Sin alivio para las familias: las tasas de los créditos para el consumo siguen arriba del 70%

Economia
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Laura García

Casi no hubo alivio. Pese a la agresiva baja del costo del dinero que viene impulsando el Banco Central, las tasas de los créditos al consumo en los

bancos se movieron muy poco: siguen arriba del 70% anual dejando a gran parte de las familias sin acceso y a muchas otras batallando por no atrasarse en las cuotas del préstamo o bien haciendo malabares por bajar toda la deuda de la tarjeta.

En el caso de los préstamos personales cedieron del 75,5% al 71,6% en los últimos tres meses, de acuerdo al Banco Central. Y de hecho, subieron de un promedio de 72% a 74% en el caso de las tarjetas de crédito, con lo que el costo final muchas veces supera con creces el 100%. En cambio, las tasas se enfriaron bastante más rápido en el caso de las líneas comerciales, concentradas en el corto plazo: descendieron unos 10 puntos dando cierto respiro.

“Por regla general las tasas activas (préstamos) tardan más en reaccionar y las que reaccionan más rápido son las más cortas. El crédito que responde más rápido es el destinado a capital de trabajo y en materia de consumo, las tarjetas”, explica Gabriel Caamaño, de la Consultora Ledesma. “Pero al consumo le va a costar remontar. Los salarios reales todavía no se recuperaron. Además si no hay horizonte, un anclaje de expectativas suficiente, la gente no se endeuda. Aunque baje la tasa, la demanda no va a responder. La tasa tiene que bajar como respuesta a una estabilización pero todavía hay mucha incertidumbre. Los nudos no se resolvieron”, aclara.

Efectivamente, las tasas de los plazos fijos respondieron al movimiento que indujo el Banco Central. El interés que pagan en promedio las colocaciones de hasta $ 100.000 por 30-44 días hoy se ubica en 35% anual, cuando llegaron a ofrecer 55%. Es una baja que replica precisamente lo que ocurrió con la tasa de referencia (hoy con un piso de 50%) y que volvió a dejar el rendimiento real de los plazos fijos en terreno negativo.

Fabio Rodríguez, socio y director de la consultora M&R, confirma esta tendencia. “Las tasas pasivas (depósitos) acompañaron rápidamente. Lo que sí reaccionó a la baja fue el crédito a empresas. Los bancos salieron a dar una respuesta a este segmento en un marco en el que se induce a prestar al sector productivo. Las tarjetas, sobre el final del año, mostraron un repunte más que interesante, un dinamismo muy relacionado con el Ahora 12 y el Ahora 18. Pero los personales fueron la única línea de crédito con variación negativa en el año”.

Los créditos personales, en efecto, terminaron el 2019 con una caída de casi 5%, lo que en términos reales (esto es, considerando la inflación), supone una contracción del 37%. La línea tarjetas dio pelea pero con un avance de 46% no llegó a igualar el avance de los precios.

“Para adelante deberían reaccionar”, dice Rodríguez. “Hay factores proclives a una mejora. Más liquidez y una tasa que sigue bajando y va a tender a confluir con la inflación. Pero los bancos todavía no ven las condiciones para que la demanda empiece a moverse. Eso tiene mucho que ver con las perspectivas de ingresos, que el salario real deje de perder por goleada, en un escenario de dólar tranquilo o que se aprecie levemente”.

Otro dato clave es el aumento de la cartera irregular. Básicamente, la gente que no llega y se atrasa en las cuotas. El nivel de morosidad en este tipo de financiación al consumo pasó en la era Macri de 2,1% a 4,9%, según el último dato del Banco Central, con un máximo 5,5% alcanzado este año.

Jorge Colina, titular de Idesa, señala: “La mora es un producto de la inflación y del hecho de que los salarios van por detrás. Lo primero que hace la gente es no pagar las deudas. Igual la morosidad no va a subir mucho. Los bancos se ponen más restrictivos. Suben la tasa, sube el pago mínimo. Y se crea el ciclo de menos crédito, menos consumo”. Y agrega: “El 85% de los depósitos está a menos de 90 días, por eso los bancos no se arriesgan a prestar mucho más allá. Y su ganancia pasa por lo que cobran, que lo determinan en función de la inflación y algo más”.

Caamaño, por su parte, cree que “el problema de la morosidad no fue tan grave como podría haber sido” y coincide en que “es un reflejo claro de lo que pasó con el ingreso real”. “No llegó a niveles de ruptura aunque la dinámica es preocupante. Juega a favor que hoy la gente no está tan endeudada como en 2001. Y si lo está, es en el corto plazo, en cuotas”, aporta. Para Rodríguez, “lo preocupante en cuanto a la morosidad fue la velocidad del salto. Afortunadamente partimos de niveles bajos. No es de ninguna manera una luz de alarma o algo que pueda inhibir un despegue del segmento”.