Peras y manzanas, ¿los árboles ya no dan frutos?

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Con partida de nacimiento en San Juan y maestro de profesión, por un ascenso que parece imparable Hugo Sánchez se ha convertido a lo largo de los años en la cara

amable del negocio de la fruta.

La otra cara es la de una crisis permanente pese a continuos salvatajes de los gobiernos. Lo penoso es que pocos se preguntan por qué. En la fértil región del Alto Valle, como si se tratara del mito de Sísifo, los esfuerzos parecen inútiles.

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Cuenta la leyenda que Sánchez se inició vendiendo tractores en esa región que se extiende por Rio Negro y Neuquén. Y así conoció a cada uno de los productores.

Luego se asoció a una figura clave que le abrió las puertas de los supermercados en Alemania. De allí a asociarse con una parte de la tradicional familia Rajneri y armar sus propias compañías, fue sólo un paso hasta que el año pasado compró Moño Azul una de las firmas más antiguas del Alto Valle dedicada a la producción y a la comercialización de frutas.

Decididamente es el número uno. Y es también el dueño de Bahía Manzana ese reducto exclusivo de Villa la Angostura.

Sánchez es la contracara de un sector cuyas exportaciones cayeron 16% en volumen en el año. Uno de los secretos de esta producción son las variedades que han evolucionado al compás de la demanda de los mercados más sofisticados. Y que no abundan en la producción argentina.


Dicen los expertos que con las nuevas variedades se logra una fruta de mejor sabor, más crujiente e incluso algunas con gustos exóticos. Hay hasta pulpas de otro color y frutas más pequeñas. Pero en todos los casos se requieren acuerdos con quienes controlan la variedad. Muchas se originan en Italia, Australia y Nueva Zelanda

Claro que plantar esas variedades implica una estrategia que se relaciona con la comercialización de tipo “club”. Es decir, se define la superficie a implantar, los parámetros de calidad y el marketing. Y hay pocos como Sánchez en el Alto Valle.

Se contabilizan unos 200 productores de élite sobre unos 1.000. Plantan estas variedades que requiere el mundo y exportan sin problemas. Aplican altas dosis de tecnología, poseen una mayor densidad de plantas por hectárea y plantaciones de 20 años en promedio. Los rindes son muy superiores.

Entre Neuquén y Río Negro hay unas 45.000 hectáreas plantadas de peras y manzanas. Todas, bajo riego.

Aunque el grueso de esos productores frutícola son propietarios de menos de 15 hectáreas. Están atomizados y con un muy escaso nivel tecnológico.

Sus plantaciones son viejas, superiores a los 28 años, y la mayoría no cuenta con técnicas para el control de las heladas. Los rindes son muy bajos.

Estos productores son los que esperan algún plan de reconversión que contemple, como sucede en las plantaciones que requieren varios años antes de dar fruto, préstamos de largo aliento.

En el caso de las manzanas hasta que el árbol sorprenda con sus primeros frutos suelen pasar al menos seis años.

En este prolongado entre tiempo muchas veces la cosecha no se levanta o se destina la manzana para jugo, que se paga centavos a diferencia del precio que se obtiene si se destina rumbo a Italia o a Rusia.

Cuando se pregunta por el proceso de reconversión en el INTA, se mencionan producciones como los cítricos dulces, cerezas, avellanas, el olivo y hasta la nuez pekan.

Y hay entusiasmo por el pistacho. Aseguran que Argentina tiene mejor clima y suelos que Irán, con el mérito de una calidad “inigualable” además de ser el principal productor mundial. Falta poner manos a la obra.

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