Ser hijo de pyme y seguir siendo pyme sin morir en el intento

Economia
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Manfredo Udewald, 61 años, desciende de una familia alemana que bajó del barco en 1935 por la percepción de su abuelo, combatiente en la Primera Guerra Mundial, que venía otra catástrofe

para la humanidad. “Eran inmigrantes que empezaron de cero, sin conocer el idioma, pero con oficio, lo que les abrió camino en el país prodigioso que era aquella Argentina”, cuenta. Tras décadas ganadas y otras de pura pérdida, el nieto fue representante y luego como dueño de la filial argentina de una líder en aislaciones térmicas y acústicas. Desarrolló materiales propios y revolucionó la logística de las obras reduciendo los tiempos de montaje entre 2 a 3 veces y así ingresó a los corazones estratégicos de generación de energía en refinerias del Perú, Venezuela, Chile, Uruguay y Bolivia, en proyectos que suelen ser reservados a firmas locales.

Pero volvamos al principio. Una tarjeta entregada en Alemania por un vendedor del que fue el grupo Bunge y Born, cambió el destino del señor Juan Udewald: Bunge fue su primer empleo en el país gracias a quien fue el padre del ministro de Carlos Menem, Miguel Roig. Luego se independizó. “Conozco las vicisitudes de lo que es vivir en una familia de empresarios que no es otra cosa que la angustia permanente”, dice su hijo Manfredo al relatar la odisea que representó para su padre colocar 1.000 telares en poco tiempo en la que era la colosal fábrica de hilados La Bernalesa. Juan Udewald fue durante casi 50 años un empresario textil dedicado a la hilandería y tejeduría de lana cardada. “Era el rey del paño naval,la materia prima de los uniformes”. Todo iba viento en popa hasta los ‘90, con la irrupción importadora. La caída fue atroz y tuvieron que cerrar la fábrica en 1993.

Por el lado materno, Rita Udewald introdujo en el país las escuelas Waldorf en los 40. La familia, junto a otras de la colectividad alemana, financió la llegada de los maestros. Y esa educación determinará su resistencia. “La creatividad, el impulso al conocimiento y la libertad me sostienen en ese palo enjabonado que es ser pyme en la Argentina. En las crisis, la imaginación es superior al conocimiento”.

Guiado por su curiosidad de saber cómo funcionan las cosas, estudió ciencias agrarias en vez de técnico textil como deseaba su padre. De profesión ingeniero en producción agropecuaria, su dominio del alemán le sirvió para ser intérprete en la negociación de un contrato de la compañía Willich, fundada en 1882 por la familia del mismo nombre, creadores de las aislaciones, con una técnica que surgió para aislar a los submarinos.

Willich vino a la Argentina y contrató a Udewald como su representante. El se asoció con el 10% y se entrenó en Alemania con contrato de aprendiz. Debutó aquí con una licitación ganada para aislar la central Atucha II. Tuvieron que rechazarlo por la “modalidad de pago” que les ofrecían. Les llovieron otros trabajos en otros países. “Los argentinos somos maltratados en la Argentina y reconocidos en casi todo el mundo”, desliza.

En el 2001, en medio del ocaso y la crisis, Willich levantó campamento. Eso sí, le ofrecieron a Udewald hacerse cargo de expandir la firma en Europa del Este. “Era más fácil ir a Alemania del Este”, dice. Pero se quedó y compró la compañía. Entre sus clientes titilan YPF, el hotel Alvear, Dreyfus, Nidera, Molinos, Celulosa, Mercado Libre y los shoppings de Irsa, por citar algunos. Cuando se pregunta sobre sus planes, Udewald vislumbra una posibilidad. Confiesa: “Ser pyme es pagar todo el tiempo y sentirse como un hámster sin paz interior. Pero ser pyme también es ser tenaz y apostar a la imaginación para superar los obstáculos”. Hay 609.000 pymes en la Argentina que viven al límite. Son las que generan el 64% del empleo en el país. Y están curtidas. Como Udewald.