"Te espero en el puerto": la tentación de recaudar por el camino más fácil

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“Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio... ¿Cuando?, pero... ¿cuándo? ¡Si siempre estoy llegando!”, nos legó Pichuco Troilo en la letra inmortal de Nocturno a mi Barrio.

Con las retenciones pasa lo mismo. Cuando el gobierno sorprendió a todos con un decreto publicado inusualmente en el Boletín Oficial un día sábado, fijando el nivel de los derechos de exportación, simplemente lo que hizo fue una actualización de las alícuotas de una gabela que nunca se había ido.

Ni siquiera durante la era Macri. El ex presidente había basado su campaña en la promesa de la eliminación de los derechos de exportación para los cereales (maíz y trigo, que eran de 20 y 25% respectivamente) y la reducción de las de la soja, que estaban en un 35% desde que asumió CFK en diciembre de 2007. Esta reducción se concretaría con un ritmo de 5% por año.

Cuando asumió, cumplió de inmediato la promesa. Los cereales fueron a 0% de entrada. En el caso de la soja, desde enero de 2016 hasta diciembre de 2017, las retenciones fueron bajando a un ritmo de 0,5% mensual. Pero cuando llegaron a 30%, el gobierno no pudo sostener la promesa. Primaron las urgencias fiscales. Quedaron ahí.

Y en el 2018, a partir del acuerdo con el FMI, se implantaron no ya para el agro, sino para toda la economía. Los bienes agropecuarios fueron los más castigados: se les aplicó una retención de 4 pesos por dólar, mientras los bienes industriales pagaban “sólo” 3 pesos. Lo paradójico es que el propio Macri seguía manifestando que se trataba de un pésimo impuesto, pero marche preso.

El problema de los derechos de exportación es que no operan en forma directa sobre las ganancias, por lo que se pagan aunque la renta sea mínima o inexistente. Tienen un impacto muy negativo en materia de uso de tecnología, que es en lo que se sustenta hoy la producción agropecuaria. Al recortarse el precio, se requieren más unidades de producto para comprar una unidad de tecnología, sea un tractor, una tonelada de fertilizante o cualquier cosa que ayude a mejorar los rendimientos.

Por eso, cuando se eliminaron en los primeros años de la era Macri, se produjo una enorme expansión de la producción de maíz y trigo, dos productos que habían languidecido en la era K. El crecimiento fue tanto por superficie como por intensificación. Los embarques de ambos productos generaron, el último año, 4 mil millones de dólares. En 2015 casi hubo que importar trigo.

Entre 2008 y 2015, la producción se había estancado en torno a las 100 millones de toneladas. En 2019 la cosecha rozó las 150 millones. La soja, que siguió pagando altos derechos, se estancó. Todo el crecimiento fue maíz y trigo, en particular vía rendimientos. Es la mejor demostración de que los derechos de exportación son pan para hoy y hambre para mañana.

Pero son fáciles de recaudar, y la tentación es enorme. Es el impuesto cuya recaudación más creció en el 2019: más de 350%. Claro, antes solo pagaba la soja. “Te espero en el puerto”, dice la Aduana, y allí está el embudo.

La soja pagaba hasta la semana pasada un 25%. Desde mañana queda con 30% de retenciones. El chacarero manda tres camiones de soja al puerto, paga el flete de los tres, pero cobra solo dos. El tercero, hundido. En el caso del trigo y el maíz, deja allí el 12%.

Conviene recordar que el 30% de derechos para la soja del decreto conocido ayer es el mismo nivel que existía en diciembre de 2016, cuando el gobierno de Macri ejecutó la reducción de medio punto mensual, a partir del 35% heredado de CFK.Y allí quedó (en el 30%) durante todo el 2017. Después fueron bajando algo porcentualmente, por efecto de la suba del dólar mientras los 4 pesos quedaban fijos, hasta quedar en el 25%. Es decir que el aumento es de alrededor de 5%, lo mismo que para el maíz y el trigo.

Pero lo que realmente enerva al sector es que vuelve la discriminación. Al eliminarse el sistema de quita de 3 o 4 pesos por dólar, quedan desgravadas todas las exportaciones no agropecuarias. Esta es ahora la principal fuente de conflicto del gobierno que arranca con el agro.

Un 5% adicional de retenciones significaría un incremento de alrededor de 400 millones de dólares en la recaudación. Ello siempre y cuando se obtenga una cosecha razonable, del orden de las 150 millones de toneladas. En este sentido, la principal preocupación es que se extienda la sequía que está agobiando a los cultivos de maíz y soja en la mayor parte de las zonas de cultivo, en particular en la región núcleo. Los próximos días son decisivos, mientras los pronósticos anuncian lluvias inferiores a las necesarias, en un marco en el que las reservas hídricas de los suelos están al límite. Cualquier porcentaje de retenciones sobre cero, da cero. Hope it rains (ojalá que llueva) dicen los farmers de Iowa cada vez que siembran. Es lo que deben estar repitiendo Alberto Fernández y su ministro de Agricultura Luis Basterra.