La crisis, el conflicto de las interpretaciones

Economia
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¿Qué piensan los que deciden y califican a la economía del país? Importa para entender la tranquilidad veraniega con la que reaccionan -o no reaccionan- ante anuncios que en otras épocas

les costaron la salida a algunos gobiernos. Por ejemplo, el aviso del gobernador Axel Kicillof sobre el no pago de la deuda según fue pactada. Los tremendistas le ponen el rótulo de default, pero a nadie se le corre el rimmel. Hace 20 años, por mucho menos, De la Rúa se iba a la casa. Hoy, el público y los expertos dan vuelta la página y cambian de tema. Cuanto más, discuten la minucia de si era un bono de Scioli o de Vidal, como si eso decidiese algo sobre el compromiso. Se concentran, para derivar la conversación a trivialidades, en detalles del vuelo del chancho que, misterio rioplatense, mutó en el aire y cayó cordero en la piscina del cirujano plástico del barrio Pinar del Faro, que alquilaban unos empresarios retozones. No daremos el nombre -acá no se ejerce la delación, premiada o no- pero sí se rinde homenaje a la puntería de quien dispuso del marrano. Donde pone el ojo pone la bestia. Esa mansedumbre del mercado y del público parece seguir el diagnóstico más sereno que se escuchó sobre la economía de la transición. Fue en boca del economista Ricardo Arriazu cuando dijo que la coyuntura heredada del nuevo gobierno era la mejor oportunidad para un programa “espectacular” – usó esa palabra: superávit comercial, superávit de cuenta corriente externa, baja del déficit fiscal, dólar competitivo para exportar, tarifas ajustadas, nivel de reservas más alto que en 2015 y bajo nivel de monetización. Lo dijo antes de que el nuevo gobierno lograse la ley de ajuste que implica una reducción del déficit del 1,5% del PBI. Sin mayor costo político logró lo que no pudo alcanzar la economía de Mauricio Macri en 4 años. Los indicadores de salida de la anterior administración eran lamentables, pero quizá la arquitectura que heredó Alberto Fernández no era tan mala. Y eso explica la calma chicha. Al gobierno que se iba nadie podía creerle nada, y menos reconocerle algún mérito. Al nuevo gobierno se le cree un poco más, como a todo debutante. Se benefició, además, de que Macri, después de las PASO, adelantó las medidas que el público temía de un gobierno peronista. Con eso acható los tumultos de la transición, justo cuando la región y el mundo estallaban por el aire. Frente al panorama que la rodea, la Argentina parece la isla de la felicidad.

Guzmán a Nueva York con más poder para negociar

El Gobierno confía en el éxito legislativo de la ley de ajuste, y prepara con sigilo movimientos de contrafrente, pero claves. Uno es el proyecto de ley que discutieron esta semana Alberto y Santiago Cafiero con Sergio Massa y Máximo Kirchner para blindar las atribuciones del ministro de Economía en la renegociación de la deuda. Las normas que aprobó el Congreso en diciembre ampliaron las emergencias de manera genérica (”Facúltase al Poder Ejecutivo Nacional a llevar adelante las gestiones y los actos necesarios para recuperar y asegurar la sostenibilidad de la deuda pública de la República Argentina”, dice el art. 3° de la norma). Hay restricciones de la ley de Administración Financiera que obligan a que cualquier reestructuración mejore el plazo, el monto y el interés de la deuda. Macri había pedido que liberaran al Ejecutivo de al menos una de esas variables en las renegociaciones. El peronismo opositor se lo negó. Ahora que gobierna, promueve una ley para liberarle las manos al ministro, y mejorar los instrumentos que tiene, por ejemplo, facultándolo para renegociar con dos de aquellas condiciones. Para mayo espera Guzmán ponerle el moño al reperfilamiento de los compromisos. El proyecto, si lo terminan a tiempo, puede ir a la primera sesión de extraordinarias. Quizás haya un turno el 29 para lograr sanción en la Cámara de Diputados y de esa manera darle más contenido al libreto de la primera visita que hará el ministro a los Estados Unidos. Aprovechará una invitación del Council of the Americas a una charla en un seminario sobre la región. Ocurrirá en Nueva York antes de su viaje al Vaticano, en donde estará en la cumbre de economía inclusiva, que organizan monseñor Marcelo Sánchez Sorondo con Jeffrey Sachs, Kristalina Georgieva y Joseph Stiglitz. Será una oportunidad para rendir examen ante inversores, acreedores, funcionarios del gobierno de Donald Trump y de los organismos multilaterales. Un festival de la ortodoxia, para mostrar que está en control de la situación, en especial en lo político, que es donde está el déficit de confianza en los gobiernos argentinos.

La pelea con Larreta pasó a la clandestinidad

Esta diferencia entre el tremendismo de algunos diagnósticos y la mansedumbre de la coyuntura se explica por la afonía de quien se fue, y el interés de quien llegó de dramatizar una crisis para, dentro de un par de meses, decir: miren qué buenos que somos que en dos meses encarrilamos todo. Al servicio de este formato, los actores se mueven con cautela para sostener sus posiciones. Un ejemplo es la prudencia con la cual discuten en estas horas los dos polos de la pelea política -el cristinismo extremo y la administración porteña de Horacio Rodríguez Larreta- el recorte a la coparticipación secundaria. La expresidente dio el formato del ataque a la caja porteña, una obsesión que antes, cuando era gobierno, despachó con el proyecto de sacarle los fondos de la justicia nacional y federal al Banco Ciudad para desfondarlo. La batalla la tramita ahora un cautelosísimo Alberto Fernández, a quien lo que menos le conviene es desatar una guerra contra Larreta. Ya tiene que vérselas con las escaramuzas de Kicillof, que impuso la reversión del traslado de los servicios de energía a Buenos Aires y, de rondón, a la CABA. Financieramente era algo neutro, porque se trata de distribución de energía y eso no tiene subsidio. Pero si admitía el traspaso hubiera tenido que bancarse el anuncio de los aumentos de las tarifas, cuando tocasen. Inadmisible para Axel, desde la ideología y desde el negocio. Cree que no hay que aumentar tarifas, y lo sostiene aunque eso lo libere del mismo peso a Larreta, y signifique dar vuelta a una decisión que Macri tomó a pedido de gobernadores fuertes como el cordobés Juan Schiaretti. Sostener esa posición sacia también el negocio. Como Cristina, trabaja para su público, y los dos cumplen la indicación de expertos como Jaime Durán Barba: sean ustedes mismos. El valor que más defienden es no defraudar la imagen que tiene su público de ellos. Se miran en el espejo de quienes lo hicieron y perdieron lo que tenían. Prefieren la defensa de lo propio antes que la del interés público, y argumentan que para hacer esto último hay que tener poder. Y sin sostener la propia no pueden conservar el poder. Esto es lo que convierte a los políticos en personajes extraños, a veces monstruosos: se mueven como si el interés personal y el interés público fueran lo mismo. Por eso boyan entre el narcisismo y el martirio. Quien no mantiene el equilibrio, se desbarranca en política. Se salvan de ese destino pocos, muy pocos. No abundan aquí.

Larreta junta artillería y amenaza

Cambiemos ganó la Ciudad con una diferencia apabullante de votos, superior a la que sacó Kicillof a Vidal, en el distrito vidriera del país, el alma mater del Gobierno nacional, dominado por peronistas porteños, es decir domados en años de derrotas electorales pero que gobiernan el país, porque se sacaron, con Cristina, el Gordo de la lotería de Buenos Aires, como en 2003 lo hizo Néstor Kirchner con Eduardo Duhalde. La victimización de la gestión Larreta sólo puede beneficiarlo, y blindar a la CABA como el fortín nacional de la resistencia de Juntos por el Cambio. Larreta le puede enredar las cosas a la Nación si reclama por el recorte de los fondos de coparticipación ante la Suprema Corte. Este tribunal tiene una mayoría opositora, pero ha hecho jurisprudencia en defensa de la coparticipación de impuestos y eso puede precipitar un revés, si Larreta pide un amparo. La negociación es delicadísima y la llevan a cabo emisarios silenciosos que resguardan la conveniencia de las dos partes: llegaron a un cuarto intermedio que se prolongó toda la semana, y canceló por ahora el decreto que le iba a quitar por lo menos $36.000 millones de coparticipación secundaria. El formato de esta conversación intenta resguardar a las dos administraciones de conflictos ante sus electorados. Larreta tiene el recurso de convocar a su partido y los otros gobernadores para montar un frente, pero prefiere por ahora una batalla de baja intensidad. Cuanto más, hará un paseo la semana que viene por Mar del Plata, a mostrarse con Guillermo Montenegro en esa ciudad que Cambiemos quiere que sea la trinchera que tuvo el peronismo en La Matanza. A fin de mes irá, como quien no quiere la cosa, a abrazarse con Rodolfo Suárez en Mendoza. No lo moviliza a Macri, que sigue en Cumelén aislado de contactos políticos - lejos hasta del contacto de Carlos Rosenkrantz, que preside la Corte. Macri vuelve el 27 de enero a Buenos Aires y canceló una visita a Bariloche, donde tenía comprometido un encuentro con Miguel Pichetto, con quien mantuvo consultas por teléfono. Diego Santilli, uno de los delegados para conversar en Economía con Silvina Batakis - encargada del caso Larreta en el ministerio de Martín Guzmán - almorzó con Pichetto el jueves. A ese recuento de artillería se suma el almuerzo del miércoles entre Humberto Schiavoni y Jesús Rodríguez, mentor del radicalismo frentista en la CABA. Este arco dio una prueba de vida con la columna de Martín Lousteau en este diario del jueves, una defensa de la administración de Larreta con un énfasis que nunca se le había visto al senador ni en campaña. Suele moverse como un ave solitaria y que haya hecho ese desprendimiento da la medida de la gravedad de la situación. Tampoco Alberto moviliza al peronismo, que encontró un motivo para suspender la clásica reunión del PJ de Buenos Aires de todos los veranos, en el Partido de la Costa. Pasa a otro momento, por su viaje a Israel del 23 de enero y después por la visita al Papa en el Vaticano.