Roberto Lavagna, el candidato que dice que no es candidato pero ya está en campaña

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Dicen que siempre es conveniente poner en marcha los proyectos en los lugares donde uno fue feliz. Debe ser por eso que Roberto Lavagna hizo su primera aparición pública

importante en la provincia de Córdoba. Allí obtuvo el único triunfo de una elección presidencial con sabor a derrota en 2007. Los cordobeses le dieron el 35% de los votos, ubicándolo por encima de Cristina Kirchner (quien se convirtió en presidenta), de Elisa Carrió y de Adolfo Rodríguez Saá. Doce años después de aquel resultado, el ex ministro compartió un almuerzo con los empresarios y economistas de la Fundación Mediterránea. La recesión y el desánimo económico le garantizaron un clima de expectativas favorables en una provincia que también le había dado una victoria impactante a Mauricio Macri en 2015.

Se lo veía cómodo a Lavagna en el mediodía del miércoles. Venía de encontrarse con el gobernador Juan Schiaretti y le brillaban los ojos ante la cantidad de cámaras y periodistas que lo esperaban en la puerta del salón. “No soy candidato; no estoy en campaña”, repetía, ante la consulta elemental. El libreto había sido cuidadosamente planificado con el cordobés. El candidato del peronismo federal tiene que salir de las PASO, era el mensaje que fluía desde la Gobernación. Había empresarios, incluso, que arriesgaban una hipótesis algo alocada. Schiaretti cree que, si gana la elección provincial del 12 de mayo por cifras escandalosas ante el resquebrajamiento del Frente Cambiemos, a él también se le puede abrir una chance presidencial.

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Pero a Lavagna las fantasías de Schiaretti parecían importarle muy poco. Frente a la pregunta de si iba a competir en las PASO, solo respondía: “Lo vamos a resolver por consenso”. Como una letanía. Consenso, consenso, consenso. El único consenso que espera conseguir el economista es trepar en las encuestas y ser consagrado candidato presidencial sin discusión alguna. Sueña con encabezar una lista detrás de la que se encolumnen el peronismo federal, el Socialismo santafesino y algunos dirigentes sueltos como Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. Pero necesita, eso sí, que Schiaretti lo respalde en ese territorio clave.

En la Fundación Mediterránea, aquel think tank cordobés que llegó al poder con Domingo Cavallo en la década del ’90, Lavagna se movió como pez en el agua. Esperó a que hablara el economista Marcelo Capello, titular del equipo que investiga para la fundación, quien expuso un panorama desolador de la situación del país y llegó a plantear que el dólar va a atormentarnos durante la campaña electoral si no aparecen las propuestas racionales. Lavagna asentía con la cabeza y uno de los directivos sentado en la mesa principal junto a la dirigente cordobesa Olga Riutort (ex esposa de José Manuel De la Sota) llamó “señor presidente” al ex ministro después de preguntarle si pensaba indultar a los responsables de la corrupción.

El discurso que Lavagna se niega a definir como de campaña gira sobre tres ejes: la Argentina tiene siete millones de personas sin trabajo y de subocupados; en los últimos tres años se fugaron más de 60.000 millones de dólares y la opción económica es “ajuste o movilización de recursos”. Y, sin dar demasiadas precisiones, el hombre que fue secretario de Industria de Alfonsín y ministro de Economía de Duhalde y Kirchner llama a reconstruir la epopeya del crecimiento. Lo único que rescata de la gestión de Macri es la inversión en energía eólica. “Pero que se hizo con subsidios”, advierte, como para que nadie lo pueda acusar de condescendiente.

En las charlas informales después de los postres, los empresarios eran bastante más cautos que el colega ansioso de la mesa principal. La mayoría de ellos había votado a Macri en 2015 y dudaban sobre la independencia que Lavagna podría tener respecto del peronismo. Pero la economía en baja de estos tiempos los dividía claramente en dos sectores: los directivos de las Pymes cordobesas eran un solo lamento en busca de una alternativa electoral. Un poco más relajados estaban los referentes del sector agropecuario. La cosecha récord y el valor competitivo del dólar les permitían sostener la arrugada bandera del optimismo.

A Lavagna apenas lo acompañaron dos personas en la incursión por Córdoba. El diplomático Rodolfo Gil y el ex director de la Comisión Nacional de Valores, Carlos Hourbeigt. Los pasajeros lo miraban con curiosidad en al aeropuerto de Pajas Blancas. No había euforia ni selfies, pero tampoco gestos de hostilidad. Saludaba a los periodistas que lo cruzaban y se sorprendió cuando le preguntaron si iba a viajar a Washington para contar sus planes en el país de Donald Trump. “A Washington no pienso ir; que vengan ellos a mi oficina como vinieron los del Fondo Monetario”, dice, con una sonrisa. Un mensaje para el Gobierno, que sufre la quimioterapia del acuerdo con el FMI. Una verdadera definición de campaña, en boca del economista que jura no estar en campaña.