problema ocurrió cuando el Presidente y parte de la delegación eligieron caminar una cuadra y media, a pesar del frío. A la custodia no le quedó otra que seguirle los pasos. Dos autos lo seguían a paso de hombre. Fernández no se acostumbra. “Soy el menos importante de todos, quién me va a querer hacer algo”, exagera. Es que en su hotel, se hospedan entre otros, líderes y monarcas de varias potencias, como el francés Emmanuel Macron, el rey Felipe VI de España y hasta el Príncipe Carlos.

Aunque no logró ir al muro de los lamentos, Fernández sí pudo disfrutar de uno de los encantos de este Oriente medio: la gastronomía. En la cena protocolar, en la que estuvo sentado al lado del presidente austríaco, Alexander Van der Bellen, comió pescado y lomo.

El Presidente no arrojaba signos de cansancio aunque durmió poco, casi nada, en el avión de Alitalia que lo llevó de Buenos Aires a Roma. Ni la comodidad de 180 grados de la primera clase le permitió dormir. En Jerusalén, el jet lag tampoco ayudó.

Quedó en evidencia en una conversación que mantuvo, en el lobby del hotel y tras la caminata nocturna, con la embajadora israelí en argentina, que horas antes lo había recibido al pie del avión. Dorit Shavit le preguntó si había podido dormir algo después de las más de 16 horas de vuelo. “Estoy con el horario de la tarde; venía diciendo no sé cómo me voy a dormir a las 7 de la tarde. Ya me acomodaré”, dijo el Presidente que todavía seguía con el reloj de Buenos Aires.

Por la mañana, antes de partir a los actos centrales por el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, que compartirá con el vice estadounidense Mike Pence y el mandatario ruso Vladmir Putin, entre muchos otros, desayunó con Kicillof en su habitación. La estrategia de renegociación de la deuda argentina y de la bonaerense también se cocina en Jerusalén.

 

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