El sindrome de Estocolmo K del peronismo

Politica
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Uno de los asesores de comunicación más legendarios del peronismo encargó una encuesta a comienzos de este año. Hizo las consultas entre un millar de ciudadanos de la provincia de

Buenos Aires porque está trabajando para un dirigente importante del movimiento con aspiraciones de volver al poder. El problema fue el resultado del sondeo. Las preguntas cualitativas encontraban siempre una respuesta parecida. “Los peronistas son chorros”, respondían los bonaerenses cuando la consulta iba por el lado de la corrupción. “No sé cómo vamos a resolver esto”, decía el hombre, soldado de mil batallas con el menemismo, el duhaldismo y el kirchnerismo. “Salvo que Macri nos regale la elección, es muy difícil cambiar esa percepción en los sectores medios para poder ganar”.

Desde aquellas reflexiones de hace apenas un trimestre, ocurrieron dos cosas. La crisis cambiaria y el salto inflacionario hicieron descender la imagen de Mauricio Macri al nivel más bajo desde que es presidente. Sería exagerado decir que ya le regaló la elección al peronismo pero el Gobierno ha hecho muchos méritos para que Cristina Kirchner haya vuelto a convertirse en una opción electoral viable. Ni siquiera pudo obtener algún rédito político del debate por el aborto, tras enviar el proyecto al Parlamento por primera vez en la historia y terminar exhibiendo una grieta interna tan pronunciada en el Frente Cambiemos que les hizo cosechar críticas y reclamos desde todos los sectores sociales.

El otro fenómeno ocurrido en las últimas semanas es el escándalo de los cuadernos y la consecuencia directa de las confesiones de ex funcionarios y de varios empresarios de la obra pública ante la Justicia. Otra vez un hecho inédito en la historia argentina. El relato de las coimas desarrollado por sus propios protagonistas: los coimeados y los coimeadores. Ilustrando lo que hasta ahora había sido la leyenda negra del kirchnerismo más salvaje transmitida a través de terceros en discordia. Los bolsos con pesos y, preferentemente, con dólares o euros. Los departamentos, los hoteles, los aviones y la Quinta de Olivos como escenarios cinematográficos de la corrupción desenfrenada. Todo eso, que siempre parecía exagerado en boca del periodismo, ahora son cientos de expedientes judiciales que deberían terminar con sus beneficiarios directos en la cárcel por muchos años.

Macri y el Gobierno asisten, como ya es costumbre en el oficialismo, a la evolución del escándalo sin conducir ni combatir el conflicto. Esa especie de abordaje zen del poder que desespera a propios y ajenos. El Presidente ya dijo que no protegerá a nadie de la ola que amenaza al sistema político. Pero allí están, en primer plano, su primo Angelo Calcaterra como uno de los que pagó las coimas al kirchnerismo antes de vender su constructora. Y están las huellas de los negocios del Estado con el Grupo Socma, el mismo que preside su padre Franco, el mismo que integró él como aprendiz de empresario y en el que ahora sus hijos son accionistas. No es poco.

Sin embargo, el problema más grande de las salpicaduras sin freno de la corrupción lo tiene el peronismo. No sólo porque va quedando claro que fueron Néstor y Cristina los autores intelectuales y los beneficiarios del sistema más minucioso de enriquecimiento que conoció la Argentina. Si no porque al movimiento del general Perón le cuesta una enormidad despegarse simplemente del pasado reciente e impresentable. La prueba más clara fue la sesión del miércoles en el Senado. Ni los gobernadores peronistas ni el filósofo emergente Miguel Angel Pichetto fueron capaces de apartarse del imán negativo que representa Cristina. Tal vez sin comprender que el costo político de obstaculizar los pedidos de allanamiento del juez Claudio Bonadio y seguir bloqueando la ley de extinción de dominio es ahora mucho más alto.

Sólo se entiende la complicidad para aquellos dirigentes que han participado de la fiesta y que se han enriquecido. Para el resto del peronismo, defender la corrupción K no tiene explicación racional ni argumentos de real politik. Uno de los que ha ensayado una teoría sobre el asunto es el salteño Juan Manuel Urtubey, el menos crítico de los peronistas con el gobierno de Macri. “Es el sindrome de Estocolmo que tienen muchos de nuestros muchachos y no se pueden curar”, explica el gobernador, referente del único sector político que se ha manifestado a favor de sacarle los fueros a la ex presidenta para que enfrente a la Justicia como cualquier otro ciudadano común.

El resto navega sin rumbo en el mar de la confusión política. Felipe Solá, que quiere ser candidato a presidente o a gobernador, o el cordobés José Manuel De la Sota, se dedicaron en los últimos meses a transitar el territorio hostil del kirchnerismo. Con pésimo sentido de la oportunidad, ahora que los bolsos con las coimas aparecen en cada rincón de la Argentina. Los gobernadores peronistas miden la intención de voto en sus provincias y lo mismo les sucede a los intendentes del Gran Buenos Aires. La mayoría cede al temor de perder el control político de sus distritos y prefieren hacerle gestos amistosos a Máximo Kirchner, aunque el hijo de la ex presidenta los maltrate y los ponga en las últimas filas de los actos partidarios. Así, envueltos en ese miedo, los retrató la columna de Eduardo Van der Kooy en el encuentro kirchnerista del último sábado en Ensenada.

Desde la periferia del peronismo, liderando el Frente Renovador que fundó en 2013 para derrotar al kirchnerismo en la provincia de Buenos Aires, Sergio Massa sigue en silencio la catarata de episodios que va entregando la causa de las coimas K. “Es una serie de Neftlix que va por el capítulo 4 y todavía faltan 9 para llegar al último”, le dice a los dirigentes más cercanos. Son ellos los que juran que el ex candidato presidencial está tranquilo pese a haber sido jefe de gabinete de Cristina. Y que, de tener senadores, hubieran votado a favor de sacarle los fueros a la ex presidenta como lo hicieron el año pasado con Julio De Vido en la Cámara de Diputados.

Massa es, junto la propia Cristina y con Urtubey, uno de los tres dirigentes de origen peronista con ambiciones presidenciales que aparecen mejor ubicados en todas las encuestas. El ex intendente de Tigre está convencido de que el escándalo de las coimas ensucia a toda la política pero que no complicará demasiado las chances de los candidatos opositores. “Si Macri no cambia el rumbo de la economía, no hay cuadernos que lo salven”, es su frase de cabecera en estas horas. Cada cual atiende su juego y mucho más en el peronismo.

Coimas hasta para pagar un decreto presidencial. Empresarios que confiesan la cantidad y las circunstancias en las que pusieron dinero negro en los bolsos de la política. Ex funcionarios que rompen el contrato de confidencialidad que habían sellado con la corrupción. El peronismo tendrá que hacer muchos méritos en estos meses para demostrar que puede dejar atrás el Sindrome de Estocolmo que todavía lo aferra a Cristina. Y para alejarse lo suficiente de la tormenta como para sostener con alguna expectativa la ilusión de regresar al poder.

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