Mucho más que un duelo de ajedrez

Economia
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En la sala teatral The College en Holborn, Londres, el noruego Magnus Carlsen y el ítalo-estadounidense Fabiano Caruana resuelven durante este mes quién será el monarca del ajedrez mundial por el

próximo ciclo. Como describió Hernán Sartori en estas páginas durante la presentación, “es un duelo que viene como anillo al dedo del mercado y del espectáculo deportivo”. Son dos jugadores que, por imagen y realizaciones técnicas “están lejos del estereotipo del Precámbrico con el que –quienes aborrecen al ajedrez- pretenden estigmatizar a los que lo practican”.

Carlsen, de 28 años, es el número 1 de la clasificación mundial desde 2001 y logró el título del mundo al destronar al indio Viswhanatan Anand. En 2016 hizo una sólida defensa en Nueva York ante Sergei Kariakin, impidiendo así que Rusia –antes la URSS- recuperara el cetro que había ejercido por largas décadas. Caruana, de 26 años, es el desafiante y lleva un peso extra: se trata del primer ajedrecista bajo bandera estadounidense en buscar el título mundial desde el legendario Bobby Fischer a comienzos de los 70. Nada menos. Apenas 450 personas pueden ingresar a la sala –tickets originalmente en 450 libras, ahora mucho más- pero millones pueden seguir los movimientos al instante, a través de las redes y los dispositivos digitales.

La bolsa alcanza al millón de euros, del cual el 60% será para el ganador y ese porcentaje bajaría al 55 en caso de que se necesite desempate.

En relación con el resto de las actividades deportivas, se trata de cifras modestas, aunque desde hace cierto tiempo –y más allá de los constantes vaivenes políticos e institucionales- se intenta una mayor profesionalización, comercialización e ingresos para los principales jugadores. En su obra El Kamasutra del Ajedrez, Peter Zdhanov describe que circulan entre 1.500 y 2.000 ajedrecistas profesionales, pero casi todos se las arreglan dando clases, entrenando o escribiendo, ya que los montos de los premios en los torneos son bajos. Cuando Anand se proclamó campeón del mundo, a principios de esta década, alcanzó a cobrar 2 millones de dólares en temporada, pero sólo otros tres jugadores (el entonces ascendente Carlsen, Levon Aronian y Kariakin) pasaron ese mismo año de los 300 mil dólares en ingresos.

La política internacional –y la interna de las potencias- es un factor mucho más relevante en el manejo habitual del ajedrez desde hace un siglo, y su profesionalización o búsqueda de patrocinios está retrasada respecto al resto de los deportes. Esto ni siquiera cambió durante la presidencia del excéntrico ruso Kirsán Ilumzhínov, 26 años al frente de la FIDE y que acaba de dejar el cargo en la elección de octubre. Se lo recordará más por sus trajes espaciales amarillos, por afirmar que estaba viviendo su “69ª reencarnación” o que alguna vez sufrió un secuestro por parte de extraterrestres… El ganador de la elección fue otro ruso, Arkadi Dvorkovich, ex viceprimer ministro de su país y miembro fiel del aparato de Putin, tanto que fue una de las cabezas organizadoras del reciente Mundial de Fútbol.

La influencia política rusa –antes soviética- fue permanente en la FIDE, pero hay que recordar que se trataba de la mayor potencia ajedrecística por su nivel técnico. Hasta que apareció Bobby Fischer.

Fischer arrasó a casi todos sus rivales en el proceso eliminatorio y llegó a Buenos Aires en la primavera de 1971 para protagonizar el final de la candidatura contra el armenio Tigran Petrosian. Fue mucho más que un duelo ajedrecístico, un verdadero espectáculo con decenas de miles de personas intentando una entrada a las puertas del Teatro San Martín. Fischer quería jugar en Buenos Aires porque “me sentía en casa” –según contó- y por los bifes de chorizo. La bolsa fue de 7.500 dólares para el ganador, 4.500 para el armenio, ex campeón del mundo.

Apenas concluyó aquel match, el propio Richard Nixon le envió a Fischer una carta de felicitación. Y se largó la pelea por la sede de la final mundial, en la que el campeón vigente, el soviético Boris Spasski debía enfrentar la amenaza de Bobby Fischer. Ubiquémonos en aquellos tiempos, plena Guerra Fría. Quedaron múltiples testimonios en las crónicas de la época, en decenas de libros (técnicos e históricos), películas como la reciente Pawn Sacrifice. Y entre estas obras, el magnífico Bobby Fischer se fue a la guerra, de los periodistas británicos David Edmonds y John Eidinow.

Allí se describen las increíbles negociaciones entre la FIDE, los organizadores y los funcionarios de EE.UU. y la URSS. Buenos Aires estuvo cerca de obtener la sede. Veinte ciudades se habían postulado, algo que nunca había ocurrido, ni siquiera en el movimiento olímpico o en los mundiales de fútbol. La oferta más alta fue de dos ciudades yugoslavas –Belgrado y Sarajevo-, ambas con bolsas de 120 mil dólares, Buenos Aires quedó tercera con 100 mil, números impactantes para la época y para el ajedrez. Cualquiera de ellas era del agrado de Fischer, por lo cual fue rechazado por los soviéticos. Reijkiavik –capital de la casi desolada Islandia, país de 210 mil habitantes- apareció como solución de compromiso. Aportó 125 mil dólares, además de garantizarles a los jugadores el 30% de los ingresos por TV, cifras que nunca se revelaron.

El resto es historia más reciente, y también más difundida. Las excentricidades de Fischer y su deriva personal –no se presentó a defender la corona en 1975- permitieron que los soviéticos recuperaran la corona, con su nueva joya, Anatoli Karpov.

Desde entonces se vieron varios duelos,no menos apasionantes y que también reflejaban las tensiones internas de la ex URSS: Karpov contra el disidente Korchnoi (Baguio 1978, Merano 1981), Karpov contra el emergente Kasparov, cuando asomaban Gorbachov y su Perestroika…Clarín cubrió aquellos duelos con el querido maestro Najdorf. La aparición de Kasparov significó un filón interesante para el ajedrez, por su juventud y su empuje, y Sevilla aportó una bolsa inédita de 1.380.000 dólares para el segundo match con Karpov en el Teatro Lope de Vega: Kasparov ganó en una definición dramática, prolongando luego su reinado hasta 2000.

Las imágenes que hoy se simbolizan en Carlsen y Caruana tienen poco que ver con aquellas épocas. El tiempo indicará hasta qué dimensión técnica y profesional llevarán a su apasionante actividad.

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