Olvidados en el desierto, unas 50.000 personas viven en "el campo de la muerte"

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En pleno desierto, en la frontera entre Siria y Jordania, unas 50.000 personas viven en tiendas de campaña o en chozas de adobe, con una sola clínica y sin tan siquiera

pañales para los bebés.

Al campo de Rokban le han puesto el mote de "campo de la muerte", suelta Abu Nashuan, un sirio que huyó de los combates en la provincia de Homs, en el centro de su país natal. Desde hace tres años y medio, vive con su familia en este lugar olvidado.

A principios de octubre, dos recién nacidos murieron en Rokban por culpa de la falta de cuidados: un bebé de cinco días que sufría septicemia y malnutrición severa, y una niña de cuatro meses, víctima de septicemia y de deshidratación, según Unicef, el fondo de la ONU para la infancia.

En este extenso campo improvisado, levantado en medio de un paisaje árido del sureste de Siria, las carpas, en hilera, apenas logran proteger de la lluvia y del frío, explican cinco habitantes.

"La gente necesita de todo: harina, azúcar, arroz, aceite, tomate concentrado, legumbres", explica Abu Nashuan, de unos 50 años, a través de Whatsapp.

La escasez de alimentos, medicamentos y productos de higiene es una pesadilla diaria (AFP).

La escasez de alimentos, medicamentos y productos de higiene es una pesadilla diaria (AFP).

Para esos desplazados, llegados en 2014 desde Homs, Palmira (centro) o incluso del noreste de Siria, la escasez de alimentos, medicamentos y productos de higiene es una pesadilla diaria.

Frente a esta miseria, la ONU anunció el envío de ayudas a Rokban, en colaboración con la Media Luna Roja siria.

La última entrega de víveres y medicamentos se remonta a enero, hace casi nueve meses. Pues llegar al campamento también supone una verdadera hazaña.

En junio de 2016, tras un atentado suicida del grupo yihadista ISIS contra el ejército jordano, Ammán cerró su frontera con Siria en este lugar y prohibió temporalmente el abastecimiento de cualquier ayuda para los desplazados desde su territorio.

Desde entonces, las autoridades jordanas solo han autorizado algunas entregas, a petición de la ONU. A finales de 2017, para no implicarse de ningún modo, llegaron a exigir que las ayudas lleguen directamente desde Siria.

Para las familias, los productos que llegan por contrabando desde territorios controlados por el régimen sirio son vitales y muchos se pagan a precio de oro. Sin embargo, desde hace unas semanas, hay más restricciones en los puestos de control y las mercancías apenas llegan, según los desplazados.

La última entrega de víveres y medicamentos se remonta a enero, hace casi nueve meses (AFP).

La última entrega de víveres y medicamentos se remonta a enero, hace casi nueve meses (AFP).

"Algunos utilizan trozos de tela en lugar de pañales o les dan a sus bebés agua con azúcar o té" en sustitución de la leche, cuenta Mahmud Abu Salah, padre de una pequeña de apenas dos meses.

En cuanto a los adultos, se alimentan únicamente de pan, arroz y bulgur, lamenta este treintañero, maestro y periodista ciudadano.

Vive desde hace casi tres años en el campo, tras haber huido de la localidad de Shadadi, en el noreste de Siria, después de que cayera en manos del ISIS.

Ahora, solo pide una solución duradera: que rehabiliten el campo con todos los servicios básicos o que transfieran a los desplazados a otro sector.

El campo se encuentra en una zona de "distensión" puesta en marcha por Siria en torno a la base militar de Al Tanaf, controlada por la coalición militar antiyihadista dirigida por Washington, para evitar enfrentamientos con las fuerzas leales al régimen sirio.

El agua es abastecida por la vecina Jordania mientras que la electricidad, que llega de forma intermitente, lo hace a través de generadores o paneles solares vendidos por los contrabandistas.

Los servicios sanitarios son precarios, pese a la existencia de una clínica de la ONU a un kilómetro de allí, en territorio jordano.

El agua es abastecida por la vecina Jordania mientras que la electricidad, que llega de forma intermitente, lo hace a través de generadores o paneles solares vendidos por los contrabandistas (AFP).

El agua es abastecida por la vecina Jordania mientras que la electricidad, que llega de forma intermitente, lo hace a través de generadores o paneles solares vendidos por los contrabandistas (AFP).

Naciones Unidas negoció un acuerdo con el ejército jordano para autorizar a los desplazados a visitar la clínica, pero el establecimiento cierra a las 15 todos los días, según los habitantes.

"Son servicios muy básicos", reconoce un portavoz de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), David Swanson.

"En el propio Rokban no hay infraestructuras médicas", añade, y explica que los casos más complicados son enviados a hospitales jordanos.

Según cuatro habitantes contactado, esos traslados son casi imposibles de obtener.

Una vista aérea del campo y en el círculo rojo, un improvisado cementerio (Amnesty Internacional).

Una vista aérea del campo y en el círculo rojo, un improvisado cementerio (Amnesty Internacional).

En el campo, lo único que hay son unas cuantas enfermerías improvisadas.

"No hay médicos", lamenta Abdel Fattah Al Jaled, director de una escuela montada por los desplazados.

Mohamed Al Jaledi, natural de Palmira y padre de diez hijos, se expresa en la misma línea: "Es como si no estuviéramos en este planeta".

Agencia AFP.

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